A
priori, realizar una crítica sobre
La joven del agua
parece cosa fácil. Tanto,
que me bastaría con dos palabras
para definirla: sencillamente maravillosa.
La joven del agua
es, si no la mejor, al menos una de las
mejores películas estrenadas este
año y, sin duda, la más destacada
de entre los anodinos films estrenados durante
la época estival. ¿Significa
esto que la película será
un gran éxito de taquilla y que arrasará
en la próxima edición de los
Oscars? Por desgracia, la respuesta más
probable es que no, y como muestra ya nos
van llegando las primeras voces desde el
otro lado del charco que la califican de
decepcionante (desde el punto de vista de
recaudación) y la tildan casi de
fracaso. ¿Cómo es posible
tal cosa?
Para empezar, siempre he creído
que la manera ideal de ir a ver una película
y de disfrutar al cien por cien de la misma
es dejando la mente totalmente en blanco,
aparcando los prejuicios y las expectativas
en la puerta y limitándonos a saborear
lo que el director y los actores nos ofrecen
durante un par de hora y luego, una vez
asimilada, comenzar a valorarla. Pero ante
la dificultad de acudir a la sala de cine
totalmente liberados de tales prejuicios
y/ o expectativas, la única solución
posible sería no conocer de antemano
absolutamente nada de la película,
ni siquiera la ficha técnica, algo
quizá posible entre los seguidores
del cine independiente pero totalmente descabellado
en una película como la que nos ocupa.
Y es que, como ya sucediera en el caso
de El
bosque (2004), el principal reclamo
de la misma, su director M. Night
Shyamalan, es a la vez su principal
traba. Ascendido a los altares gracias a
su magnífica El
sexto sentido (1999), el público
en general lo ha encasillado como autor
de terror (aunque ninguna de sus producciones
posteriores, exceptuando algunas pinceladas
de Señales,
pertenezcan a dicho género), lo que
provoca que el espectador quede decepcionado
al recibir algo muy diferente a lo que esperaba.
El bosque
(por otra parte la película más
floja de Shyamalan) es
buena muestra de ello, ya que toda la publicidad
que se ofreció sobre la misma la
identificaban como una historia oscura y
aterradora, bastante lejos de la realidad.
Afortunadamente, en el caso de La
joven del agua, los responsables
de la campaña, conscientes de errores
del pasado, han tratado de destacar más
el aspecto mágico y fantástico
de la historia, ofreciendo incluso uno de
los más aburridos y poco apetecibles
tráilers que puedo recordar. Con
ello, el recuerdo de El
sexto sentido es inevitable, y muchos
espectadores continuarán esperando
siempre de Shyamalan, La
joven del agua incluida, frases tan
poderosas como “en ocasiones...
veo muertos”.
Aclarado el tema de las falsas expectativas,
y despojando a la película de pesadas
cargas que no le corresponden, lo que nos
queda es una fábula, un cuento de
hadas con moraleja incluida, una historia
repleta de magia y buenos sentimientos,
un canto, en fin, al amor y a la esperanza.
La película comienza con la presentación
de los vecinos de un bloque de apartamentos,
esperpéntica colección de
frikis que bien podrían haber salido
de La
Comunidad (2000) de Alex de
la Iglesia con un sumiso portero,
aparente imagen del fracasado, que se convierte
en héroe inesperado y posible salvador
del mundo en una historia de valor, dolor
y humor a partes iguales.
La aburrida vida de Cleverland
(genial Paul Giamatti)
da un giro de 180 grados cuando encuentra
a una desconocida bañándose
en la piscina de los apartamentos. Guiado
por la compasión en lugar de por
el enfado, Cleverland acoge a la
desconocida en su casa, descubriendo que
es una especie de ninfa marina con una importante
misión que cambiará el futuro
de la humanidad. Cleverland, ayudado
por algunos de sus vecinos, iniciará
una carrera contrarreloj por ayudar a la
muchacha (Bryce Dallas Howard,
cautivadora en la sencillez de su interpretación),
ya no sólo por tratar de salvar al
mundo, sino por tratar de salvarla a ella.
La parte fabulística de la historia,
la misión de la ninfa Story
(en realidad es una narf) y las amenazas
que la acosan, bien podrían formar
parte de la Tierra Media, de Avalon o de
cualquier mundo fantástico creado
por la magia del cine. Por sí sola,
las aventuras de Story podrían
ocupar una película entera, al más
puro estilo Lady
Halcón (Richard Donner, 1985)
o Willow
(Ron Howard, 1981), pero es el trasladarla
a un bloque de apartamentos normal y corriente
y rodearla con interpretes aparentemente
nada heroicos lo que engrandece a la película.
Como no podía ser de otra manera,
La joven del agua
se enriquece de todas las obsesiones
habitualmente presentes en el cine de Shyamalan,
como son las tragedias familiares, las reflexiones
religiosas (la esperanza de la humanidad
radica en un libro escrito en el presente
que en el futuro inspirará a un niño
llamado a convertirse en un gran líder,
como si un profeta se encargara de allanar
el camino a un nuevo Mesías), y sobre
todo la sabia combinación entre drama
y humor con unas buenas dosis de terror,
aunque en La joven
de agua añade una considerable
cantidad de ternura que no puede más
que hacernos emocionar.
También hay, como no, momentos
de oscuridad, pero como ya hiciera en Señales,
Shyamalan se ha ocupado
de que éstos no dominen la historia,
los ha mantenido como una amenaza latente,
algo que despertar nuestra inquietud pero
sin distraernos de la historia principal,
y como muestra de ello ha prescindido una
vez más de vistosos efectos especiales,
permitiéndonos ver a los monstruos
de la historia entre sombras, más
insinuados que mostrados, tal como los extraterrestres
a los que plantaron cara Mel Gibson
y Joaquin Phoenix.
Tan rica es La
joven del agua que se permite incluso
un par de gags para burlarse de la mayoría
de guiones que pululan por Hollywood, manojo
de tópicos y obviedades, antítesis
total al cine de Shyamalan.
Así pues, el realizador indio decide
una vez más, con gran acierto, explicar
una bella y original historia profundizando
en sus personajes, haciendo que sean ellos,
y no las situaciones, los únicos
protagonistas, y regalándonos un
reparto que no hacen sino brillantes e intensas
interpretaciones.
Tras la ligera decepción que supuso
El bosque,
Shyamalan regresa a lo
grande, emotivo y genial.
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