Antes
de comenzar, permítanme recordarles
que Poseidón
no es un remake del film de Roland
Neame La
aventura del Poseidón (1972),
sino una nueva adaptación de la novela
de Paul Gallico. Así
pues, resulta absurdo obcecarse en comparaciones
con la película de 1972, existiendo
un salto temporal suficientemente grande
como para que las diferencias sean cuestión
de pura lógica. No sólo la
técnica ha evolucionado, sino también
la manera de dirigir, actuar y, en fin,
de entender el cine.
Puestos a comparar, es más tentador
fijar la vista en Titanic
(1997), de James Cameron,
por lo que la pregunta que parece inevitable
es: ¿eran necesarias dos superproducciones
sobre un trasatlántico que se hunde
en menos de diez años?
De entrada, hay un dato clave que ayuda
a diferenciar ambas producciones. Mientras
la magnífica y oscarizada obra de
Cameron narra la historia
de un accidente, con lo que el naufragio
se produce en la segunda mitad de la película
y ocupa todo el clímax final, Poseidón
habla sobre los supervivientes del mismo,
con lo que la catástrofe se produce
apenas comenzar el film.
Poseidón
no es, como Titanic,
una película dramática (aunque
tampoco es que renuncie a serlo), sino de
acción, y por ello el ritmo es trepidante,
sin dar un minuto de respiro, aunque con
un ligero abuso de las casualidades y las
situaciones peliagudas resueltas en el último
suspiro.
Petersen, auténtico
especialista en películas marinas
(aquí cierra su trilogía sobre
el mar, que incluye El
Submarino (1981) y La
Tormenta perfecta (2000), pero se
me antoja recordar también la espectacular
escena de la flota de barcos dirigiéndose
hacia Troya) cuenta con la ventaja de estar
contando una historia ficticia que transcurre
en un barco irreal, con lo que no debe ceñirse
a las imposiciones físicas y temporales
a las que se enfrentó Cameron.
El Poseidón ha sido creado a su antojo,
de forma que no pueda criticarse la verosimilitud
del camino que los supervivientes recorren.
La cocina está ubicada justo donde
a Petersen le interesa
que esté, igual que los ascensores,
los conductos del aire, etc, permitiéndole
así, disfrutar de una gran libertad
en ese laberinto de pasillos y estancias
boca abajo.
Los personajes, correctamente interpretados,
son apenas esbozados, cada uno poseedor
de un pasado que apenas se insinúa
y que nos impide simpatizar en exceso con
ellos, aunque ello se compensa con la ausencia
de diálogos estúpidos y escenas
de escaso interés que suelen poblar
las cintas de catástrofes y que alargan
su metraje en exceso. Se agradecería,
eso sí, un mínimo de profundidad
a sus reacciones ante las desgracias, como
un atisbo de sentimiento de culpa en el
personaje de Richard Dreyfuss
ante la muerte del camarero, por ejemplo.
Otra diferencia clave entre la segunda
mitad de la película y ocupa todo
el clímax final, Poseidón
habla sobre los supervivientes del mismo,
con lo que la catástrofe y Titanic
es la que provoca que aunque la primera
sea muy inferior a la protagonizada por
DiCaprio nos deje con mejor
sabor de boca. Y es que ya hemos mencionado
que Poseidón
no es dramática, sino heroica, por
lo que mientras en Titanic
la escena más recordada es la de
los cadáveres flotando en las gélidas
aguas del océano, en Poseidón
la supervivencia de un puñado de
pasajeros (no desvelaremos quienes ni cuantos,
por supuesto) dota a la película
de un final feliz, haciéndonos olvidar
los miles de muertos que deja la catástrofe.
Este jugar con los sentimientos y hacernos
llorar o ser felices por antojo de los guionistas
más que por las situaciones forma
parte, sin duda alguna, de la magia del
cine.
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