Apocalypto,
de Mel Gibson, es una película
de dos horas y media, con actores desconocidos,
pocos diálogos (y los que hay en
lengua Maya), un fastuoso despliegue de
producción, y una anécdota
central muy sencilla. Un proyecto así,
para salir bien parado requiere de un director
con una gran determinación y una
poderosa puesta en escena, algo que por
fortuna Gibson posee.
No se puede negar la naturaleza megalómana
de este proyecto, con el que el director
pretende dar su visión de la naturaleza
del ser humano a nivel particular, familiar
y social. También es cierto que en
el fondo, quitando unos artificios, y añadiendo
otros, Gibson lo que nos
cuenta es una historia bastante maniquea,
donde los buenos son puros y equilibrados,
y los malos son corruptos y arrogantes.
No hay términos intermedios.
El discurso final de su autor viene a ser
que cuanto más sofisticado y civilizado
es el hombre, más se dirige a su
extinción, y que la verdadera salvación
está en la comunión con la
naturaleza. Para ello no duda en mostrarnos
todo tipo de imágenes violentas y
perturbadoras que refuercen su tesis, algunas
acertadas, todas deliberadamente excesivas.
Gibson no es un director
que se ande con sutilezas, ni dobles lecturas,
él expone su mensaje de manera clara
y directa, sin dar pie a equívoco
en el espectador. Lo manipula, lo dirige
a su terreno, y no le da opción a
diferir con él. El espectador debe
aceptar esto al entrar en la sala para poder
disfrutar la película. A cambio Gibson
ofrece dos horas y media de auténtico
poderío audiovisual, con unos últimos
40 minutos de ritmo constante, una persecución
asombrosa que por sí sola justifica
toda la película.
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