Al
igual que de miembros de la Nouvelle Vague
se tratara, como François
Truffaut, Jean Luc Godard
o Claude Chabrol,
Daniel Monzón inició
su carrera como crítico de cine,
participando en referentes imprescindibles
del panorama periodístico cinematográfico
en nuestro país. Fue crítico
de Fotogramas, y sub director del
programa Días de Cine para
a continuación pasarse al otro lado
y dedicarse a plantear de primera mano lo
que él defendía como crítico.
La diferencia con los miembros de la Nouvelle
Vague es que mientras que aquellos buscaban
ofrecer una forma alternativa de realizar
cine, Monzón prefiere
reinterpretar el tipo de películas
que a él le gustan.
Su opera prima, El
corazón del guerrero (2000),
era una cinta influenciada por el cine,
la literatura y el cómic de fantasía
heroica, con referencias al mundo de rol,
y con una estética heredada de conocidos
ilustradores españoles como Luis
Royo. El resultado era bastante
irregular, y junto a momentos destacados,
especialmente los relacionados con el mundo
de fantasía, había partes
que no funcionaban y afectaban negativamente
a la cinta. A continuación pasó
a realizar una comedia de robos y picaresca
(El Robo más
grande jamás contado, 2002)
típicamente española, con
referentes como Atraco
a las 3 (José María
Forqué, 1962). En esta ocasión,
el resultado fue aún más mediocre,
y la cinta se perdía entre el exceso
y la ridiculez de algunas situaciones.
Ahora Monzón regresa
con La caja Kovak,
un thriller hitchconiano construido a través
de multitud de referentes del género
que apuntan tanto en temática como
en puesta en escena principalmente a la
obra del maestro del suspense, pero que
también recuerdan otros títulos
como El mensajero
del miedo (2004) de John
Frankenheimer. Para lograr su objetivo,
Monzón ha preferido
rodar en inglés con un reparto internacional,
donde destaca la presencia de Timothy
Hutton, un solvente actor estadounidense,
cuya carrera nunca ha hecho justicia a su
capacidad interpretativa. Le acompaña
Lucía Jiménez,
una actriz que desde que se diera a conocer
con la serie Al
salir de clase sigue sin encontrar
su sitio en la industria española,
y David Nelly, al que previamente
habíamos podido ver en Charlie
y la fábrica de chocolate (Tim
Burton, 2005).
Gracias a estos tres actores el nivel interpretativo
de la cinta es bastante aparente. No llega
a ser excepcional, pero sí funciona
muy bien a lo largo del metraje. El guión
escrito por el director junto con el guionista
Jorge Guerricaechevarría
está muy bien construido, con un
suspense bien dosificado, y un buen trabajo
de personajes, pero que no logra superar
una impresión de deja vú que
recorre toda la cinta.
Por otro lado la puesta en escena de Daniel
Monzón es sutil y elegante,
pero de nuevo da la impresión de
que se sentó ante el guión
y pensó cómo planificaría
la cinta Hitchcock, en
lugar de buscar él sus propias alternativas.
La película se deja ver con interés,
entretiene y sorprende en algunos momentos,
pero a su director aún le falta encontrar
una voz propia que dé más
personalidad a sus películas, en
lugar de depender de su bagaje cultural
cinematográfico.
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