Lo
malo de seguir indagando en un personaje
es que éste puede perder el encanto
que le hacía atractivo. Si no contamos
Hunter
(1986) de Michael Mann,
el personaje de Hannibal Lector
había conseguido sobrevivir hasta
ahora, a pesar de que su anterior aparición
en pantalla fuera en la penosa Dragón
Rojo.
Con este nuevo capítulo de la vida
del caníbal, su creador, Thomas
Harris, ha hecho lo que no debía
hacer, dar una justificación y una
humanidad perdida a su criatura. Hasta ahora
una de las cosas que hacían de Lecter
un ser tan tenebroso era su presencia sobrehumana,
casi divina, por encima del bien y del mal.
Un ser que aniquilando en su ser cualquier
rasgo de moralidad se situaba un escalón
por encima del resto de los mortales. Ahora
gracias a esta Hannibal,
el origen del mal, sabemos que esto
no es así, que Lecter no
es más que un niño traumatizado
que busca venganza por los crímenes
que han cometido contra él. Tal vez
el problema sea precisamente ese, que la
historia trata de un icono al que se busca
bajar de su pedestal. Si su protagonista
recibiera otro nombre, posiblemente esta
crítica sería más amable.
En ese caso diríamos que se trata
de un interesante ejercicio de suspense,
un tanto irregular en algunos tramos, que
falla en un guión con situaciones
absurdas o ridículas, como esa escapada
de Alemania del Este del protagonista en
su trayecto desde Lituania hasta Francia,
o su aprendizaje del arte de la lucha samurai,
pero que en general se deja ver con cierto
agrado e interés.
Su protagonista Gaspard Ulliel
realiza una notable interpretación,
y destaca especialmente el maquiavélico
papel de Rhys Ifans. Menos
positivo es el papel de Gong Li,
que se diluye en la indecisión. Un
personaje que podía haber dado mucho
de sí, pero que acaba siendo un lastre
para la película a pesar de la presencia
en pantalla de Gong Li.
Una pena, porque la actriz china parece
no tener suerte con sus proyectos en Estados
Unidos. Tanto Memorias
de una geisha (Rob Marshall, 2005),
como Corrupción
en Miami (Michael Mann, 2006), como
este Hannibal
sonaban proyectos interesantes pero han
resultado ser desilusionantes.
La cinta cuenta con algunos toques gore
que deleitarán a los fans, una cuidada
fotografía de Ben Davis,
y una impactante banda sonora a cargo de
Shigeru Umebayashi y
Ilan Eshkeri. Pero como digo esto
sería si su personaje principal no
fuera Hannibal Lecter. La forma
en que se desdibuja el origen de este personaje,
al menos a mí no me encaja, y prefiero
olvidarme de ella para mantener ese atractivo
malsano de El
silencio de los corderos (Jonathan Demme,
1991).
Mi opción personal hubiese sido
una propuesta cercana a El
perfume (Tom Tykwer, 2006), con Lady
Murasaki como tutora sádica
del joven Lecter.
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