Las
“monster-movies”, a pesar de
su incombustible continuidad, no poseen
la adoración de la totalidad de adeptos
al fantástico, algo que se hace patente
en el casi inadvertido paso por nuestras
pantallas de recientes peliculazos como
The
Host o fracasos más tremebundos
como fueron en su momento la versión
americana Godzilla
(Roland Emmerich, 1998), que por más
mierda que le quieran seguir echando algunos,
a mí me resulta tan digna como divertida.
Si nos vamos a la sección de “rebajas”,
a la que tenemos que agradecer la existencia
de filmes como Anaconda
(Luis Llosa, 2006), Mandíbulas
(Steve Miner, 997), Deep
Blue Sea (Renny Harlin, 1999), y
si me apuran, incluso Arachnid
(Jack Sholder, 2001) o Rottweiler
(Brian Yuzna, 2004) en lo que a producción
patria atañe, así como tantos
otros que suplían su falta de calidad
con gran simpatía (y no poco morro
por parte de algún guionista) es
fácil darse cuenta de que este género
es consustancial al frikismo de ciertos
elementos de la industria atrincherados
en mantener viva la siempre gloriosa “Serie
B” que tan buenos ratos sigue dando.
Habrá que ver qué resultados
deparan de aquí a unos meses D-War
(Hyung-rae Shim, 2007) o Cloverfield
(Matt Reeves, 2008) -título provisional
del film auspiciado por J.J. Abrams
que vuelve a sus malabarismos habituales
generando ríos de posts internaúticos
a raíz del efectivo teaser en el
que la cabeza de la Estatua de la Libertad
cercenada y rodando en plena calle-.
Toda una sorpresa ha supuesto para mí
el visionado de Cocodrilo.
Un asesino en serie, película
cuya aparente falta de pretensiones redescubre
un matiz ya apuntado en The
Host que no es otro que el de su
innegable subtexto de denuncia política
al elegir la África de las contiendas
entre señores de la guerra como punto
de partida para un film en el que “el
bicho” actúa casi como manifestación
extrema de las matanzas a las que son sometidos
por las milicias locales un grupo de periodistas
investigadores a la caza y captura de “Gustave”,
un reptil de proporciones paquidérmicas
que asola la zonas rurales de Sudáfrica
dando cuenta de aldeanos y voluntarios (caso
del primer deceso que vemos en pantalla;
una doctora norteamericana que está
exhumando cadáveres de fosas comunes
donde sin que apenas se muestre nada, resulta
de una brutalidad incómoda).
Michael Katleman, director
afincado en producciones televisivas (Tru
Calling, Smallville,
Taken o Gilmore
Girls son sus créditos más
destacados) se vale de un reparto igualmente
catódico encabezado por el prisionero/
fugitivo favorito de la pequeña pantalla,
Dominic Purcell, acompañado
de la aguerrida Brooke Langton
(le tenía perdida la pista tras su
paso por la efímera versión
serializada de La
Red), así como de otros rostros
semipopulares como Orlando Jones,
en un papel de “típico afroamericano”
que paradójicamente presenta el arco
de evolución más interesante
del film, o Jurgen Pronchnow,
el Leto Atreides de la versión
lynchiana de Dune,
ahora nadando en las ciénagas de
la "serie omega" sumando a su
filmografía títulos como Heart
of America (Uwe Boll, 2003) o House
of the Dead (Uwe Boll, 2003) y tantos
otros preferiblemente olvidables.
El film no oculta su morosidad a títulos
seminales del género a modo de pequeños
homenajes, eso sí, con una factura
más bien modesta en cuanto a puesta
en escena, donde el director saca partido
de las apariciones de Gustave generando
máxima ansiedad en las plateas por
su inteligente uso del “sugerir más
que mostrar” durante los primeros
compases, y ya entrado en materia, cuando
la criatura se muestra en toda su majestuosa
monstruosidad, empleando las virtudes del
formato panorámico - atención
al empleo del fondo de campo en una de las
persecuciones más angustiosas vistas
desde Parque Jurásico
(Steven Spielberg, 1993), donde a cámara
lenta, y con el subrayado de la eficaz partitura
compuesta para la ocasión por John
Frizzell, vemos como Gustave
va ganándole progresivamente terreno
a uno de los protagonistas que intenta poner
tierra de por medio –pero sin abusar
en ningún caso de los efectos especiales
que brinda la moderna informática-.
Cocodrilo. Un
asesino en serie (desafortunada traducción
de Primeval) es, en medio del marasmo de
gargantuescas terceras partes que han inundado
la cartelera veraniega de esta temporada,
un trabajo donde se aprecia gran esmero
por contar una historia y, sobre todo, por
definir personajes más allá
de su mero contorno. Quizá la falta
de tablas de Michael Katleman
en narraciones que superen los 45 minutos
(duración media de un episodio televisivo)
sea el principal lastre dados los pronunciados
altibajos de ritmo que se pueden llegar
a experimentar con esta película,
pero queda al final una agradable sensación
de que, por una vez, este tipo de películas
se toma al espectador más en serio
de lo habitual.
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