¿Es
todo lo que vemos tan real como parece?
¿Hasta dónde llega la barrera
que separa la realidad de la ilusión?
Con estas preguntas como telón de
fondo Neil Burger (Interview
with the assassin, 2002) nos presenta
la vida de un misterioso mago, un ilusionista,
conocido por el nombre de Eisenheim.
Burger, guionista y director
de la película, ofrece un retrato
nítido, veraz y a la vez mágico,
del mundo creado por el escritor ganador
de un Pulitzer Steven Millhauser
en su cuento Eisenheim
the Illusionist, publicado en la
colección The
Barnum Museum (1990). Burger ha tomado
el cuento como inspiración para crear
un guión lleno de matices, profundización
en los personajes, además de ofrecernos
un interesantísimo fresco de la Viena
de finales del XIX.
La historia que nos cuenta es la siguiente:
tras varios años de viaje por Oriente,
Eisenheim regresa a Viena para
ofrecer su espectáculo de magia.
Encandila a todos por la increíble
veracidad del espectáculo, donde
parece desafiar las leyes de la naturaleza.
Su fama es tal que atrae la atención
del propio príncipe heredero Leopold,
que acude a presenciar el espectáculo
acompañado por la duquesa Sophie
von Teschen, su prometida. Eisenheim
reconoce a Sophie de inmediato:
fue su gran amor de juventud, de quien la
separaron por pertenecer a una clase social
diferente. A partir de este momento todo
dará un vuelco, los antiguos sentimientos
renacerán y un mundo de intrigas
y peligros saldrá a la luz.
Todo ello en el marco de una magníficamente
bien recreada Viena de 1900, una ciudad
en plena ebullición de corrientes
culturales, sociales y políticas.
Tiempos en los que la razón y la
ciencia competían con los incipientes
movimientos espiritistas, la aristocracia
asistía a sus últimos días
ante el auge del republicanismo y el socialismo,
y el Estado se debatía entre mantenerse
fiel a un sistema decadente o adaptarse
a nuevos tiempos donde los privilegios de
una casta o clase social, en este caso la
monarquía, no podían quedar
al margen de los cambios que se avecinaban.
En este contexto mueven sus vidas Eisenheim,
el mago ilusionista; Sophie, la
aristócrata enamorada; Leopold,
el príncipe ambicioso; y Uhl,
un pragmático inspector de policía
encargado de investigar un terrible crimen...
Edward Norton (El
Dragón Rojo, 2002) está
perfecto en su encarnación del mago,
con una mirada que refleja sentimiento y
misterio, que trasporta y trasmite más
allá de la realidad o ilusión
de sus números de magia, que parecen
obra de un místico más que
de un prestidigitador. Jessica Biel
(Blade
Trinity, 2004), como la duquesa; Paul
Giamatti (La
joven del agua, 2006), como el inspector;
o Rufus Sewell (La
Bendición, 2000), como el príncipe
heredero, ofrecen un retrato nítido,
complejo y potente de cada uno de sus personajes.
Mención especial a la dirección
artística y el vestuario, así
como a la fotografía de Dick
Pope (Vera
Drake, 2004), y a la no menos mágica
ciudad de Praga, donde se rodó la
película, que contribuyen de manera
notable a crear esa sensación onírica
que impregna todo el film. Porque de lo
que se trata es de obligarnos a pensar,
como espectadores, sobre si lo que creemos
real lo es o si por el contrario la realidad
de lo que vemos no es más bien un
juego de nuestra propia mente, tal y como
afirman las filosofías orientales.
¿Son simples trucos de magia o se
trata de algo que sucede dentro de nosotros
mismos, y que nosotros catalogamos como
verdadero o falso? ¿Dónde
está el truco? Todos, como el inspector
Uhl, querríamos saberlo,
para poder practicarlo nosotros también.
La capacidad de Eisenheim es precisamente
la de creer que no hay truco, que lo único
falso es la máscara que cada uno
de nosotros ha decidido ponerse para representar
el papel de nuestra vida. “Actores
de una representación”,
que decía Shakespeare,
en el teatro de la vida. De eso trata, en
definitiva, El Ilusionista,
y ese es su mensaje. Pensemos en ello, pero
con cuidado, no vayamos a convertirnos en
magos todos a la vez.
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