Lorna, Whitney y Beth son tres norteamericanas que cursan estudios
de Arte en Roma. Siguiendo el consejo de
una modelo, Axelle, acuden a un
exótico spa natural con la promesa
de que podrán relajarse y conocer
gente.
En 2002, Eli Roth daba
una alegría a todos los aficionados
al fantástico con Cabin
Fever, una película tan divertida
como viscosa que bebía de influencias
tan claras como seminales: desde la saga Evil
Dead (1981, 1987 y 1992) de Raimi al Deliverance (1972) de Boorman, pasando
por guiños permanentes a clásicos
eternos como La
noche de los muertos vivientes (George
A. Romero, 1968).
Como no podía ser de otra manera,
la opera prima de Roth despertó el interés de ese
circuito paralelo al comercial que sabe
exprimir hasta el último dólar
que invierte en pequeñas producciones.
Así, de la mano de un padrino de
lujo, Quentin Tarantino,
en 2005 llegó Hostel,
un bodrio en toda regla, tan aburrido como
predecible, en el que lo único destacable,
aparte de cierto gusto estético por
parte del realizador, eran los -escasos-
momentos en los que se podía disfrutar
de los F/X cortesía de los maestros
de la KNB.
Aún así, la mediatización
ejercida durante la promoción del
film mediante la consabida fórmula
de “Quentin Tarantino presenta” hizo que el público acudiera
en tromba a las salas de cine, buena parte
de ellos convencidos de que el film había
corrido a cargo, directamente, del realizador
de Pulp Fiction (1994).
El resultado: más de 20 millones
de dólares de recaudación
en su primer fin de semana en Estados Unidos.
La secuela estaba cantada.
Lo primero que hay que dejar claro es
que Hostel 2,
sin ser ninguna maravilla, es muy superior
a su predecesora. En estética, en
ritmo, en violencia. El principal escollo
que debía superar el espectador de
la primera entrega era su aburridísimo
preludio a la acción, una eterna
introducción que se comía
prácticamente la mitad del metraje
mientras acompañábamos a los
protagonistas por un periplo europeo que
asemejaba una versión trash de un
telefilm de las hermanas Olsen.
Ahora la acción es más rápida,
los acontecimientos se suceden sobrevolados
por una sensación de que algo va
a pasar; ya sabemos qué es ese algo,
pero al menos abundan los detalles que anticipan
la suerte de los protagonistas, pequeños
momentos reforzados por un humor bastante
saludable y una estética mucho más
cuidada y atenta que en la película
original.
Pero no hay que dejarse engañar. Hostel 2 es
una sucesión de clichés salpicados
de algún momento destacable –la
puja, el “homenaje” a la condesa
de Bathory-, en el que
la originalidad brilla por su ausencia.
Para empezar, el trío protagonista:
la inteligente/ responsable, la golfa desenfadada
y la menos agraciada y asustadiza. Insólito.
Por otra parte, continúa inamovible
esa visión tribal que en Estados
Unidos se tiene del Viejo Continente –“quedan
muy pocos lugares seguros en Europa”,
se afirma en una ocasión-, y el 90%
de los secundarios y extras son feos, barbudos,
piojosos o desdentados, por no hablar del
séquito de seguridad del edificio
de torturas, zoquetes de mandíbula
cuadrada en la mejor tradición de
las películas de la era Thatcher-Reagan.
Las escenas violentas, más gamberras,
descerebradas y, sobre todo, mucho más
abundantes, cabalgan entre lo intuitivo,
basándose en sombras y juegos de
luces, y lo brutalmente gráfico,
con un momento especialmente fastidioso
que no vamos a desvelar aquí.
Lo más positivo, a nivel argumental
y narrativo, es el hecho de que conocemos
en paralelo la historia de los cazadores
y sus presas, y avanzamos con ambos grupos
hacia el matadero en el que unirán
sus destinos hacia un futuro incierto. Muchos
de ellos, más que evolucionar, involucionan,
mutan y se convierten en otros, lo que aporta
un toque más fresco a unas interpretaciones
que en más de una ocasión
rayan en lo desastroso.
Y aunque no pase de ser una mera anécdota,
quienes gusten de resaltar los detalles
y guiños al espectador apreciarán
un cartel de Pulp
Fiction en una de las habitaciones
–en clara respuesta al póster
de Cabin Fever que puede verse en CSI:
Peligro Sepulcral (Quentin Tarantino,
2005)-, y las cabezas cortadas de Roth y del propio Tarantino en una sala dedicada a tal efecto.
En definitiva: más de lo mismo,
de suerte que en el primer fin de semana
en taquilla USA ni siquiera alcanzó
los 9 millones de dólares. Hasta
los espectadores norteamericanos, capaces
de aupar a lo más alto del box office
cualquier castaña de andar por casa,
tienen un límite en su paciencia.
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