De
todas las películas posibles para
hacer un “remake”, ¿tenían
que elegir precisamente ésta habiendo
tanta porquería por reciclar?
Ni mucho menos me considero defensor a
muerte del filme original de Robert
Harmon -cineasta cuya carrera reciente,
lastrada por títulos poca monta como
They
(2002) o Sin aliento
(2003), no hace sino poner de relieve que
los destacables resultados de su emblemática
Carretera al infierno
(1983) pudieron ser más un producto
de la casualidad que de inspiración
propiamente dicha-, pero es que hecha la
comparativa con el grueso de la producción
del género psychokiller (con la saga
Saw
a la cabeza, ofreciendo secuelas anuales
por decreto, de calidad irremediablemente
decreciente), la cinta protagonizada por
un siniestro Rutger Hauer y
el entonces prometedor C. Thomas
Howell es casi un paradigma de
exploración psicológica homo-erótica
que reforzaba de forma sumamente eficaz
las costuras de un thriller hiperbólico
que tenía mucho de mitología
al más puro estilo de un oscuro cuento
de fogata (“… porque si no te
comes las acelgas y el bubango, vendrá
El Autoestopista y te matará”…).
No me voy a deshacer en elogios hacia
una cinta que ya me dejó literalmente
devastado hace casi 15 años, cuando
asisití, igual de impotente que el
joven protagonista del filme, al cruel desmembramiento
de la emprendedora camarera con toda la
vida por delante (todo un acierto interpretativo
para la emergente Jennifer Jason
Leigh) en una de las secuencias
más crueles que se han escrito dentro
del género y que para esta anodina
y olvidable puesta al día firmada
por el igualmente anodino y olvidable
Dave Meyers (uno de tantos merecenarios
de nueva hornada surgido del mundo videoclipero)
se convierte previsiblemente en la única
inflexión dramática de la
trama, optando por mostrar abiertamente
lo que en la original se sugería
a través de primeros planos y un
fundido a negro que empleaba con magistral
destreza un subrayado de audio demoledor.
Sirva este ejemplo para definir lo que
realmente es Carretera
al Infierno en su versión
actual; un ejercicio de carroñero
saqueo llevado a niveles de oportunismo
sonrojante, urdido desde la producción
por Michael Bay, quien
ya antes se había encargado de poner
al día, sin verdadera necesidad para
ello, títulos de género como
La
matanza de Texas y Terror
en Amityville, y que en ningún
caso han supuesto una avalancha de agradecimientos
por parte de los aficionados; más
bien una palmadita condescendiente en plan
“no desesperes Michael, tú
sigue intentándolo”.
Carretera al Infierno
se ve en todo momento sepultada por la sombra
de su versión predecesora y, aunque
las comparativas son siempre odiosas, es
más que evidente que David
Meyers carece de la imaginación
visual necesaria para lograr crear una atmósfera
malsana, por no habla de su impericia para
generar en el espectador mayor curiosidad
(en el caso del sector masculino) que la
de saber de qué prenda se desprenderá
a continuación Sophía Bush
para seguir luciendo jamones.
Sobre Zachary Knighton,
el actor que toma el relevo de C.
Thomas Howell, poco más
hay que decir, más allá de
lo evidente: una forma de vida basada en
el carbono que se mueve de un lado al otro
de la pantalla (créanme, es todo
lo que me sugirió su nada convincente
actuación) mientras que Sean
Bean, quien carga sobre los hombros
con la responsabilidad de que la cinta tenga
un mínimo credibilidad a través
de su papel de psicópata cuyas motivaciones
jamás son explicadas (una de las
pocas virtudes del filme), opta por abordar
su personaje de la forma más inteligente;
con rostro de pleno aburrimiento mientras
pide a aquellos destinados a convertirse
en sus víctimas que acaben de una
vez con él. Imagino que viendo el
embolado en el que se había metido
pensó, “esto es justamente
lo que pensará el espectador mientras
asiste a este mojón: Por favor, mátenme”.
|