De
pequeño, eran raras las ocasiones
en las que la película del sábado
(mítica Primera Sesión) trataba
sobre temáticas galácticas
o de ciencia ficción en general.
Lo normal era que alternase Tarzán
con John Wayne o Errol
Flynn y, ocasionalmente, alguna
de piratas. Eso sí, cuando tocaba
“película del espacio”,
como las llamábamos entonces, me
quedaba a cuadros viendo historias incomprensibles
pero a la vez terroríficas para una
mente tan impresionable.
Mi primer recuerdo de que el cosmos intergaláctico
no era un lugar donde vivir experiencias
épicas, con villanos de opereta a
los que derrotar de la forma más
heroica, me la brindó Douglas
Trumbull a los 10 años y
la película en cuestión era
Silent running
(Naves misteriosas,
1972). Después llegaron los títulos
de la saga de El
planeta de los simios, donde el trauma
semanal para un infante como yo estaba garantizado.
Desde entonces, meterse en una nave espacial
para surcar el espacio dejó para
mí de ser sinónimo de aventuras
sin comparación (como rezaba la letra
de Los osos Gummy)
para convertise en una confrontación
de primer nivel con la quintaesencia del
“mal rollo”.
Luego vería Alien,
el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979),
con la que la suerte tuve de salir mentalmente
ileso tras presenciar como “el bicho”
acababa con una tripulación entera
sin plantearse jamás si lo que hacía
estaba bien o estaba mal. Es más,
dudo que la criatura biomecánica
de Giger tuviese la capacidad
de elegir porque más allá
de un ente alienígena de pavorosa
apariencia, era la personificación
del brutal y sádico instinto asesino
como única opción de perpetuarse.
Los años pasaron y todo lo que
hubo fueron secuelas, plagios y entre medio,
muchas bolsas de cotufas que sabía
a poco y tardes enteras soñando con
esa película que recuperase la esencia
mundana de la serie B, donde la supervivencia
del individuo frente a factores que escapan
a su poder y raciocinio son las constante
de una trama en la que acciones a la desesperada
rigen los destinos de un núcleo reducido
de protagonistas.
Danny Boyle, director
para el que la forma lo es todo (por aquello
de que cada vez que uno visiona una de sus
cintas sufres un “deja vú”
que automática e inconscientemente
hace que verbalices el clásico “¿Dónde
he visto esto antes?”, caso paradigmático
en su versión acelerada de la trilogía
zombi de Romero,
también conocida como 28
días después (2002), cambiando
muertos vivientes por “infectados”),
acomete en Sunshine
un nuevo ejercicio de miradas furtivas con
la brillantez estética que caracteriza
al cineasta británico en los últimos
años, quien haciendo buena la máxima
de “robar de los mejores”, logra
que un refrito estructurado a base de retales
contenga vida propia, cual monstruo de Frankenstein
que reclama su lugar en el mundo de los
vivos.
Sunshine,
en su afán por la cita referencial
mantiene una estructura primaria que orbita
alrededor de obras que son referentes del
género como 2010
(Peter Hyams, 1984), por su impecable caligrafía
descriptiva, bañada por planteamientos
filosóficos de ardiente belleza en
el terreno visual; Horizonte
Final (Paul W.S. Anderson, 1997),
visitantes del pasado pasados por el filtro
de lo sobrenatural que intentan echar por
tierra la misión; Alien,
amenaza de origen desconocido que se oculta
dentro de la nave e intenta acabar con los
miembros de la tripulación siguiendo
el canónico “uno por uno”;
y Armageddon
(Michael Bay, 1998)/ Deep
Impact (Mimi Leder, 1998), tachar
lo que no proceda, por el dilema que se
plantea acerca del sacrificio de la minoría
por el bien de la mayoría, concepto
que Nicholas Meyer grabó
con letras de fuego en los anales de la
ciencia ficción con su insuperable
Star Trek II: La
ira de Kahn (1982); adquiere un inusitado
atractivo por su inteligente, y a veces
manierista, empleo de los tópicos.
Todo ello perfectamente encarrilado en raíles
filosofales de aceptación más
o menos popular y que contiene una densidad
de niveles de lectura que es muy probable
que pasen desapercibidos en el visionado
inicial, especialmente de cara al listillo
de turno que se cree que ha pillado al director
en un renuncio sólo por incorporar
a su relato ideas que no son propias. A
veces los árboles no dejan ver el
bosque.
Más allá de las fuentes
evidentes, esta epopeya de Danny
Boyle adquiere una intertextualidad
que roza los textos homéricos, jugando
de manera creativa sobreimprimiendo planteamientos
de raíz bíblica que enfatizan
la figura del Astro Rey como entidad divina
digna de adoración (caso de la subtrama
del personaje interpretado por Cliff
Curtis, todo un ejercicio de trascendentalismo
cuya simplicidad expositiva, carente de
pretensiones, se impone por la belleza de
su tratamiento en imágenes más
allá de su naturaleza simbólica).
El problema es que para percatarse hay
que estar atento y el sólo pestañear
puede hacernos perder mil y un matices de
este interesante trabajo, por la incontinencia
de planos por minuto (y segundo) que esta
película arroja sobre el espectador.
Con valores añadidos como la banda
sonora de John Murphy -verdadero
descubrimiento en el terreno de la música
para cine- que subraya el ritmo casi sedante
del film, entre lo onírico y el nihilismo,
y un reparto que rostros conocidos que cumplen
con efectividad su cometido (magníficos
Chris Evans y Cillian
Murphy), a la vieja usanza, sin
chupar más plano del que les corresponde
(sorprende además ver a Michelle
Yeoh sin repartir una sola hostia
en todo el metraje) que encajan como piezas
narrativas de forma ejemplar junto a la
consabida batería de personajes sacrificables
que llevan tatuado en la frente “voy
a morir de forma horrible”.
Por tanto, Sunshine
funciona sin dificultades en el terreno
de las dobles lecturas y la parábola
ejemplarizante más que en el terreno
científico -donde yo la emparentaría
en chiriflautadas patafísicas con
El
núcleo (Jon Amiel, 2003)–,
baza arriesgada con un público como
el actual, que quiere que se lo den todo
masticado.
No en vano, dos secuencias consecutivas
que tienen lugar cerca de la llegada de
los títulos de crédito son
una rima visual a la poética resolución
de la igualmente magistral La
fuente de la vida (2006) de Darren
Aronofsky (¿recuerdan lo que dije
de copiar de los mejores?), obra que junto
a esta conforma un díptico sólo
apto para quienes entienden el cine como
arte evolutivo.
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