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podría afirmar que, para su debut
como director, el guionista Mark
Fergus ha optado por dar un paso
quizás no demasiado atrevido, pero
sin duda de lo más inteligente e
incluso coherente. Si con su guión
para Hijos
de los hombres (Alfonso Cuarón,
2006) nos ofrecía una historia grande
y pequeña, épica e intimista
a la vez, en la que a través de unos
pocos personajes nos contaba la gran historia
de todos nosotros, en First
Snow (La primera nevada) diluye
el componente épico, grandilocuente
si se quiere, para asentarse cómodamente
en la historia de un solo hombre (aunque,
en el fondo, dicha historia no deje de ser
susceptible de interpretarse como la historia
de cualquiera de nosotros).
Se entiende, por consiguiente,
esa cierta cautela a la hora de enfrentarse
al material ya no desde la página
escrita y bajo la batuta de un director
experimentado, sino por fin haciéndose
cargo él mismo de dicha batuta y,
curiosamente, ayudándose en la escritura
por Hawk Ostby.
Quizás lo último
que nos ofrezca el film que nos ocupa, así
de salida, sea una historia tremendamente
original, pero eso no importa cuando las
pulsiones que le dan vida son tan estimulantes
desde el punto de vista dramático.
Jimmy Starks (interpretado
por un fantástico Guy pearce)
es un comercial ambicioso y un tanto egocéntrico
que, debido a una inoportuna avería
en su coche, se ve forzado a permanecer
durante unas horas en un diminuto pueblo
del desierto. Para pasar el rato, decide
pagar a un vidente (J.K. Simmons)
para que le lea las líneas de la
mano. Sin embargo, el natural escepticismo
de Jimmy ante los resultados de
la sesión pronto termina convirtiéndose
en una credulidad obsesiva, que acabará
gobernando su vida y dirigiéndola
hacia un desenlace de dramáticas
(¿quizás irónicas?)
consecuencias.
En manos de otro, tal
vez el mayor mérito de First
Snow (La primera nevada) podría
haber sido el tratarse de una historia bien
contada. Con un arranque directo y sin demasiadas
distracciones, un desarrollo lógico
construido sobre un intachable trazo de
situaciones y, por supuesto, un desenlace
sin piruetas ni trampas argumentales excesivas,
hay que señalar que la cinta se rinde
a muy pocas concesiones. Y es que, ciertamente,
ya de por si parece casi un logro en los
tiempos que corren encontrarse con un ejemplo
como éste de economía y claridad
narrativa.
Un ejemplo que, a ratos,
se diría casi rayando el clasicismo
(no es difícil ver, efectivamente,
ecos del inmarchitable Alfred Hitchcock
en esa historia cuajada de tensión
sobre un hombre común en lucha contra
los designios del azar).
Sin embargo, las intenciones
de Fergus y Ostby
abarcan algo más que la consecución
de este objetivo y, por tanto, son lo bastante
avispados como para ser -valga la redundancia-
lo bastante ambiguos.
En efecto, la historia
en todo momento deja una puerta abierta
para que el público saque sus propias
conclusiones sobre esa especie de cuenta
atrás en la que se ve envuelto el
protagonista. Y es justo ahí donde
la película se revela como un estimulante
estudio sobre el alma humana (algo muy bien
perfilado en Hijos
de los hombres, pero aquí
ya ofrecido como plato principal), suponiendo
una reflexión bastante lúcida
e inquietante no sólo sobre el binomio
destino/azar, sino particularmente, al menos
a juicio de un servidor, sobre la obsesión
y la paranoia. Un punto en el que, sin la
menor duda, la cinta entronca directamente
ya no sólo con el cine de Hitchcock,
sino también con el de Roman
Polanski.
Mención aparte
merece la interpretación de Guy
Pearce, un actor siempre efectivo
y comedido, que consigue transmitir los
infiernos personales de su Jimmy Starks
con una generosidad y variedad de recursos
verdaderamente admirable. Suyo es gran parte
del mérito de lograr no sólo
que empaticemos con un personaje, a priori,
tan antipático, sino también
de hacer que, hasta cierto punto, todos
nos sintamos un poco representados por él.
Todo un logro, desde luego, para una película
más intimista que épica, muy
próxima al “indie” y,
en cualquier caso, con una cierta vocación
de film de culto. |