¿Qué
es, realmente el mal? ¿Es un estado
de ánimo, una percepción de
la realidad o, de verdad el mal puede tener
forma y rostro? Nadie lo sabe con toda certeza
aunque la historia del ser humano, en su
torpe caminar hasta nuestros días
bien pudiera ser un manual de uso disfrute
de dicho concepto. Con sólo mirar
a nuestro alrededor podemos percibir que
las cosas, lejos de mantener su equilibrio,
pugnan por un caos que en nada beneficia
a la sociedad humana.
En el caso de las creencias religiosas,
el mal es algo mucho más tangible
y, sobre todo, asimilable. La religión
católica en especial ha enarbolado,
desde su misma creación, la figura
del demonio como ejemplo de todas aquellas
cosas censurables y que apartan a las hombres
del camino de la salvación.
Desde el libro del génesis donde
Satán seduce y engaña a la
mujer para que ella, Eva y su consorte Adán
sean expulsados del paraíso, pasando
por todas las décadas de la civilización
humana hasta hoy en día, la figura
del demonio ha servido como punto de inflexión
entre el bien y el mal.
Con el paso de los años y las nuevas
interpretaciones, la figuras del señor
de los infiernos ha pasado a ser más
una representación que sirve de explicación
para aquello que no se debe hacer que un
ser de color carmesí, tocado con
dos enormes cuernos, pezuñas en lugar
de piernas y capaz de los mayores excesos.
De todas maneras son varias las profecías
que han narrado la llegada del anticristo,
el hijo del demonio, en forma humana, como
paso previo al fin del mundo tal y como
lo conocemos.
El niño, marcado con los tres seis
–666- será el encargado de
propagar el caos y la destrucción
de manera similar a los jinetes del Apocalipsis.
Y, miren por donde, la fecha señalada
para tal suceso es el seis de junio del
dos mil seis –06-06-06-. ¿A
qué es un número bonito?
Como buscador inagotable de inspiración
que es, el cine ha gustado de utilizar la
figura del demonio como protagonista de
sus historias, en especial para sobresaltar
al espectador que gusta de la emociones
fuertes.
Películas como Legend
(1985) del británico Ridley
Scott, El
príncipe de las tinieblas
(1987) de John Carpenter
o El fin de los
días (1999) de Peter
Hyams recrean la figura del demonio
más clásico o los intentos
de satanás por acceder a nuestro
frágil universo. Aunque, sin duda,
La semilla del Diablo
(1968) del polaco Roman Polanski
supuso una de las mejores y más recordadas
aproximaciones sobre la figura del anticristo
y su advenimiento.
Una década después de la
historia de Polanski, el
director Richard Donner
se puso al frente de un reparto encabezado
por Gregory Peck, Lee
Remick y David Warner para
contarnos la historia de Damien,
un niño llamado a ser, por derecho
de nacimiento, el hijo del demonio en carne
hueso.
La película contaba cómo
un diplomático y su esposa se veían
envueltos en una serie de trágicos
sucesos, los cuales terminaban apuntando
a su pequeño hijo Damien.
En un principio Robert Thorn
(Peck) se mostraba ciego y sordo a las llamadas
de atención de personajes como el
padre Brennan. Sin embargo, ante
la avalancha de sangre y muerte a la que
se ve sometido, Thorn termina por
aceptar la realidad, aunque ello le lleva
a dudar de todo en lo que ha creído
desde su juventud.
Cargada de momentos inolvidables, muchos
de ellos relacionados con las muertes de
los personajes que rodean la vida de los
Thorn, La
profecía (1976) inauguró
una forma de presentar el moderno cine de
terror intercalando momentos de tensión
con cierto toque gore pero sin llegar a
los excesos de propuestas posteriores y
creando un palpable desazón en los
espectadores congregados en la sala.
Bien es cierto que La
profecía no causa el revuelo
generado por El
exorcista (William
Friedkin, 1973), estrenada tres años
antes, pero el buen hacer del director y
lo hipnótico de muchas de sus escenas,
la terminaron por convertir en un referente
para todos los amantes del género.
En los años 1978 y 1981 se estrenaron
dos secuelas tituladas en español
La maldición
de Damien y El
final de Damien, las cuales no lograron
mantener el buen nivel y la coherencia argumental
de la primera de la películas.
Lo que más se recuerda son las
imaginativas muertes de todas aquellas personas
que se interponen en el camino del mentado
anticristo, todo un ejercicio de estilo
para los responsables del departamento de
efectos visuales.
El tiempo ha pasado y Twentieth
Century Fox, responsable de haber
llevado la historia contada por Donner
en 1976, tras sacar cuentas y ver las fechas
en el calendario, decidió rescatar
al entrañable Damien. Para
ello, no podían escoger mejor momento
que justo ahora, cuando la profetizada fecha
del fin del mundo, reflejada en el libro
de la Revelación, también
conocido como libro del Apocalipsis, acaba
de llegar a los calendarios.
