Se
suele decir que una película es tramposa
cuando rompe el pacto de credibilidad que
tiene con el espectador y utiliza su posición
de narrador para aportar información
falsa o manipulada, de forma que el espectador
pueda ser sorprendido al final ante la revelación
de la mentira que ha estado creyendo en
todo momento. Esto, que para muchos resulta
una salida fácil, es un recurso que
ha existido en literatura desde antes de
la invención del cine, y lo hemos
podido ver en títulos como El
sexto sentido (M. Night Shyamalan,
1999) o Sospechosos
habituales (Bryan Singer, 1995).
El caso de Cry
Wolf resulta peculiar, ya que parte
de un guión tramposo que deliberadamente
advierte al espectador desde el principio.
Aprovechando el formato de las típicas
cintas de terror con universitarios siendo
masacrados por un asesino en serie, la cinta
se desmarca del género haciendo dudar
al espectador no sólo de la identidad
del asesino, sino de la verdadera existencia
de los mismos asesinatos. Nosotros como
público sabemos desde el principio
que se nos está engañando,
y el auténtico suspense está
en saber dónde está la trampa,
cuál es la mentira. De esta manera
la cinta evita regodearse en las escenas
de asesinato, como es habitual en el género,
centrándose más en el suspense
de qué es real, y que es ficción
dentro de la ficción.
El director, Jeff Wadlow,
autor también del guión junto
a Beau Bauman, realiza
un trabajo inteligente, aprovechando elementos
clásicos del género, como
adolescentes guapos que sirven de carne
de cañón, un entorno delimitado
que sirve de microcosmos, y escenas en lugares
claustrofóbicos, como las salas de
la biblioteca, los pasillos de las residencias
juveniles, o un restaurante cerrado al público.
Tal y como sucediera con la primera parte
de Scream
(Wes Craven, 1996), la película resulta
interesante gracias a este juego de referencias.
La pena es que la originalidad ddel planteamiento
se derrumbe ante una resolución que
opta por el tópico más gastado.
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