Cuando
en 1992 y 1994 Quentin Tarantino
filmó sus excelentes Reservoir
Dogs y Pulp
Fiction, no sólo reinventó
el cine negro fusionándolo con el
humor más mordaz y una violencia
desmesurada, tanto física como verbal,
sino que además dio pie a toda una
escuela de fieles seguidores en el mundillo
del celuloide. Tanto es así, que
existen muchas películas que a la
hora de definirlas, lo primero que nos acude
a la mente es: “una película
de Tarantino”, como
si se tratase de un género propio,
sin importar que el autor no tenga ninguna
implicación en la película
en concreto.
Eso es lo que sucede con El
caso Slevin. A todas luces, ésta
es una película de Tarantino.
O lo que es lo mismo, personajes interesantes,
diálogos ingeniosos y mucha sangre.
La película cuenta la historia
de dos mafiosos enfrentados desde hace años
entre ellos y cómo un joven llamado
Slevin queda atrapado accidentalmente
en mitad del fuego cruzado sin que tenga
ninguna relación con ellos. ¿O
no? Y es que en El
caso Slevin nada es lo que parece.
Efectivamente, nos encontramos ante una
de esas películas puzzle, donde se
invita al espectador a participar en el
juego de averiguar cual es la historia real
y qué es lo que está sucediendo.
Sin embargo, a diferencia de otras películas
similares, en El
caso Slevin eso no lo descubrimos
hasta muy avanzada la película, pues
la acción inicial es muy lineal y
no se abusa de giros inesperados e incoherentes
que restan credibilidad a la historia. Y
ese es uno de los mayores aciertos del film,
ya que no comienzas a desorientarte hasta
estar enganchado a la trama y ser partícipe
de ella, quedando atrapado en la espiral
de acontecimientos que se aceleran hacia
el final del metraje.
Eso nos permite disfrutar plenamente de
la película, sin perder el tiempo
realizando complicadas cábalas ni
falsas deducciones que se nos den al traste
al siguiente giro de los acontecimientos.
Aunque ciertamente algunos datos del final
no son difíciles de adivinar otros
se nos desvelan por sorpresa, dejando al
espectador con la boca abierta y pensando
son satisfacción: “¡ah,
claro, así que era eso!”.
Además, tras la resolución
final, no queda ningún cabo suelto,
ningún asunto abierto, lo que demuestra
la clara visión de Paul McGuigan
sobre lo que quería explicar
y cómo quería hacerlo.
De todas formas, la extraordinaria dinámica
de la película no habría sido
posible si no contara con tan magníficas
interpretaciones. Pocas veces una película
logra reunir un reparto de semejante nivel
y consigue, además, sacar lo mejor
de cada uno de ellos. No es de extrañar
la buena labor de Bruce Willis,
Morgan Freeman o Ben
Kingsley, sino que incluso los
habitualmente sosos Josh Harnett
y Lucy Liu (basta
con recordar que tienen en sus filmografías
“clásicos” como Hollywood:
departamento de homicidios o Los
Ángeles de Charlie, respectivamente)
están a la altura de las circunstancias.
Ante semejante panorama, El
caso Slevin se permite tanto homenajear
como parodiar a otras películas del
género. Así, son constantes
los chistes o guiños a costa de James
Bond, Hitchcock o
incluso el propio Tarantino.
Tanto es así, que incluso se encuentran
diversas anécdotas, quizá
incluso casuales, que aderezan convenientemente
el argumento.
Por ejemplo, Bruce Willis encarna
a un asesino a sueldo, cuando en su anterior
película, Sin
City, en la que también coincidía
con Josh Harnett, era el segundo
quien encarnaba a un asesino a sueldo, como
si se hubiesen intercambiado papeles. Otro
ejemplo, en un momento dado, el personaje
de Willis entrega al de
Harnett un reloj metálico
que había pertenecido a su padre.
En Pulp Fiction,
Christopher Walker hace
lo propio con la versión infantil
de Willis.
Quizá el único pero que
se pueda poner a El
caso Slevin es el abuso de flashbacks
repitiendo escenas ya vistas para explicar
mejor lo sucedido, como si el director no
tuviese demasiada fe en la inteligencia
del espectador o no confiara demasiado en
su propia habilidad para atar cabos. Poca
cosa para enturbiar siquiera una gran película.
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