| Desconozco
los parabienes de la obra literaria de Valerio
Manfredi, legítimo autor
de la novela en la que se basa la cinta
dirigida por Doug Lefler,
realizador cuyo anterior trabajo antes del
que nos ocupa fue la infame secuela de Dragonheart
(si hay alguien entre el público
que aguantase más allá de
su risible primera media hora, por favor,
que levante la mano), por lo que no voy
a entrar a valorar cuanto hay de virtud
por parte del pretendido cineasta a la hora
de trasladar a imágenes la prosa
del escritor italiano.
La última
legión viene a sumarse, con
mucha más pena que gloria, al grueso
de producciones cinematográficas
de espíritu épico que entroncan
con las siempre socorridas Leyendas Artúticas,
si bien se trata de una película
de alarmantes carencias en lo que a presupuesto
se refiere, lo que añadido a la torpe
mano de Lefler a la hora
de trabajarse algo parecido a una puesta
en imágenes digna, acaba ofreciendo
la inconfundible crónica de un desastre
de proporciones tremendistas.
Y es una pena, porque al menos el reparto
resultaba harto prometedor. Colin
Firth, actor de indiscutible carisma
dotado de un talento sobrenatural para transmitir
sentimientos con el más leve gesto
(desde aquí recomiendo la versión
televisiva de Orgullo
y Prejuicio dirigida por Simon
Langton sólo para que comprueben
su habilidad con los silencios para sugerir
más que si abriese el hocico) aparece
aquí, en virtud de las nulas capacidades
del director, como una especie de recién
licenciado en una Escuela de Actores de
medio pelo -la de Canarias, por ejemplo,
visto su descojonante plantel docente-,
efecto que se extiende irremediablemente
al resto del reparto como una nuclear reacción
en cadena donde ni uno sólo de los
integrantes del casting resulta bien parado,
especialmente Ben Kingsley,
actor al que desde aquí recomiendo
cariñosamente que se aleje todo lo
posible de producciones colindantes con
el cine de fantasía, a la luz de
los resultados cataclísmicos de Thunderbirds,
A sound of Thunder
(Querido Ben: la próxima vez
que te ofrezcan un guión con la palabra
Thunder en el título… ¡huye!)
o Bloodrayne
si no quiere que la corona inglesa le acabe
retirando el título de Sir por chabacano
y hortera.
La construcción narrativa del filme
ofrece una proximidad notable al estilo
de los comics franco belgas de tono épico,
alternando toques de humor propio de los
cómics de Asterix (todo
lo referido a las habilidades guerreras
del personaje interpretado por la exótica
Aishwarya Rai, sin duda
lo mejor del filme… y no por sus cualidades
interpretativas en este caso) con dramatismo
macarrónico que tiene para más
inri el desacierto de situar en el eje de
la trama al clásico niño hostiable
(lo que en Terminator
2 se conocía como “enano
coñón”) destinado a
ser una suerte de elegido y por el que hombres
como castillos dan su vida en actos de fe
voluntaristas que invitan a replantearse
desde el prólogo alcance del término
“sacrificio”, porque habida
cuenta de cómo está ilustrado
en la cinta, estos héroes de pacotilla
de La última
legión no pasan de ser un
hatajo de panolis.
Tan sólo la secuencia de la batalla
final, amén de no mostrar apenas
un mísero chingo de sangre (por aquello
de que hay un niño en medio de la
batalla, se nos vaya a traumatizar), cabe
ser calificada de entretenida aunque se
nos antoje mil y una veces vista, haciendo
uso de los giros y retruécanos más
arquetípicos de este tipo filmes,
donde al final los malos (por cierto, que
desaprovechados están en este apartado
Peter Mullan y Kevin
McKidd) muerden el polvo simplemente
porque lo pone en el guión y los
buenos lloran a un par de secundarios prescindibles
caídos heroicamente en combate.
Poco más que añadir. Al
lado de La última
legión, películas como
Eragon
(Stefen Fangmeier, 2006) o El
Rey Arturo (Antoine Fuqua, 2004)
parecen obras de Fellini
o Godard. ¡Tócate
un pie!
|