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Ha pasado ya algún tiempo desde que
Michael Bay se diera cuenta
de que no necesitaba a Jerry Bruckheimer
detrás suyo para reventar la taquilla
norteamericana y, por ende, la del resto
del mundo. Se convirtió en su propio
productor a través de Bay
Films, para que nadie metiera mano
en sus fastuosos proyectos, y posteriormente
creó, junto a Brad Fuller
y Andrew Form, Platinum
Dunes, destinada a financiar producciones
de costo inferior a los 20 millones de dólares
que sirvieran como plataforma de lanzamiento
de jóvenes directores procedentes,
como él, del mundo de la publicidad
y el videoclip; curiosamente, en proporción,
los económicos remakes de clásicos
de terror que ha auspiciado resultan más
rentables que sus imponentes castañazos,
necesitados de inversiones multimillonarias.
Por lo que se ve, volverá a unir
fuerzas con Bruckheimer
para adaptar el videojuego Prince
of Persia a la gran pantalla, pero
por ahora ha encontrado un socio que tampoco
anda escaso de ojo comercial: Steven
Spielberg, que mantiene intacta
su increíble capacidad para permanecer
en la imaginería popular desde que
llegara a la industria por la puerta grande
con esa joyita inmortal que es El
diablo sobre ruedas (1971). Ahora
han unido fuerzas y talonarios para llevar
a los cines la historia de los clásicos
juguetes creados a mediados de la década
de los 80 por la firma Hasbro,
que compró los derechos de un montón
de marcas japonesas de robots cambiantes
y transformables para patentarlos todos
juntos bajo el nombre de Transformers.
Desde luego, quien acuda al cine a ver
la película no lo hará con
expectativas de salir de la sala pensando
en el mensaje transmitido por el film, sino
que buscará lo que se supone que
tiene que ofrecer el taquillazo más
esperado del verano: entretenimiento, puro
y duro.
Sin embargo, dentro de este concepto Michael
Bay navega sin rumbo fijo tratando
al espectador como si la historia que cuenta
le importase tan poco como a él.
Porque Transformers
es, ante todo, un trabalenguas visual desorbitado,
con más momentos sonrojantes que
acertados –que también los
hay-. Sin duda, lo mejor es el trabajo de
los genios de Industrial Light &
Magic, que logran crear el más
perfecto ejemplo de animación CGI
visto hasta la fecha; texturas y colores
rozan la perfección, integrando a
Autobots y Decepticons en su entorno, sea
este el que sea, de día o de noche,
secos o mojados, estáticos o en movimiento.
Dieciocho horas de trabajo por cada fotograma
merecen nuestro reconocimiento, pero, una
vez más, no el del responsable de
las inefables Pearl
Harbor (2001) o La
isla (2005): durante la acción,
cuesta distinguir a unos robots de otros,
y sólo en los momentos de calma podemos
recrearnos en estas maravillas de la tecnología,
entre las que destaca, por encima de todos,
Optimus Prime, que llena la pantalla
con sus apariciones.
Por su parte, Megatrón
se convierte en un secundario desfasado
que no aporta nada a la trama, mientras
que los partenaires de ambos bandos se reparten
la aprobación de la platea despertando
una mayor o menor simpatía –o
rechazo, en su caso-.
Por supuesto, las máquinas se llevan
los mejores momentos del film, entre ellos
la secuencia en la que se esconden de los
padres del protagonista en el jardín
familiar. Y hay que decir que el hecho de
que Bumblebee participe de uno
de los momentos más vergonzosos no
empaña su esfuerzo.
En cuanto al reparto humano, la verdad
es que no se puede resaltar gran cosa. Shia
LaBeouf, tras acompañar
a Will Smith en Yo,
robot (Alex Proyas, 2004) y a Keanu
Reeves en Constantine
(Francis Lawrence, 2005), ha conseguido
ganarse el favor de Spielberg,
que financió Disturbia
(D.J. Caruso, 2007) y le ha elegido para
perpetuar las aventuras del decadente Harrison
Ford como Indiana Jones,
el expoliador más famoso de la historia
del cine.
Para erigirse en salvador de nuestro mundo
y del "american way of life",
el joven actor opta por una interpretación
que cabalga entre el histrionismo y la histeria,
rebasando en mucho al típico chaval
quinceañero de hormonas aceleradas;
aún así, guste o no, supone
lo mejor del casting que puede verse a lo
largo de las dos horas y media de metraje.
Al guaperas de Josh Duhamel
lo han sacado de su ideal Montesito televisivo
de Las Vegas para
convertirlo en el inverosímil capitán
Lennox, que junto al cantante de
hip hop Tyrese Gibson en
el rol del sargento Epps –un
rapero interpretando a un militar es, o
debería ser, algo así como
un vegetariano protagonizando Super
Size Me (Morgan Spurlock, 2004),
pero el dinero manda-, se encargará
de comandar a un pequeño grupo de
soldados que serán, a la postre,
la última esperanza de la humanidad.
De Megan Cox, maniquí
andante por la que Sam bebe los
vientos, mejor no hablar. Quedan dos secundarios
de lujo, John Turturro (agente
Simmons), en un papel que parece
escrito para Will Ferrell –y
no es un insulto para ninguno de los dos-,
y Jon Voight (Secretario
de Defensa John Keller), que por
primera vez en su honorable carrera parece
un anciano senil sin pretenderlo; si en
muchas películas de terror y ciencia
ficción modernas se contrata a un
actor de renombre para dignificar la producción
y ejercer de gancho –por poner un
ejemplo, Gabriel Byrne en
Ghost
Ship (Steve Beck, 2002)-, la incapacidad
de Michael Bay para dirigir
a sus actores convierte a estos dos magníficos
intérpretes en tristes guiñapos
ridículos. Total, a él qué
le importan los que no pilotan un caza,
disparan un M16 o destrozan un Ferrari contra
una barricada. De hecho, si durante la proyección
comes palomitas a puñados, de forma
que el ruido que reverbera en tu boca no
te deje oír las conversaciones entre
los protagonistas, mucho mejor.
Lo que no falta es el sello de la casa,
esto es, el auto homenaje: largos planos
circulares a cámara lenta, atardeceres
naranjas, jóvenes perfectos besándose
debajo de un árbol, una espectacular
persecución en una carretera con
explosiones y coches volcando y haciendo
piruetas y, por supuesto, hermosas secuencias
de despliegues militares, de fuerzas especiales,
de policías, de bomberos y de todos
los cuerpos de seguridad uniformados que
tanto gustan al responsable de Armageddon
(1998).
Tampoco se hecha de menos la publicidad,
para nada subliminal, y cada 30 segundos
una marca comercial hace su aparición,
de una u otra forma, en un tour de force
comercial en el que sólo faltan planos
detalle de un brick de leche para que se
vea bien la marca, en la mejor tradición
de las teleseries para toda la familia.
La grandilocuente banda sonora es la misma
que en toda la filmografía de Bay,
con algunos giros que pretenden ser graciosos,
aunque… no lo son.
Y no olvidemos el discurso de rigor, a
cargo de Optimus Prime, que nos
recuerda lo brutal que es la raza humana,
a pesar de lo cual merece ser salvada. Gracias.
Esto es Transformers,
un nuevo vehículo para que el californiano
se masturbe ante nuestras narices con otra
de sus propuestas que desvirtúan
conceptos como “excesivo” y
“adrenalítico”, llenándolo
todo de explosiones, humo, fuego y caos
controlado a duras penas en el último
minuto.
Y ya está pensando en la secuela,
prevista para 2009. |