Como
una exhalación, el jinete fantasma
surca la pantalla dejando a su paso un agrietado
rastro de piche cuarteado mientras una estela
de fuego infernal agota sus últimas
reservas de aire terrenal para iluminar
la oscura calle con formas demoníacas…
Johnny Blaze, cazador a sueldo
del mismísimo Satán, ha sido
poseído por los amaneramientos chulescos
de Nicolas Cage que no
hace sino plagiarse a sí mismo a
partir del personaje de Sailor Ripley
interpretado en Corazón
salvaje (David
Lynch, 1990), tic del dedito acusica
incluido, una de las muchas maldiciones
que lastran la adaptación cinematográfica
de este interesante pero poco explotado
personaje de viñeta conocido como
el Motorista fantasma, que siempre
me ha causado enorme simpatía, sobre
todo porque hay que tenerlos como un toro
para salir a la calle de esa guisa, por
mucho Infierno que lleves contigo, y que
sólo por la infinidad de posibilidades
a su alcance de cara a un guión que
prometía ser un genuino “western
satánico”, merecía mejor
suerte que la que ha corrido en manos de
un cineasta de tan dudosa calaña
como Mark Steven Johnson,
el único borrico hasta la fecha que
ha necesitado un Director´s cut en
DVD -que vendría a ser como la repesca
de septiembre- para demostrar que su película
de superhérores, Daredevil
(2003), que por más que se le perdone
no deja de ser un “quiero y no puedo”,
sí estaba a la altura.
Que Cage sea uno de los
errores de casting más flagrantes
que ha tenido jamás una película
de supetipos, sólo comparable en
despropósito al de Ben Affleck
en la citada Daredevil
(un dato más a añadir a la
ficha carcelaria de Mark Steven
Johnson: pésimo fisonomista
a la hora de poner rostros reales a iconos
de la Marvel) es, sin embargo,
el menor de los males.
Ghost
Rider en su infinita y banal autocomplacencia,
se decanta por ser el film (o telefilm,
tal como evidencia su penosa factura) más
insultantemente previsible jamás
rodado, conducido a través de unos
personajes sin sustancia ni presencia, rozando
esa vergüenza ajena ya que ningún
personaje de cómic, por muy mal guionizado
que estuviese, sería capaz de abrir
la boca para decir la retahíla de
memeces que se oyen por boca de sus homólogos
de carne y hueso en esta cinta, razón
por la cual el debate de “parecidos
razonables” queda totalmente fuera
de cuestión.
Donde definitivamente Ghost
Rider pierde toda la credibilidad
que el más benévolo espectador
pudiese otorgarle es a la hora de asentar
el eje de la trama, un enfrentamiento entre
Satán -abotonado Peter Fonda
que por razones de lifting no puede
articular un músculo de cejas para
abajo- y su hijo Black Heart -Wes
Bentley, aquel niño “tontaca”
que nos descubrió en American
Beauty (Sam Mendes, 1999) el éxtasis
contemplativo en bolsas de movidas por el
viento- que no llega a interesar más
de una discusión entre Paquirrín
y su tío Agustín Pantoja,
que unido a la justificación cogida
por los pelos del “testamento de San
Venganza”, hace que el olor a cuerno
quemado sea insoportable hasta que la película
por fin acaba.
Puestos a rodar pendiente abajo, nuestro
protagonista, que se debate la mayor parte
del film entre lo que mola echar fuego por
el cráneo y el darle calabazas a
una jaca de impresión como Eva
Mendes, acaba metido hasta la cintura
en embolados con unos demonios de tercera
que parecen los amigos siniestros de Derek
Zoolander, (porque como todos sabemos,
las huestes del infierno ahora van a la
última y se expresan corporalmente
con posturitas de revista de moda alternativa,
en plan “niños malotes”),
en lo que supone la mejor invitación
a la carcajada que una cinta de este calibre
brinda al respetable por el nulo partido
(mera anécdota a pie de página)
que visualmente se le saca a las contiendas,
desprovistas del más mínimo
atisbo de emoción y que en el mejor
de los casos no pasan de mera intro de juego
rancio de PS2, tal como
sucede en secuencias como la del helicóptero
en la azotea, donde el ordenador canta por
bulerías.
Que Ghost Rider
haya casi cubierto, incomprensiblemente,
su coste con la taquilla (me juego lo que
sea a que el director hizo un pacto con
Satán) augura secuelas, que en mi
caso serán de índole psiquiátrica
por tener que rendirme a la evidencia de
que jamás veré en vida un
tratamiento serio del personaje. Mark
Steven Johnson amenaza además
con ser el máximo responsable de
trasladar a formato de serial televisivo
(bajo auspicio de la HBO)
la exitosa colección Predicador.
Ahora sí que la hemos fastidiado.
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