Para
entrar a valorar este film, primero debemos
determinar desde qué punto de vista
queremos analizarlo, y es que son varias
las vertientes o géneros en los que
este se apoya.
Si asistimos a la proyección esperando
ver sin más otra adaptación
de un videojuego, la cosa promete, ya que
es sin duda la mejor realizada hasta la
fecha junto a, quizá, la saga Resident
Evil (2002-2004). Y es que una vez aprovechado
el interesante argumento y la inquietante
ambientación de la versión
digital, el resultado final deriva en una
película de suspense, olvidando sus
raíces y no estando atada al lenguaje
del propio videojuego. No existen aquí
planos de dudoso gusto en primera persona
matando enemigos, pasillos interminables
con bichos apareciendo ante la cámara
o un argumento segmentado en bloques en
función a su decorado, como si de
pantallas del juego se tratase, cosa muy
común en Doom
(Andrzej Bartkowiak, 2005), House
of the Dead (Uwe Boll, 2003) o Alone
in the dark (Uwe Boll, 2005), por ejemplo.
Buena muestra de ello es la escasa interrelación
de la protagonista con su entorno, más
una espectadora de los horribles acontecimientos
que la rodean que no una jugadora más.
Si queremos analizar Silent
Hill como un film de terror sí
podemos sentirnos algo decepcionados, pues
si bien hemos mencionado la lograda ambientación
y dispone de unos efectos especiales a la
altura de las circunstancias, los sustos
son más bien pocos, derivando la
trama más hacia el campo del suspense
e incluso del drama (cosa para nada negativa,
dicho sea de paso) que del propio terror.
Dicho esto, ¿qué mejor que
planteárnosla como una película
sin más, en su más amplio
sentido, un mero objeto de entretenimiento
sin más pretensiones que hacernos
pasar un buen (o mal) rato y teniéndonos
enganchados a la historia hasta el final.
Y así si que conseguiremos reconocer
a la película con una calificación
más que aceptable. Pese a los agujeros
y licencias en el guión, de otro
lado casi inevitables en este tipo de historias,
el director Christophe Gans ha
sabido sumar más aciertos que errores
en su puesta en escena gracias sobre todo
al buen ritmo narrativo y a una dirección
de actores que logra superar con merito
a los sustos y los efectos de maquillaje
(mejor correctos que excesivos, como es
el caso.
Encabezar el reparto de semejante película
con una “chica Allen” puede
parecer arriesgado, pero una vez finalizados
los títulos de crédito resulta
difícil encontrar una decisión
más acertada. Radha Mitchell,
como Rose, realiza una sobria interpretación
de madre desesperada, capaz de todo por
recuperar a su hija, pero sin caer en heroicidades
poco creíbles o histerismos fáciles.
Así, es capaz de adentrarse en fantasmales
habitaciones de inciertos ocupantes como
de derrumbarse ante la adversidad y darse
por vencida ante la locura que se aparece
frente a sus ojos, de alternarse entre el
heroísmo y la demencia, de alcanzar
grandes cotas de valor o dejarse llevar
por el pánico y la desesperación.
Junto a ella, Sean Bean
(omnipresente en las pantallas desde que
saltara a la fama como el más malogrado
integrante de La
Comunidad del Anillo), aporta el sentido
común a la historia, la parte más
coherente, el trabajo de investigación
que nos permite avanzar en la trama hasta
atar suficientes cabos para saber de qué
va la cosa. Christopher, el personaje
de Bean, es el hombre medio,
aquel con el que cualquiera de nosotros
puede identificarse, no el que lucha contra
fantasmas y demonios, sino contra los archivadores
y los secretos ocultos tras una adopción.
Aquel que, como usted o como yo, no dispone
de más armas que la perseverancia,
el tesón y el amor por su familia,
y aquel que, como usted o como yo, ante
semejante empresa, se encuentra condenado
al fracaso.
Christopher aporta a la película
todo el dolor y el sufrimiento que Rose,
por sus propias circunstancias, no puede
permitirse, elementos injustamente olvidados
en la mayoría de producciones de
terror.
Con ambos personajes encontramos la principal
diferencia entre este film y sus semejantes.
Aquí hay una historia verdadera,
un argumento que conecta con el espectador
y lo atrapa. Y no se trata de la historia
de una niña con pesadillas que desaparece
en un pueblo fantasma y una madre que lucha
contra los demonios para rescatarla, la
historia que hace que funcione la película
es la narración paralela de una madre
y una hija desaparecidas y los esfuerzos
de un padre por encontrarlas. En la historia
de fantasmas encontrarán situaciones
forzadas y confusas, la otra es, sencillamente,
perfecta, permitiendo al director lucirse,
además, con escenas tan hermosas
como el momento en que marido y mujer se
cruzan en un patio de Silent Hill o toda
la secuencia final, de una belleza perturbadora.
Por eso, no nos importa no saber nada de
esta familia antes de que empiece la pesadilla:
ni sus trabajos, ni sus amistades, ni los
problemas que los llevaron a tener que adoptar
una niña... Nada importa, pues sólo
sería añadir paja que los
diferenciara de cualquiera del resto de
padres amantes que hay en el mundo.
No queremos desmerecer, ni mucho menos,
el excelente trabajo de Jodelle
Ferland como la pequeña
de la familia (y mucho más que eso),
Laurie Holden, la agente Bennet
(personaje que va de menos a más
hasta convertirse en pieza fundamental del
engranaje), Alice Krige
(Christabella, una especie de líder
religiosa, y hasta aquí puedo leer),
etc., aunque el tercer gran protagonista
de la película es, en realidad, el
propio Silent Hill, impresionante pueblo
fantasma donde la fotografía y los
decorados brillan con luz propia y se convierten
e el alma de la película, consiguiendo
retratar la desolación como pocas
veces se ha conseguido hacer en la pantalla
grande. Si el derroche de talento que se
aprecia en Silent
Hill es mérito de los responsables
de la película o más bien
de los creadores del videojuego es algo
que ustedes mismos deben juzgar, pero es
innegable que encontrar hoy en día
un film de terror que emocione tanto como
asuste es harto difícil.
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