| Si
algo fantástico tiene la libertad
de opinión es la de poder disentir
de corrientes preestablecidas, condicionadas,
servidumbristas o simplemente contrarias.
Habida cuenta de que no me identifico ni
en las comas con mis estimados Eduardo
Serradilla y Manuel
Díaz Noda al respecto de sus
apreciaciones al respecto del filme que
nos ocupa, creo que es momento de que alguien
ponga a este largometraje debut de Juan
Antonio Bayona en el lugar que
le corresponde.
Capítulo I: La obra maestra
que nadie había visto
Huele a cuerno quemado cuando uno asiste
a un despliegue mediático tan incesante
como los martillazos de tu vecino a las
8:00 de la mañana de un domingo si
le da por hacer obras sin avisar al resto
de la comunidad. Desde todos los frentes
publicitarios imaginables, en meses previos
al estreno de El
orfanato, no recuerdo un machaque
continuo como el de esta película,
donde no sólo se daban avances de
secuencias de la cinta, sino que además
sus responsables, atendiendo a no se sabe
muy bien qué criterios (los míos
no, pues no me consultaron) ya habían
sentenciado de una forma tan pueril como
intrépida lo que el público
de andar por casa tenía que opinar
cuando saliera de la sala. “En
esto si que somos buenos”, como
decía Ricardo Darín
al darse cuenta de que pagaba con un billete
falso en El hijo
de la novia.
Casi de conductismo pavloviano puede tildarse
el efecto que una campaña como la
de El orfanato
estaba causando en la masa. Retazos de elogiosas
opiniones supuestamente acreditadas (curiosamente
sólo citaban el medio en cuestión
–Time Magazine, Variety - pero no
al firmante, cosa que ya da urticaria) adornaban
un tráiler cuyo mosaico visual adormecía
las expectativas exigentes por ser un fusilado,
refrito y recalentado de ideas de género
mil y una veces vista, desde Poltergeist
(Tobe Hooper, 1982) a The
Dark (John Fawcett, 2005) pasando por
Frágiles
(Jaume Balagueró, 2005) y Los
otros (Alejandro Amenábar, 2001)
sin apenas molestarse en ocultar sus evidentes
morosidad. ¿Para qué? Total,
lo que importaba es que sus responsables
se iban a forrar con la jugada. ¡Qué
más da que el año que viene
nadie se acuerde de esta película!
Eso sí, la musiquita esa de anuncio
de aseguradora multinacional funcionaba,
hasta que luego descubres que forma parte
del propio score firmado por Fernando
Velázquez, y es cuando caes
en a cuenta de que ni película de
terror ni niño muerto -bueno, esto
último en cierta manera sí-:
iban a hacer “una película
bonita”. Las trompetas de Jerichó
empiezan a pitarme en los tímpanos.
Capítulo II: Nadie la ha
visto, pero la mandamos a los Oscar
Es entonces cuando llega lo que en un
chiste sería el golpe de gracia,
sólo que esta vez parecía
venir de parte de Arévalo
o Jordi LP, con lo que
reírse se hace tarea imposible. La
Academia de Cine Español, la misma
que en un alarde de ignorancia manifiesta
ha decidido cargarse en la ceremonia de
los Goya la entrega del premio a Mejor Cortometraje,
proclama a bombo y platillo que
El orfanato es la película
que representará a España
en la carrera por el Oscar, situación
que lleva a la pregunta, igual que en las
locuciones de fútbol de segunda B,
“¿aquí hay maletín?”.
Y es que el marketing que rodea a la dorada
estatuilla se ha convertido en una especie
de émbolo de presión para
vender entradas igual que Azul y Negro hicieron
caja sólo porque sus canciones sonaron
durante años como sintonía
de la Vuelta Ciclista a España. Y
lo siento por Guillermo
del Toro, cineasta que merece todo mi
respeto, porque una jugada como la del Fauno,
ahora desde la silla de productor en un
afán de ser el “Steven Spielberg´s
presents” patrio, no la repite ni
en sueños. Al menos no con El
orfanato.
Y no olvidemos que hasta ese día,
ni Dios había visto la película
si exceptuamos a cuatro privilegiados de
la Academia y allegados, ¡ah!, y los
críticos sin nombre del Variety y
Time Magazine, aunque a estas alturas me
da que dichos comentarios eran extractos
de la propia nota de prensa enviada por
la productora (¿acaso creen que me
chupo el dedo?).
Capítulos III: Sitges 2007:
La pompa de jabón revienta
Octubre del 2007. Sitges
afronta su cuadragésima edición
con un catálogo de películas
en sus diferentes secciones a cual más
olvidable, sin estrellas de “relumbrón”
destacables al margen de George
A. Romero y un ambiente cinéfilo
que se mantiene más por inercia que
por entusiasmo.
El orfanato
se configura como buque insignia de la interesante
cosecha nacional presentada este año
y un servidor decide apurar la suerte en
el último pase en El Retiro, a renglón
seguido de haber visto Aparecidos
(interesantísima coproducción
hispano-argentina) en la recién habilitada
sala Tramuntana. Este “pequeño
detalle sin importancia” tiene su
explicación al final.
Llegados al Retiro tras una feroz carrera
en aras de no ser interceptado en la puerta
por “los capitanes del minutero”,
consigo franquear el umbral de la sala en
el límite del tiempo y, además,
consigo encontrar buen sitio. Mi pulso agitado
se relaja, mi respiración retoma
su ritmo usual y el ambiente a mi alrededor
es de una expectación tal que parece
que estemos esperando la reunión
de antiguos componentes de Génesis.
