Es
lógico asociar el nombre del director
Richard Donner al de
Arma letal (1987), como también
lo es unir a Bruce Willis
con La Jungla de
cristal (John McTiernan, 1988). Con
semejantes antecedentes, ver el nombre del
realizador y el actor juntos en los créditos
de una misma película incita a pensar
que nos encontramos ante un film espectacular,
de grandes explosiones, impactantes tiroteos,
trepidantes persecuciones y, al final, el
triunfo de un gran héroe. Pero no
es así.
Dicen en la película que Chuck
Berry fue un delincuente hasta
que cambió y se reformó. Lo
mismo sucedió con Barry White.
Y es de eso de lo que en realidad trata
16 calles.
De cómo un hombre puede cambiar,
de cómo se puede tener el control
de nuestra propia vida por encima de las
circunstancias y los errores del pasado
que parecen marcar nuestros pasos en el
futuro. Tanto si se es un delincuente de
poca monta como un policía corrupto.
16 calles
no es una película de héroes,
sino todo lo contrario. Los protagonistas
son fracasados, deshechos de la sociedad,
unos pobres desgraciados que, eso sí,
van a tener la oportunidad de cometer un
acto de heroísmo con el que redimir
sus pecados y hacer, por fin, algo correcto.
Jack y Eddie (Willis
y Mos Def) son un policía
y un delincuente a los que el destino ha
unido no para que se salven mutuamente la
vida (que también lo hacen) sino
más bien sus almas, para conseguir
una segunda oportunidad, una esperanza de
futuro y un poco de autoestima y dignidad
que no han conocido hasta la fecha. Jack,
apenas comenzar la película, deberá
tomar una decisión que le marcará
de por vida y para la que ya no habrá
marcha atrás, y para sorpresa de
sí mismo, toma la correcta. El camino
de la redención ha comenzado.
16 calles
es, pues, un drama disfrazado de thriller
de acción. Y como todo buen drama,
se basa en unas excelentes interpretaciones,
sobretodo un Willis soberbiamente
caracterizado en un perfecto perdedor, torpe,
tullido y desencantado.
Quizá el mayor acierto de Donner
ha sido conseguir en su película
ese tufillo a realismo que se respira durante
todo el metraje. Nueva York es más
real que nunca, agobiante, sucia y claustrofóbica,
convirtiéndose así en un tercer
protagonista de la historia.
Esto no quita para que no hayan persecuciones
y tiroteos, pero estos tienen un aire de
realismo y credibilidad difíciles
de ver en el Hollywood de hoy que engrandece
aún más la obra.
Cine en estado puro, sin duda la mejor
película en mucho tiempo de Donner
y Willis, trepidante cuando
debe serlo, pero dura y directa al corazón
cuando se baja la guardia. Una película
con muchos malos y ningún bueno,
donde lo único que sobrevive, al
final, es la esperanza.
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