Me
van ustedes a permitir que comience mi comentario
hablando de diversas películas ajenas
a El Código
Da Vinci. El motivo es que la polémica
y las críticas iniciales que ha recibido
el film pueden impedir que éste sea
juzgado de manera objetiva y es por ello
que merece esta breve introducción.
Se ha criticado despiadadamente a la obra
de Dan Brown (y en consecuencia
a la película de Ron Howard,
pues es bastante fiel a la novela) por la
cantidad de errores históricos e
incongruencias cronológicas que contiene.
De acuerdo, ello es cierto y merece que
el señor Brown reciba
una buena patada en el culo, con perdón,
por ello, pero no es menos cierto que a
cualquier aficionado a la escalada se le
revolvieron las tripas con las estupideces
que aparecen en Máximo
riesgo (Renny Harlin, 1993), como
le sucedería a un experto en aeronáutica
con la saga Star
Wars (1977-2005) o a un doctorado
en medicina con Frankenstein
o cualquier película de zombies.
¿Y qué me dicen de La
Búsqueda (Jon Turteltaub,
2004), film en la línea de El
Código Da Vinci? ¿De
verdad la Constitución de los Estados
Unidos esconde el mapa de un tesoro? Y sin
embargo, nadie puso el grito en el cielo
cuando se estrenaron estos ejemplos que
he mencionado.
Por otro lado, la historia que se narra
en El
Código Da Vinci ha estado rodeada
por la polémica desde el momento
de su publicación por la supuesta
ofensa que hace al catolicismo al poner
en duda la divinidad de Cristo. Puede ser
cierto, y posiblemente la teoría
de que María Magdalena fuese la esposa
de Jesús en lugar de una prostituta
sea más falsa que Judas (nunca mejor
dicho) pero quien protesta tan ofendido
por ello olvida que se trata de una película
(o una novela) de ficción, repito
ficción, nada más.
Brown expone una teoría
(bastante popular, por cierto) y la usa
como excusa para iniciar una compleja trama
de intriga. ¿Acaso el autor defiende
en algún momento la autenticidad
de la historia? Porque recuerden que al
final de la misma se desvela el paradero
de la tumba de María Magdalena (un
simple McGuffin, por cierto, pues lo que
de verdad importa es si los buenos escaparán
de los malos, que de eso va en realidad
la cosa), así que bastaría
con que alguien comprobase el lugar para
desmontar la trama. ¿Por qué,
me pregunto, nadie inició profundos
debates teológicos sobre si el Santo
Grial es una simple copa de madera y puede
ofrecer la vida eterna, tal y como Spielberg
asegura en Indiana
Jones y la última cruzada
(1989)? ¿O acaso debemos creernos
a pies juntillas a Anne
Rice cuando un vampiro es entrevistado
y explica hasta el último detalle
de su condición? ¿Y alguno
de ustedes ha estado últimamente
por Nueva York y ha sido rescatado por un
tipo vestido con los colores del Barça
que se pega a las paredes y lanza telarañas
de sus muñecas? Ficción, señores,
pura ficción. Polemizar es buscar
tres pies al gato negándose a ver
lo evidente. Y es que Dan Brown
no es más que un creador de best
sellers, como lo es Stephen
King o la mencionada Anne Rice.
Una vez dicho esto, eliminadas los prejuicios
iniciales, es cuando podemos pasar a analizar
por fin El Código
Da Vinci como lo que es: un entretenido
thriller con los habituales giros de guión,
personajes que no son lo que uno espera
y tesoros escondidos.
El único objetivo de la misma (aparte
de recaudar mucho dinero, claro está)
es hacer pasar un buen rato con acertijos,
persecuciones y sorpresas varias, y, sin
ser nada del otro mundo, lo consigue. Cierto
es que no hay en su desarrollo ningún
exceso de brillantez que la alce por encima
de otras películas similares, pero
precisamente por ello el elenco de actores
elegido es tan impresionante que pueden
dar por sí solos a la película
el brillo que necesita para ser uno de los
bombazos del año y estar en boca
de todos. Porque no nos engañemos,
por mucha polémica que la pueda rodear,
la cosa no sería la misma si no fuese
Tom Hanks el protagonista.
No en vano, entre el trío protagonista
y el director han ganado cuatro Oscars de
Hollywood más otras cuatro nominaciones,
premios a los que podríamos sumar
otro Oscar y cuatro nominaciones más
para Hanz Zimmer, autor
de la banda sonora, casi omnipresente en
toda la película.
Howard logra mantener
la intriga durante las más de dos
horas que dura el film, acertando en la
utilización de colores pastel para
los flashbacks y dotando de credibilidad
a una historia que en manos de otro realizador
podría tener más agujeros
que un queso de gruyere.
Robert Langdon, el personaje
interpretado por Hanks
(por cierto, bastante más cauto con
la Iglesia que su alter ego de papel), dice
a Sophie, casi al final del film,
que lo importante es lo que ella crea. He
aquí, quizá, el mensaje definitivo
de la película. ¿Fue Cristo
mortal o divino? ¿Fue María
Magdalena la fundadora de la Iglesia Católica?
Quien sabe, pero recuerden que esta película
no es un estudio teológico, sino
un simple divertimento.
Lo importante es lo que cada uno de ustedes
crean.
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