| Desde
que Resident
Evil (2002), aquella película
de Paul W.S. Anderson que
adaptaba muy a su manera la experiencia
videojueguil de una saga que lanza al mercado
consolero títulos a un ritmo de producción
churreril, levantase la veda en lo tocante
al subgénero zombi, pútrida
criatura siempre necesitada de actuar en
comandita para causar el efecto deseado
entre la audiencia (que te “jiñes”
de miedo, ni más ni menos), ha experimentado
cierta evolución respecto a su primigenio
concepto de masa de cadáveres andantes
que avanzaba a paso lento pero inexorable
al olor de la carne de los vivos, convirtiéndose
ahora en una especie de horda maratoniana
ante cuyo avance desbocado cual estampida
de bisontes sólo cabe poner pies
en polvorosa y rezar por ser más
rápido que ellos.
Danny Boyle con 28
días después (2002) y
Zack Snyder con su brillante
remake de Amanecer
de los muertos (2004) ya se encargaron
de otorgar nueva motricidad a la putrefacta
criatura, aunque esta tendencia ya se diese
de forma asilada en el pasado, concretamente
en los 80 en dos títulos tan divergentes
en procedencia y temática como lo
fueron Lifeforce:
Fuerza vital (Tobe Hooper, 1985) y Demons
(Lamberto Bava, 1985).
Secuela de la mencionada cinta de Danny
Boyle, que generó la bizantina
polémica acerca de la denominación
de la amenaza, ya que el público
parecía no ponerse de acuerdo sobre
si eran zombis o “infectados”
(discusión comparable en inutilidad
a la ya señera de los galgos y los
podencos), nos llega de la mano de nuestro
chicharrero más internacional, Juan
Carlos Fresnadillo, nominado al
Oscar por hacer un remake no confeso de
un episodio de Alfred
Hitchcock presenta…, 28
semanas después, que a efectos
reales supone para el género lo más
parecido a un rendimiento marginal decreciente
a juzgar por sus pobres resultados artísticos.
La única razón por la cual
este film no se ha convertido en una de
tantas secuelas directas a vídeo,
DVD o ya puestos, Blue Ray, reside en la
notoria holgura presupuestaria difícilmente
ignorable y que Fresnadillo,
hábilmente manejado por su productor
-no nos engañemos, si quieren encontrar
señas autorales del canario, esta
no es la película indicada–
se encarga de subrayar en cada uno de los
planos o abundantes panorámicas aéreas
(el film está tan plagadito de ellas
como de amenazantes criaturas), a lo que
se añade un reparto no exento de
vistosidad en el que se asoman viejos olvidados
como Robert Carlyle (aquel
que después de Full
Monty mandó su carrera a tomar
por saco) y Catherine McCormack
(otra que tal baila, empezó
prometiendo en Braveheart
para luego acabar en chuminadas como El
sonido del trueno), que tras protagonizar
algunos de los momentos más tensos
del film, concretamente durante el prólogo
(equiparable en cuanto a tensión
y frenesí nervioso al de Amanecer
de los muertos) ceden el testigo
a nombres más de moda, como Rose
Byrne, especializada en personajes
cuanto más intrascendentes mejor
(desde Troya
hasta Sunshine
sin excepciones), como atestigua su personaje
en esta película, Jeremy Renner,
una especie de John Wayne
de andar por casa que tiene a bien acaparar
los momentos más brillantes del film,
y Harold Perrineau, el
negro cabronazo y traidor de la serie Perdidos.
Una vez más los homenajes quedan
patentes y 28 semanas
después, en definitiva, no
deja de ser una especie de recalentado de
dos títulos aún recientes
como La
tierra de los muertos vivientes (George
A. Romero, 2005) y Resident
Evil: Apocalipsis (Alexander Witt, 2004)
donde las similitudes argumentales, al menos
en el plano formal, resultan harto notorias.
No en vano el único punto interesante
de la cinta de Fresnadillo
(o de Danny Boyle, porque
esto es una película de productor,
no lo olvidemos, destinada a no apartarse
un milímetro de las pautas generadas
por su predecesora) reside en el retrato
que se hace de las nuevas generaciones.
Una velada metáfora de cómo
los infantes y adolescentes son la causa
de los males de la sociedad por el excesivo
proteccionismo al que se les somete, razón
por la cual acaban “bichados”
y plantando las semillas del caos y que
se hace patente en la secuencia de apertura
(quizá los mejor del film, que de
paso se presta a debate sobre las acciones
y decisiones tomadas por Don, personaje
interpretado por Carlyle),
así como en su desarrollo posterior,
donde los hijos de Don, con sus
acciones “subversivas” acaban
haciendo que un despliegue de seguridad
militar acabe cayendo como un castillo de
naipes para desgracia de todos.
Film que se queda en las intenciones pero
entretenido, que al fin y al cabo es lo
que importa. |