Es
Domino una
película extraña, pero no
por su argumento (últimamente la
cartelera se llena de películas donde
las duras son la mujeres) o su protagonista
(desde que hiciera Piratas
del Caribe: La maldición de la Perla
Negra la actriz Keira Knightley
parece haberse puesto de moda),
sino por la habilidad de su director, el
experto Tony Scott en jugar
al póquer con una mano pala y, aun
así, ganar la partida.
Y es que lo más destacado de Domino
es el montaje, atropellado, confuso e irritante,
junto a unos saltos temporales y una mezcla
de personajes que desorientan fácilmente
al espectador y aderezado con una estruendosa
banda sonora que, por momentos, se hace
sencillamente insoportable. Cada uno de
estos elementos, por separado, harían
de cualquier película una completa
basura pero la sabiduría de Scott,
perro viejo en esto del cine, hace que combinados
entre sí el resultado final sea agradable.
Efectivamente, tras 20 minutos de proyección,
nos acostumbramos al barullo visual y acústico
y nos integramos en la película como
un elemento más, consiguiendo conectar
con la historia y siendo partícipes
de ella.
El personaje protagonista, Domino,
es una niña bien que decide hacerse
rebelde y no se le ocurre otra cosa que
aliarse a un grupo de cazarrecompensas.
A los cuatro días la fama que consigue
es tal que crean un reality show en torno
a ella. Y ahí se encuentra una de
las mejores bazas de la película.
Violenta como debe ser, Domino
se permite también su tiempo para
reflexionar sobre la telebasura y hacer
una crítica cruel u despiadada al
medio televisivo. Se sirve para ello, además,
de dos actores casi olvidados por el público,
dos antiguos ídolos de quinceañeras
de la popular serie Sensación
de vivir que saben reírse
de ellos mismos y de los de su calaña,
poniendo en contrapunto desenfadado ideal
al ritmo de vida de Domino y sus
colegas.
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