Lo
primero que debemos pensar al analizar una
película como ésta es si nos
creemos el hecho de que esté basada
en sucesos reales. Digo esto porque, para
una película de terror, limitar las
secuencias de terror y los sustos a un dictado
de la realidad puede ser una pesada carga,
además de que el terror que el espectador
pueda sentir es muy diferente si se piensa
en que todo es real o simple producto de
la imaginación de un guionista retorcido.
Si creemos, como nos dicen, que el caso
es real, y se ha trabajado con fidelidad
a la documentación existente, lo
cierto es que la película logra poner
los pelos de punta permitiéndonos
identificarnos fácilmente con Betsy,
la joven protagonista.
La historia y la puesta en escena, salvando
la distancia de las fechas, puede recordar
vagamente a la excelente El
exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson,
2005), quizá por la supuesta realidad
de la historia y por el peso que recae en
una joven atormentada por el más
allá. Aquí, como en aquella,
el terror no es más que un elemento
más de la historia, no lo prioritario,
por lo que el espectador que acuda a ver
el film esperando grandes dosis de sangre
o macabros rituales se está equivocando
de pleno.
Maleficio
contiene sustos, desde luego, y en algún
u otro momento nos hace saltar de la butaca,
pero la atmósfera que transpira es
más inquietante que terrorífica.
El deseo del espectador mientras transcurre
la acción no es, como en una película
de terror convencional, descubrir quien
muere en primer lugar ni de que manera,
sino averiguar la historia que se esconde
tras lo aparente, los hechos ocultos que
terminarán por desvelarse. Unos hechos
que, en realidad, no son demasiado sorprendentes
(usted quizá lo averigüe desde
la primera escena), pero tampoco es que
importe demasiado.
La calidad de la película se ve
reforzada por la excelente interpretación,
encabezada por un valor que dará
mucho de que hablar en el futuro: Rachel
Hurd-Wood, y dos veteranos intérpretes
como Donald Sutherland (últimamente
más activo que nunca) y Sissy
Spacek (inolvidable Carrie).
El único punto en contra quizá
cabría hallarlo en el ritmo, con
un director, Courtney Solomon
(Dragones y mazmorras,
2000), empeñado en abusar de las
mezclas entre sueños y realidad,
recuerdos e imaginación, afectos
muy atractivos al inicio pero que terminan
por hacer perder el interés del espectador.
No se trata de una obra maestra, ni pasará
seguramente a la historia del cine, pero
sí es una muy correcta película
capaz de entretener y mantener en vilo hasta
el final.
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