| Cuando
el ecléctico Danny Boyle
dirigió 28
días después (2002), consiguió,
seguramente sin pretenderlo, convertir una
de sus películas más modestas
en uno de los mayores éxitos comerciales
de su carrera. Preciosa y preciosista, repleta
de imágenes sugerentes, algunas de
ellas de un impacto visual inolvidable –el
contagio de Brendan Gleeson
pone los pelos de punta por muchas veces
que se vea-, estaba destinada a hacerse
un hueco en esa peculiar vitrina en la que
conviven títulos que consiguen ser
etiquetados “de culto”, pero
también gozar de gran popularidad
entre crítica y público.
No siempre es necesario que sólo
unos pocos aprecien un film, o que pasen
un montón de años para que
sea reconocido como tal tras sesudas revisitaciones
a cargo de los de siempre.
Más allá de sus abundantes
méritos artísticos,
28 días después contribuyó
de forma significativa al asentamiento de
un tipo de zombi aterrador por circunstancias
distintas al concepto clásico del
muerto viviente: este nuevo cadáver
andante corre que se las pela, posiblemente
mucho más que los vivos a los que
trata de dar caza. Además, el contagio
es inmediato, de suerte que a los pocos
segundos de ingerir sangre o saliva de un
infectado, una nueva víctima se une
a la masa caníbal.
De hecho, Boyle y Alex
Garland, responsables directos
de la película, se refieren a ellos
como “rabiosos”, contagiados
de una plaga, la ira, que encuentra claros
referentes en el mundo en el que vivimos
hoy en día.
Dos años más tarde, en 2004,
Zack Snyder ratificó
esta visión del antropófago
en su estupenda Amanecer
de los muertos, remake de la película
homónima de Romero
de 1978, logrando otro considerable pelotazo
comercial.
Visto lo visto, y siendo el fantástico
el género por antonomasia que más
disfruta fagocitándose a sí
mismo, las aventuras de la Gran Bretaña
apocalíptica devastada por las hordas
resucitadas pedían a gritos –y
a mordiscos- una continuación.
Ahora bien, era imperativo que un director
con aptitudes necesarias se colocara tras
las cámaras. En un mundo lleno de
peligros como Uwe Boll (responsable
de engendros como House
of the dead en 2003, o Alone
in the dark en 2005), la amenaza es
constante, y el menor descuido puede echar
al traste un proyecto… a menos que
se cruce en tu camino un joven realizador
tan prometedor como el canario Juan
Carlos Fresnadillo, cuyo Intacto
(2001) encandiló al tándem
Garland/ Boyle.
El contagio continuaba en buenas manos,
al menos a priori.
La película arranca, exactamente,
28 semanas después
del inicio de la plaga. Estados Unidos –quién
si no- vela por la seguridad de la isla,
hasta el punto de que la repatriación
de los hijos de Gran Bretaña se está
llevando a cabo con paso lento, pero firme,
en una zona de seguridad en la que los ciudadanos
pueden recuperar la vida que habían
dejado atrás.
Entre los atribulados vecinos se encuentra
Don (Robert Carlyle), que espera
ansioso la llegada de sus hijos de “la
soleada España” tras perder
a su mujer en un incidente que, la verdad,
podría haber evitado con un pelín
más de valor. Cuando sus preciosos
hijos rubios regresan y ven el panorama,
se las apañan para saltarse el perímetro
y volver al desolado hogar materno, ignorando
el hecho de que todavía puede haber
contagiados sueltos por las calles. Sin
pretenderlo encuentran a su madre, Alice
(Catherine McCormack), cuya sangre puede
ser una vacuna contra el virus. Pero ya
es demasiado tarde; un pequeño error
desencadena la tragedia…
Lo primero que hay que señalar es
que estamos ante una digna secuela de su
predecesora, al menos en el plano estético
y formal. Los zombis de arte y ensayo siguen
disfrutando, con el pulso firme de Fresnadillo,
de un espectacular marco visual en el que
demostrar que pueden correr, saltar, babear
y morder sin renunciar a la estética.
Pero la traba principal es precisamente
esa: el realizador canario no aporta nada
más. Al igual que ocurría
con el título original, lo mejor
del film es su prólogo, unos inquietantes
diez minutos iniciales que sitúan
a los supervivientes en un entorno oscuro,
silencioso e incierto que sumergen al espectador
en la trama de manera inevitable. A partir
de ahí, el –lógicamente-
hinchado presupuesto logra imponerse para
ofrecer una sucesión de imágenes
potentísimas e impecables en las
que se doblan el número de explosiones,
de extras corriendo por las calles y de
planos aéreos de un Londres desolado
que se convierten en el mayor hallazgo de
esta secuela, ya que podemos disfrutar de
los iconos arquitectónicos de la
ciudad envueltos en un tenso silencio, pero
también de barrios residenciales,
la campiña o el mítico Wembley,
sólo para nuestros ojos. Y eso es
todo: un bonito envoltorio que no esconde
nada.
Así pues, lo que ocurre siete meses
después de que aquellos ecologistas
liberaran a los monos infectados no es sino
una inercia de lo que empezaron a contarnos
hace cinco años. Lo peor de todo
son, sin duda, el absurdo punto de partida
de la historia -¿a quién se
le ocurre comenzar a repoblar un país
sin eliminar totalmente la amenaza?- y algunas
secuencias disparatadas en un contexto pretendidamente
serio –el uso del helicóptero
en el prado, por ejemplo-.
Alegra, eso sí, ver otra vez en
un producto decente a Robert Carlyle,
al que seguimos echando de menos pero que
por lo menos se lo pasa pipa haciendo trastadas
por ahí, saltándose el pesado
proceso de redención al que parece
que va a ser sometido tras su cobarde actuación
en el arranque de la trama. Si la intención
de los personajes representados por sus
hijos es la de reflejar la rebeldía
de los desencantados chavales de hoy en
día, desencadenante de tantos “problemas”
en la sociedad actual, etcétera,
etcétera, no lo consiguen. Pero lo
que sí ha de destacarse es el contundente
pesimismo que lo impregna todo, la imposibilidad
de salvación en un mundo en el que
el enemigo no es ya solamente ese pútrido
pseudo ser que corre dando bandazos hacia
nosotros, sino la propia autoridad, que
no distingue –a veces por imposición,
a veces por decisión propia- entre
inocentes y culpables a la hora de aplicar
su justicia.
Incluso quienes deciden elegir el bando
moral y humanamente correcto –representado
por Rose Byrne (Scarlet)
y, sobre todo, por Jeremy Renner
(Doyle)- pagan un precio que, si
bien están dispuestos a aceptar,
es demasiado alto. Una visión cárnica
y literal de la teoría sartriana
de que el infierno es la presencia del otro.
El problema es, nueva y categóricamente,
la intención comercial de este producto,
desenmascarada en última instancia
en un plano secuencia nervioso pero impecablemente
rodado que regala un final abierto a la
perpetuación de una saga que corre
el peligro de devenir en serie de televisión.
Perfectamente disfrutable si se acude a
verla sin pretensiones y con un bol de palomitas,
Danny Boyle está muy contento
con el resultado, hasta el punto de afirmar
que ya está pensando en qué
ocurrirá 28
meses después; de hecho, afirma
que si no encuentra a nadie, se encargará
él mismo de dirigirla. Ya veremos.
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