El director escogido para la ocasión
ha sido John Moore, realizador
de aventuras como Tras
las líneas enemigas (2001)
y El último
vuelo de Fénix (2004), quien
da un giro radical a su carrera tras sus
primeras experiencias tras la cámara.
La ventaja para el director y productor
ha sido el poder contar, de nuevo, con los
servicios del guionista David Seltzer,
responsable del guión de la versión
de 1976 aunque los protagonistas se han
adecuado a los nuevos tiempos.
La película original tenía
unos sólidos cimientos, señala
Moore. Pero había
alguna oportunidad de dar a los personajes
un toque más contemporáneo.
Por ello, el matrimonio protagonista, Robert
y Katherine Thorn son una prometedora
pareja en la treintena deseosos de formar
una familia y, sin querer, se verán
inmersos en una pesadilla de difícil
resolución.
A tal situación hay que sumar la
llegada de una nueva niñera, la señora
Baylock, elemento que terminará
por desequilibrar la balanza hacia el lado
del mal.
Moore ha gustado de recrear
algunos de los momentos más clásicos
de la versión original –una
verdadera espada de Damocles para todo aquel
que se ha debido enfrentar al reto de rodar
una nueva versión de un clásico-
pero dotándolos de una mayor inmediatez.
Las muertes son rápidas, directas
y sin necesidad del uso del ralentí
o de postergar el momento final. Ya propia
narración nos indica quiénes
serán las víctimas. Sólo
falta ser testigos del suceso.
El realizador también recurre a
recreaciones de grandes clásicos
de la literatura como es La
Divina Comedia de Dante Alighieri
y su visión de la laguna
Estigia y el barquero Caronte. La llegada
de Robert Thorn y Jennings
al monasterio donde se encontrarán
con el sacerdote –el padre Spiletto-
quien le entregó el bebé Damien,
a Thorn, parece sacado del poema
épico del autor italiano.
Por otro lado, la propia historia contemporánea
ha resultado ser el mejor decorado para
una narración plagada de interpretaciones,
signos y presagios. Y si en 1976 todavía
coleaba el final de la guerra del Vietnam,
a la vez que permanecía vigente la
guerra fría, en la actualidad el
mundo vive convulsionado por los acontecimientos
posteriores al 11/ S y las contiendas de
Afganistán e Iraq, sólo por
citar algunos ejemplos.
Todos esos símbolos, como muy bien
expresa el prelado que informa a su santidad
el Papa al principio de la película,
son ejemplos de que el advenimiento del
anticristo está cada vez más
cerca.
Moore usa los propios
elementos en la vida de Robert Thorn,
embajador americano en Londres como un elemento
más que nos irá acercando
al desenlace de la historia. Su viaje a
Israel, en busca de respuesta del esquivo
Bugenhagen nos llevará hasta
la misma patria de Jesucristo, territorio
convulso y teñido de sangre como
pocos.
El desenlace final es sólo la consecuencia
lógica, en un mundo donde el mal
se ha convertido en algo más que
una entelequia.
El último elemento para lograr poner
en marcha esta historia fue el reparto,
acertada mezcla entre jóvenes talentos
y reputados actores ya consagrados. Nombres
como Julia Stiles y Liev
Schreiber, el matrimonio Thorn,
se conjugan con los rostros de actores consagrados
como Pete Postlethwaite,
David Thewlis, Michael
Gambon o una recuperada Mia
Farrow, protagonista de la antes
mencionada La semilla
del diablo y que da la réplica
a la señora Baylock, una
niñera tan inquietante como el propio
Damien.
Para completar el reparto, Moore
escogió al jovencísimo actor
Seamus Davey-Fitzpatrick
para dar vida al vástago del demonio
Damien. Y en algunos momentos, la angelical
mirada del infante es capaz de destilar
una desazón que no te deja acomodarte
en la butaca.
Para la leyenda o la propia historia de
la producción de La
profecía quedan los extraños
sucesos que sacudieron, de tanto en tanto,
el rodaje a y sus integrantes, algunos de
los cuales pudieron tener consecuencias,
en cuanto a su matiz trágico, muy
similares a las vistas en la pantalla.
¿Casualidad? ¿Superstición?
¿Algo más?... Buena pregunta.
No obstante, los dos últimos minutos
del metraje le dan a toda la narración
fílmica anterior un marchamo de actualidad
tan apabullante como terrorífico.
¡Y créanme que no exagero lo
más mínimo! Si se atreven
a comprobarlo y desafiar las profecías,
vayan a ver la película y entenderán
la razón de mis palabras.
Agradecemos a Hispano
Fox Films su colaboración para la
redacción de esta columna.
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