La
labor de cualquier mago es la de recordarnos
el misterio de la existencia e inspirar
admiración y asombro. Presenciar
un gran truco de magia te produce un cierto
escalofrío y te hace pensar que quizás
existen poderes mayores de los que posee
el hombre.
Neil Burger, director
de Eisenheim, The
Illusionist
En un mundo como el nuestro, "lleno
de maldad y vileza…", perdón
eso lo decía Obi Wan Kenobi
al llegar al puerto de espacial
de Moss Eisley... Volviendo al tema, ¿es
posible creer en un concepto como la magia
en un mundo donde importa lo que tienes,
a quién conoces y cuánto poder
tienes en tus manos? ¿Cómo
encaja un concepto tan cercano al romanticismo
como es la magia en una realidad dominada
por servidores públicos que utilizan
los presupuestos que disponen para perpetuarse
en sus cargos en vez de servir a los ciudadanos?
¿Le queda tiempo al apurado hombre
del siglo XXI para pensar en otra cosa que
no sea endeudarse o enriquecerse –caso
de unos pocos- en pos de una felicidad tan
esquiva como artificial?
Debería decirles que no, que ya
sólo nos queda resignarnos y cabalgar
hasta el amanecer, como los elefantes en
busca de su mítico cementerio, y
vivir como nos dejen hasta el fin de nuestros
días.
No obstante y aunque me tachen de romántico
incurable o descerebrado sin remedio –que
lo soy- les diré que sí se
puede y se debe creer en la magia. O por
lo menos en lugares como el Festival
de Cine de Sitges.
Allí, por causas muy variadas y
diversas -en especial, porque se puede ser
uno mismo, léase un amante del género
fantástico sin que te miren mal salvo
algún corto de mente, que siempre
los hay- se dan circunstancias como las
que les relataré, a continuación.
Para la última jornada estaba programada
la première en nuestro país
de Eisenheim, The
illusionist, última película
del director Neil Burger,
protagonizada por Edward Norton,
Paul Giamatti, Jessica
Biel y Rufus Sewell.
Estaba claro que por el título
asistiríamos a una historia de un
mago y sus quehaceres cotidianos. Lo que
no estaba en los planes era vernos sumergidos
en una aventura que mezclaba la magia propia
de un ilusionista con el romanticismo, la
aventura y el misterio de la Viena de finales
del siglo XIX y principios del siglo XX.
La historia está contada por el
personaje del inspector Uhl, un
recto agente de policía en una sociedad
dominada por los abusos de los nobles sobre
el resto de la población. Uhl,
al igual que Eisenheim, proviene
de una familia pobre y detesta la podredumbre
moral que domina buena parte de la sociedad
de la época. De ahí que cuando
debe enfrentarse a una amenaza como el inquietante
mago, trate de ser lo más ecuánime
posible, lejos de los prejuicios de quienes
sólo buscan su beneficio personal.
Sin embargo, antes de conocer al Eisenheim
actual, Uhl nos llevará
hasta la juventud del mago, momento en el
que su vida se cruzaría con la joven
condesa Sophie Von Teschen, encuentro
que marcaría su vida para siempre.
Tras una forzada separación, Eisenheim
comenzará un largo peregrinaje que
lo llevará a los lugares más
recónditos y misteriosos del planeta.
Años después, ya convertido
en el asombroso Eiseheim, regresará
a Viena para sorprender a propios y extraños
con sus audaces y sorprendentes trucos.
Lo malo es que el tiempo ha corriendo
en su contra y ahora Sophie es
la prometida del presuntuoso y oportunista
príncipe Leopold. Otro cualquiera
hubiera desistido, pero dicha idea jamás
se le pasó por la cabeza a un ser
capaz de hablar con los muertos sentado
en una silla, en medio de un escenario.
Puede que el argumento que les he relatado
no les parezca nada sorprendente. Sin embargo,
les aseguro que la manera en la que está
contado es similar a un gran juego de magia
combinado con los secretos que esconde una
gran Matriushka o muñeca rusa. Así,
hay un momento en el que nada es lo que
parece, por mucho que nuestros sentidos
se empeñen en decirnos lo contrario.
Ni siquiera el observador Uhl
puede determinar qué es lo que está
pasando. Lo único que sabe es que
el enigmático y oscuro Eiseheim
-como buen protagonista de corte romántico-
esconde algo, aunque no sepa de qué
se trata.
La conclusión final llegará
como resultado de todos los pequeños
detalles que la historia, basada en un relato
del escritor Steven Millhauser,
nos desgrana lentamente.
En The Illusionist
también
se esconden los trucos y la personalidad
de Jean Paul Robert-Houdin,
considerado el padre la magia moderna. Y
trucos cinematográficos diseñados
por los hermanos Lumière
–quienes también eran magos-.
Y el buen trabajo de los actores, en especial,
la pareja Norton-Giamatti.
Dentro de The Illusionist
se mueve el pensamiento de que, por
extraño o imposible que nos pueda
parecer, la magia existe y es capaz de lograr
que, de una maceta, brote una planta capaz
de dar sus frutos, en sólo unos minutos.
Y también se esconde la creencia
de que las cosas, por muy mal que estén
y peor gestionadas, cambiarán. Y
no sólo en un festival como el pasado
encuentro de Sitges donde, además
de Eisenheim,
asistimos a la espiritualidad de una película
como The Fountain,
o a la psico-magia del genial Alejandro
Jodorowsky.
Y si no me creen, piensen en lo más
profundo de su ser y no le hagan caso a
quien piensa que sólo lo material
merece la pena. No se arrepentirán.
De paso, dénse un paseo por el
cine, mucho más recomendable que
una pequeña pantalla de ordenador,
y descubran la magia que se esconde en una
película como
Eisenheim, The Illusionist.
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