No es para menos. Juan Antonio Bayona
se mete al público en el bolsillo
con un “speech” fresco, cargado
de simpatía y buenos propósitos.
Hasta ahí todo bien. Las luces se
apagan, el público contiene el aliento,
las esperanzas de Oscar para nuestra cinematografía
comienzan a rodar en la bobina y la fría
luz de la razón se activa en mi cabeza
antes de que me de cuenta.
Lo que pasa ante mis ojos durante las
siguientes horas es, a efectos introspectivos,
lo que en el programa de Alfonso Arús
Al ataque hubiera formado parte de
la mítica sección llamada
El latiguillo, donde me veía a mí
mismo diciendo una y otra vez “esto
ya lo he visto antes”. Ya no es sólo
que se hagan citas y miradas furtivas evidentes
a clásicos del cine fantástico
y de terror; es que el filme en cuestión
no contiene una sola idea que motive a dar
ese asentimiento cómplice con la
cabeza en señal de aprobación.
Filme de manual (la versión Cartilla
Palau de una película de terror,
ni más ni menos) que ni se molesta
en arañar la superficie del innegable
potencial de las ideas abocetadas (¿balbuceadas
quizá?) por Sergi Sanchez
en el libreto, se sostiene a duras penas
en la irregular actuación de
Belen Rueda, quien dependiendo
de la secuencia, convence o sobreactúa,
algo a lo que tristemente nos tiene acostumbrados,
incluso en los anuncios de Puleva Calcio.
Salidas de tono del personaje, diálogos
recitados de forma a atropellada cual principiante
(esa conversación inicial con Benigna)
y poses estereotipadas pueden convencer
al complaciente de turno, pero no nos engañemos,
la actuación de Belén
hace bueno aquel dicho del tuerto en el
país de los ciegos.
La trama propiamente dicha no da ni para
40 minutos, razón por la que Bayona
tiene que alargarla con personajes que entran
y salen de escena sin más razón
que para dilatar metraje y sin dejar huella
alguna de cara al desenlace, por más
que se nos subraye que son esenciales para
resolver el puzzle que da forma al misterio,
empleando para ello un estilo narrativo
solemne en exceso rayano en la grandilocuencia,
como tratando de decirle al espectador que
está ante “la película
más grande jamás contada”.
Nada más lejos de la realidad.
El orfanato,
en una valoración dolorosamente honesta,
no es más trascendente que la típica
película de fantasmas que pudiésemos
ver en una sesión de sobremesa en
cualquier canal generalista y, salvo por
apuntes más o menos logrados (Geraldine
Chaplin, que se impone por su presencia
y carisma intrínsecos que no por
fusilar el estilo de Zelda Rubinstein
en Poltergeist
con unas líneas de diálogo
que harían sonrojar a guionistas
de serie Z), acaba resultando tan deficiente
en recursos (ciertas elecciones estéticas
para algunos personajes sitúan a
la película al borde de la carcajada
involuntaria) como en ocasiones formalmente
aburrida, salvándose de la quema
por obra y gracia de una puesta en escena
más funcional que brillante, con
algún destello aislado de genialidad,
tal y como se puede ver en la secuencia
de despedida entre Carlos (personaje
hueco, sin sangre en las venas, un “Juan
Lanas” en toda regla) y Laura,
siendo ésta sólo un reflejo
en el cristal del coche de su esposo, al
que la cámara enfoca en primer plano,
y que en cierta manera anticipa el destino
inminente de nuestra protagonista.
Sin embargo, los responsables de la cinta,
no contentos con regalarnos un clímax
final que, hasta cierto punto, compensa
el tedio de la primera hora y media (el
momento del Escondite Inglés es el
único en todo el metraje que me hizo
segregar algo de adrenalina), nos tiene
preparados el insulto final en la última
secuencia, que seguro que si la viésemos
fotograma a fotograma, leeríamos
en letras de molde el mensaje subliminal
impreso en ella: “Necesita que se
lo demos todo masticadito para que evite
pensar por sí mismo porque es usted
idiota”. Y es ahí justamente
cuando uno siente verdadero pavor.
Capítulo IV: Apaga y vámonos
Ni estoy en contra de las maniobras comerciales
ni mucho menos del cine español,
pero de ahí a que le tomen a uno
el pelo hay un salto abismal.
Aquí es donde el detalle de Aparecidos
(2007) que citaba anteriormente adquiere
su sentido, al darte cuenta de que la única
diferencia entre la película de Paco
Cabezas y la de Juan Antonio
Bayona es en que la del primero
esta vendida a su suerte a la espera de
que tres o cuatro críticos la reseñen
positivamente en sus blogs o reducidos espacios
en prensa, que con suerte leerán
una cantidad de público siempre por
debajo de la necesaria para hacer el negocio
rentable, y que la segunda ha jugado sobre
seguro manejando con pericia la percepción
de futuro del espectador gracias a un generoso
presupuesto para publicidad. No hay más.
Si me apuran, y sin intención de
fomentar estériles polémicas
que a nadie le importarán en unos
meses, considero que Aparecidos
era un film más honesto y coherente
en intenciones así como elegante
en cuanto a factura que El
orfanato. Pero claro, quiénes
somos nosotros, miserables redactores anónimos,
para plantar cara a “La bestia”… |