El
género fantástico ha sido
utilizado en bastantes ocasiones como referencias
metafóricas de cuestiones de actualidad
política y social. Esto sería
evidente en algunos títulos de cine
de terror de finales de los 60 y la década
de los 70 como La
noche de los muertos vivientes (George
A. Romero, 1968), La
matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974)
o La última
casa a la izquierda (Wes Craven,
1972). Estas cintas se caracterizaron además
por su perturbador y explícito uso
de la violencia, creando un malsano malestar
entre los espectadores. A medida que el
género fue evolucionando, se fue
adentrando en apartados más paródicos
y cómicos, perdiendo ese carácter
contestatario de las obras originales.
En los últimos años hemos
podido apreciar el resurgir de un cine de
terror que comparte elementos con aquellos
títulos. Nos referimos a películas
recientes como Los
renegados del diablo (Rob Zombie,
2005), Hostel
(Eli Roth, 2005), Saw
(James Wan, 2004) o las nuevas versiones
de La
matanza de Texas (Marcus Nispel, 2004)
y Las
colinas tienen ojos (Alexandre Aja,
2006).
Aunque estos títulos mantienen diferencias
tanto estéticas, como de calidad,
en todas ellas podemos apreciar ese interés
por provocar en el espectador una cierta
incomodidad moral con lo explícito
de sus violentas imágenes, a la vez
que se hace referencia al particular momento
que estamos viviendo con un incremento de
la violencia y el miedo a lo ajeno y lo
desconocido.
Concretamente, el remake que realizo Alexander
Aja el año pasado de Las
colinas tiene ojos escondía
detrás de su argumento de familia
americana que queda atrapada en el desierto
y es atacada por una tropa de seres mutantes
una crítica a la actitud beligerante
de los Estados Unidos y a toda la situación
de conflicto en Irak.
Para su secuela, El
retorno de los malditos, el director
y aquí guionista Wes Craven,
junto con su hijo Jonathan
ha querido hacer aún más evidente
la relación con el conflicto en Irak.
Lejos de rehacer la secuela original de
Las colinas tienen
ojos, realizada por Craven
en 1984, se ha optado por un guión
original, con un destacamento del ejército
adentrándose en la zona 16 y enfrentándose
a las hordas mutantes.
La dirección de la película
cayó en manos del realizador alemán
Martin Weisz, quien llamó
la atención de Craven
gracias a su anterior largometraje, Rohttenburg,
donde mostraba duras escenas de canibalismo.
Weisz consigue mantener
el nivel de repulsión en lo referente
a las escenas más truculentas, destacando
momentos de salvajismo cafre como el arranque
de la cinta, con una mujer atada de pies
y manos a una cama mientras da a luz, la
escena en la que Napoleón
le escacha la cabeza a Camaleón
con una piedra, o los múltiples primeros
planos de los protagonistas introduciendo
los dedos en alguna herida.
En ese sentido, la cinta no defrauda. Aquellos
que vayan a ver la película en busca
de explícitas escenas gore, encontrarán
lo que están buscando. Eso sí,
si además quieren que se mantengan
otros apartados que ayudaron al éxito
de la primera parte, como un excelente trabajo
de actores, una cuidada puesta en escena,
un estudiado tratamiento del guión,
con inteligentes dobles lecturas se van
a sentir decepcionados.
Una vez planteada la referencia a Irak,
Craven e hijo dejan de
esforzarse con un guión repleto de
lugares comunes, frases tópicas y
tontas, y personajes absurdos.
Por otro lado, la labor de casting es pésima,
la mitad de los actores principales parecen
sacados del primer año de la escuela
de modelo, demasiado finos y guapetones
para creértelos como soldados, sin
mencionar que algunos no saben correr ni
coger un arma.
El retorno de
los malditos sufre el ser una secuela
precipitada, realizada en menos de un año
para aprovechar el tirón de la primera
parte. Con un mejor guión, y con
actores más creíbles, posiblemente
Martin Weisz podía
haber hecho algo digno, pero el resultado
final resulta un tanto penoso. |