La
película narra el ingenioso plan
de un grupo de delincuentes para llevarse
del Pacific Bank cien millones de dólares
sin necesidad de ensuciarse prácticamente
las manos. Para ello, secuestran a la familia
de Jack Stanfield, responsable
de la seguridad del banco, convirtiéndole
así en cómplice forzoso.
La historia no es en exceso original, y
a medida que pasan los minutos comprobamos
que no habrá ningún giro inesperado
de los acontecimientos que rompa los esquemas
prefijados y diferencie a Firewall
de sus semejantes. Así, resulta inevitable
al verla no pensar en 37
horas desesperadas (Michael Cimino,
1990) o A la hora
señalada (John Badham, 1995),
por ejemplo.
Ya desde antes de que comience, son la
simple elección del actor principal,
se intuye por donde van a ir los tiros.
Y es que en el género del thriler
policíaco o de intriga la cosa va
así: si quieres un protagonista en
las últimas, que ha perdido a la
familia y con cuentas que saldar con el
pasado, el actor elegido será Bruce
Willis. Si se trata más
bien de un personaje honesto, buen marido
y mejor padre, no hay duda sobre la necesidad
de contar con Harrison Ford.
Y en este caso se trata de la segunda elección.
Y es que Jack Stanfield bien
podría haberse llamado Jack Ryan
(Peligro inminente,
Juego de patriotas)
o ser el mismísimo inquilino de la
casa blanca (Air
Force One), aunque para la ocasión
nos encontremos con un Ford
más maltratado que nunca por los
años (lejos quedan ya sus interpretaciones
más canallas al estilo Han Solo
o Indiana Jones) y con una necesidad
casi angustiante de lograr un éxito
de taquilla tras la discreta Lo
que la verdad esconde (Robert Zemeckis,
2000) y la espantosa Hollywood:
departamento de homicidios (Ron Shelton,
2003).
Con semejante panorama, ¿qué
alicientes puede reservarnos una película
incapaz de sorprender ni por su historia
ni por su desenlace? Pues básicamente
dos, aunque ambos de peso. Por un lado,
la calidad interpretativa es sobresaliente.
Todos los actores están a la altura
de las circunstancias, desde el joven Jimmy
Bennet, en un personaje casi calcado
al que ya interpretara en Hostage
(Florent Emilio Siri, 2005), hasta Robert
Patrick, inolvidable villano de
Terminator 2
(1991), al que creíamos desterrado
del mundo de Hollywood pasando por
Paul Bettany, futuro malo de moda
gracias al inminente estreno de El
código Da Vinci.
Pero si de segundas oportunidades se trata,
que sin duda la está sabiendo aprovechar
es Virginia Madsen, recuperada
casi de Entre copas
(Alexander Payne, 2004) y que aquí
borda el papel de sufrida madre, valiente
y luchadora sin caer en la histeria fácil
que nos tiene acostumbrados este tipo de
personajes habitualmente floreros.
Y encabezando al grupo, el señor
Ford, haciendo más
de Harrison Ford que nunca
pero con una credibilidad y eficacia muy
por encima de otras interpretaciones suyas.
Y esto nos lleva a la segunda gran virtud
de la película, el brillante esfuerzo
de Richard Loncraine por
dotar de realismo a la narración,
evitando con esmero caer en las tentadoras
explosiones gratuitas y heroísmos
absurdos.
Dejando de lado la posibilidad de llevar
a cabo el atraco en la vida real, el ritmo
de la acción está narrado
con una credibilidad inusual, con peleas
torpes y atropelladas, huidas fallidas y,
sobre todo, un protagonista difícilmente
heroico. Ford tiembla,
duda, se equivoca, tropieza, se cae y está
a punto de hacernos creer que ese hombre
desesperado, apunto de perderlo todo, bien
podría ser el vecino de al lado,
un familiar o incluso nosotros mismos. Un
héroe con pies de barro que no dudará
en robar o amenazar a su propia secretaria
con tal de liberar a su familia, pero que
para conseguirlo no entrará en una
habitación, arma en mano, atravesando
una ventana ni será capaz de matar
a sangre fría y sin remordimientos
a sus enemigos, como si fuese la cosa más
normal del mundo, como si de un Steven
Seagal cualquiera se tratase.
Estas dos bazas, estas joyas ocultas en
un montón de paja tópica,
dotan a la película de una sinceridad
tal que sólo por ello justifica,
y de sobras, su calidad.
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