Con
Inland Empire,
David Lynch ha parido su
obra más arriesgada, indescifrable
y críptica desde sus comienzos con
Cabeza borradora
(1977). Rodada a lo largo de 5 años,
sin un guión definido, en inglés
y polaco, y utilizando una cámara
digital de alta definición, el resultado
es una cinta experimental poco recomendable
para aquellos que no sean fans abnegados
del director.
No se trata de que nos encontremos ante
una mala película. Todo lo contrario,
Lynch ha efectuado uno
de los títulos más estimulantes
de los últimos años, pero
que busca deliberadamente romper cualquier
esquema narrativo que pudiera tener el espectador.
Esto provoca que tres horas de algo indefinible
e ininteligible para el espectador den como
resultado un progresivo abandono de la sala.
Tal y como hemos comentado, Lynch
es un director más interesado en
la creación de atmósferas,
texturas e imágenes perturbadoras
que en contar una historia con una presentación,
un nudo y un desenlace. Hasta ahora, se
había plegado medianamente a las
exigencias del medio por cuestiones comerciales,
pero ya en su anterior película,
Mulholland Drive
(2001), podíamos apreciar un abandono
de las reglas aristotélicas.
Los veinte minutos finales de esta película
vienen a ser una presentación de
lo que ahora ha desarrollado en
Inland Empire.
Como elemento de conexión con el
espectador, el director cuenta con la extraordinaria
labor de Laura Dern, quien
en esta tercera colaboración con
Lynch nos presenta la mejor
interpretación de toda su carrera.
|