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Estrenos

Estreno en Reino Unido 05-04-2007

Estreno en España  20-04-2007
SUNSHINE
Género: Ciencia ficción
País: Reino Unido
Año: 2007
Duración: 107 mins.
Ficha técnica

Dirección - Danny Boyle
Guión - Alex Garland
Producción - Andrew Macdonald
Fotografía - Alwin H. Kuchler
Música - Karl Hyde, John Murphy y Rick Smith

Ficha artística
Rose Byrne - Cassie
Cliff Curtis - Searle
Chris Evans - Mace
Troy Garity - Harvey
Cillian Murphy - Capa
Hiroyuki Sanada - Kaneda
Benedict Wong - Trey
Sinopsis

De pequeño, eran raras las ocasiones en las que la película del sábado (mítica Primera Sesión) trataba sobre temáticas galácticas o de ciencia ficción en general. Lo normal era que alternase Tarzán con John Wayne o Errol Flynn y, ocasionalmente, alguna de piratas. Eso sí, cuando tocaba “película del espacio”, como las llamábamos entonces, me quedaba a cuadros viendo historias incomprensibles pero a la vez terroríficas para una mente tan impresionable.

Mi primer recuerdo de que el cosmos intergaláctico no era un lugar donde vivir experiencias épicas, con villanos de opereta a los que derrotar de la forma más heroica, me la brindó Douglas Trumbull a los 10 años y la película en cuestión era Silent running (Naves misteriosas, 1972). Después llegaron los títulos de la saga de El planeta de los simios, donde el trauma semanal para un infante como yo estaba garantizado.

Desde entonces, meterse en una nave espacial para surcar el espacio dejó para mí de ser sinónimo de aventuras sin comparación (como rezaba la letra de Los osos Gummy) para convertise en una confrontación de primer nivel con la quintaesencia del “mal rollo”.

Luego vería Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), con la que la suerte tuve de salir mentalmente ileso tras presenciar como “el bicho” acababa con una tripulación entera sin plantearse jamás si lo que hacía estaba bien o estaba mal. Es más, dudo que la criatura biomecánica de Giger tuviese la capacidad de elegir porque más allá de un ente alienígena de pavorosa apariencia, era la personificación del brutal y sádico instinto asesino como única opción de perpetuarse.

Los años pasaron y todo lo que hubo fueron secuelas, plagios y entre medio, muchas bolsas de cotufas que sabía a poco y tardes enteras soñando con esa película que recuperase la esencia mundana de la serie B, donde la supervivencia del individuo frente a factores que escapan a su poder y raciocinio son las constante de una trama en la que acciones a la desesperada rigen los destinos de un núcleo reducido de protagonistas.

Danny Boyle, director para el que la forma lo es todo (por aquello de que cada vez que uno visiona una de sus cintas sufres un “deja vú” que automática e inconscientemente hace que verbalices el clásico “¿Dónde he visto esto antes?”, caso paradigmático en su versión acelerada de la trilogía zombi de Romero, también conocida como 28 días después (2002), cambiando muertos vivientes por “infectados”), acomete en Sunshine un nuevo ejercicio de miradas furtivas con la brillantez estética que caracteriza al cineasta británico en los últimos años, quien haciendo buena la máxima de “robar de los mejores”, logra que un refrito estructurado a base de retales contenga vida propia, cual monstruo de Frankenstein que reclama su lugar en el mundo de los vivos.

Sunshine, en su afán por la cita referencial mantiene una estructura primaria que orbita alrededor de obras que son referentes del género como 2010 (Peter Hyams, 1984), por su impecable caligrafía descriptiva, bañada por planteamientos filosóficos de ardiente belleza en el terreno visual; Horizonte Final (Paul W.S. Anderson, 1997), visitantes del pasado pasados por el filtro de lo sobrenatural que intentan echar por tierra la misión; Alien, amenaza de origen desconocido que se oculta dentro de la nave e intenta acabar con los miembros de la tripulación siguiendo el canónico “uno por uno”; y Armageddon (Michael Bay, 1998)/ Deep Impact (Mimi Leder, 1998), tachar lo que no proceda, por el dilema que se plantea acerca del sacrificio de la minoría por el bien de la mayoría, concepto que Nicholas Meyer grabó con letras de fuego en los anales de la ciencia ficción con su insuperable Star Trek II: La ira de Kahn (1982); adquiere un inusitado atractivo por su inteligente, y a veces manierista, empleo de los tópicos. Todo ello perfectamente encarrilado en raíles filosofales de aceptación más o menos popular y que contiene una densidad de niveles de lectura que es muy probable que pasen desapercibidos en el visionado inicial, especialmente de cara al listillo de turno que se cree que ha pillado al director en un renuncio sólo por incorporar a su relato ideas que no son propias. A veces los árboles no dejan ver el bosque.

Más allá de las fuentes evidentes, esta epopeya de Danny Boyle adquiere una intertextualidad que roza los textos homéricos, jugando de manera creativa sobreimprimiendo planteamientos de raíz bíblica que enfatizan la figura del Astro Rey como entidad divina digna de adoración (caso de la subtrama del personaje interpretado por Cliff Curtis, todo un ejercicio de trascendentalismo cuya simplicidad expositiva, carente de pretensiones, se impone por la belleza de su tratamiento en imágenes más allá de su naturaleza simbólica).

El problema es que para percatarse hay que estar atento y el sólo pestañear puede hacernos perder mil y un matices de este interesante trabajo, por la incontinencia de planos por minuto (y segundo) que esta película arroja sobre el espectador.

Con valores añadidos como la banda sonora de John Murphy -verdadero descubrimiento en el terreno de la música para cine- que subraya el ritmo casi sedante del film, entre lo onírico y el nihilismo, y un reparto que rostros conocidos que cumplen con efectividad su cometido (magníficos Chris Evans y Cillian Murphy), a la vieja usanza, sin chupar más plano del que les corresponde (sorprende además ver a Michelle Yeoh sin repartir una sola hostia en todo el metraje) que encajan como piezas narrativas de forma ejemplar junto a la consabida batería de personajes sacrificables que llevan tatuado en la frente “voy a morir de forma horrible”.

Por tanto, Sunshine funciona sin dificultades en el terreno de las dobles lecturas y la parábola ejemplarizante más que en el terreno científico -donde yo la emparentaría en chiriflautadas patafísicas con El núcleo (Jon Amiel, 2003)–, baza arriesgada con un público como el actual, que quiere que se lo den todo masticado.

No en vano, dos secuencias consecutivas que tienen lugar cerca de la llegada de los títulos de crédito son una rima visual a la poética resolución de la igualmente magistral La fuente de la vida (2006) de Darren Aronofsky (¿recuerdan lo que dije de copiar de los mejores?), obra que junto a esta conforma un díptico sólo apto para quienes entienden el cine como arte evolutivo.

Friki D. M.

 Web oficial  Tráiler en quedetrailers.com
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