Cuando
en 2003, la Disney abordó
un tema tan maldito para el cine moderno
como era el género de piratas no
sólo dio en el clavo sino que posiblemente
el éxito logrado por Piratas
del Caribe: la maldición de la Perla
Negra supuso un verdadero alivio para
la productora cuyo distanciamiento con Pixar
y los fracasos de sus últimos trabajos
la habían puesto con el agua al cuello.
La película partía, además,
de una original premisa: mientras la falta
de buenas ideas hacía que los guionistas
se inspirasen en películas europeas,
cómics o videojuegos, la productora
de Mickey Mouse decidió
narrar una historia basada en una atracción
de feria (de Disneyland, por supuesto).
Una vez escrita la historia, la sazonaron
con buenos actores y una espectacular puesta
en escena con lo que no sólo obtuvieron
un gran éxito de taquilla (que no
nos engañemos, era lo importante),
sino también de crítica, estando
presente incluso en los Oscars del correspondiente
año. Johnny Depp
demostró una vez más que es
uno de los mejores actores de su generación
bordando un papel que parecía hecho
a su medida, Orlando Bloom se
sacaba de encima la alargada sombra de El
Señor de los Anillos y Keira
Knightley (Domino,
2006) se revelaba como una futura estrella
que en apenas unos años ha conseguido
confirmar. Por tener, incluso tenía
a un gran y oscarizado intérprete
en el papel de villano, Geoffrey
Rush, como no podía ser
de otra manera.
Los efectos especiales eran de primera,
pero no se limitaban a una serie de muñecos
hechos por ordenador con apariencias asombrosamente
reales, sino que cada escena estaba perfectamente
estudiada, deliciosamente ideada para asombrar,
como el combate en el interior de la gruta,
con deliberados rayos de luna iluminándola,
convirtiendo a los protagonistas (o a parte
de ellos) en humanos o esqueletos según
corresponda, o el ataque del ejército
fantasma caminando bajo el mar, simples
ejemplos de maestría.
Pero lo que realmente convirtió
a esta película en una gran obra
fue, sin duda, la historia, una historia
capaz de emocionar, hacer reír, asustar
pero, sobre todo, a devolvernos a un mundo
de fantasía, a recordarnos las grandes
historias protagonizadas por Errol
Flynn, a sentirnos invadidos por
un espíritu aventurero haciéndonos
creer, incluso, que el agua nos golpea la
cara por encima de la quilla y que el aire
que nos rodea huele a salado.
Y he aquí cuando, 3 años
después, con el agua no mucho más
alejada del cuello que en aquella ocasión,
Disney nos ofrece una nueva
aventura del capitán Jack Sparrow
y sus compinches. Y lo hace manteniendo
al director -que por en medio ha firmado,
por ejemplo, la anodina El
hombre del tiempo (2005)-, a los
actores y, supuestamente, al espíritu
aventurero que tan bien funcionaron en la
primera película, ya aumentando considerablemente,
como debe ser, el presupuesto. ¿Qué
falla entonces? ¿Qué es lo
que provoca que la película decepcione
y quede a años luz de la primera?
De entrada, las intenciones. Mientras
La maldición de la Perla Negra es
una película hecha con el corazón,
donde se refleja la ilusión de sus
artífices por transportarnos a un
mundo mágico (tal definición
es apropiada para el propio parque de Disneyland),
esta secuela parece hecha pensando más
bien en el bolsillo. Disney
quiere dinero, y lo quiere ya. Y realizar
secuelas de éxito seguro es la forma
más fácil de conseguirlo.
¿Cómo se explican, si no,
el final abierto y el hecho de realizar
la segunda y la tercera entrega prácticamente
a la vez. Tal temeridad no puede definirse
más que como disparate, aún
más cuando no hay ninguna razón
de peso para ello. Se me ocurren algunos
ejemplos de osadías similares, pero
todos ellos justificados. Así, por
ejemplo, y siempre según las palabras
de sus directores, Regreso
al futuro 2 y 3
o los volúmenes 1 y 2 de Kill
Bill forman en sí una sola película,
demasiado extensa en duración para
estrenarse seguidas y demasiado complejas
para recortar metraje, mientras que las
sagas de Star Wars
o de El Señor
de los Anillos corresponden a una
planificación hecha de antemano,
a una macro historia que necesita de tiempo
y años para poder ser narrada.
No es el caso de nuestros Piratas,
cuya precipitación en filmar la tercera
(no mencionaré aquí su título
pues con él se puede adivinar el
final de El cofre
del hombre muerto) sólo puede
entenderse como la necesidad de llenar cuanto
antes las arcas Disney
y, de paso, asegurarse la participación
del trío protagonista, cosa poco
probable si hubiesen pasado años
de por medio.
A priori, la película parece cargada
de buenas intenciones. En ella hay aventura,
humor, acción y grandes efectos especiales,
pero todo ellos son ingredientes que un
buen barman puede utilizar para realizar
un exquisito cóctel o un simple e
insípido jarabe. Y el segundo caso
es el que nos ocupa, pues los elementos
no han sido combinados en su dosis justa
ni con destreza.
El humor, por ejemplo, en lugar de limitarse
a situaciones irónicas, que nos inviten
a sonreír en mitad de la aventura,
como sucedía en la primera entrega,
cobra aquí un protagonismo surrealista,
con gags (sí, han leído bien,
la película está repleta de
gags) más propias de un film de
Leslie Nielsen que de aventuras.
Respecto a los actores, el bueno de Johnny
no parece tomárselo demasiado en
serio. Tras la magistral interpretación
que nos regaló en la anterior película,
aquí se limita a repetir y exagerar
las muecas que caracterizan al personaje,
sin esforzarse en añadir nada nuevo.
Por su parte, Orlando Bloom,
cuyo personaje ensombrece en protagonismo
por momentos al propio Sparrow,
demuestra una vez más que, aunque
excelente secundario, no es capaz de llevar
el peso de una película, como se
vio en El reino
de los Cielos (Ridley Scott, 2005).
Por otro lado, el apartado técnico
es, eso sí, impecable. El diseño
de los “monstruos” es digno
de mención pero ello, más
que una cualidad, termina pesando como una
losa. Y es que los guionistas, ante la aparente
falta de una buena historia, se han limitado
a meter con calzador bichos más propios
de Star Wars que
de una de piratas que restan a la película
toda credibilidad que pudiera tener. Parece
como si lo único en lo que se han
esforzado es en el apartado técnico,
como si unas cuantas máscaras de
látex (por excelentes que sean) fuesen
reclamo suficiente.
Y es que si la historia puede parecer
de entrada interesante (la acción
se inicia tal y como terminaba La
Perla Negra, con Jack como
capitán y Will y Elizabeth
a punto de casarse), basta un análisis
en profundidad para comprobar que la cosa
no tiene pies ni cabeza, que el desarrollo
avanza hacia derroteros bastantes simples
y que el denominador común es la
simple estupidez, además de una serie
de circunstancias salvadas con excusas tan
ridículas que uno ya se puede esperar
cualquier cosa.
Lo peor de todo es que con la cantidad
de cabos sueltos que quedan (intencionadamente,
por supuesto), uno ya se puede imaginar
(yo diría temer) por donde va a ir
la tercera, que ya vaticino que no va a
hacer sino estropear del todo el mito que
habría supuesto la excelente primera
parte de haber sido también la única.
Y no es que esta secuela sea totalmente
mala, que tampoco es eso, pero la excepción
es tan grande conforme a las expectativas
creadas que uno no puede evitar sentirse,
por lo menos, ofendido ante el agravio sufrido.
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