| Definitivamente,
si algo hay en los engranajes comerciales
de Hollywood que me resulta profundamente
fascinante son los remakes. No tanto como
producto, vaya la aclaración por
delante, sino más bien como fenómeno.
¿Qué motivaciones, más
allá de las puramente económicas,
pueden impulsar la repetición de
un proyecto? ¿Qué factores
condicionan la elección de determinadas
historias -y no otras- para ser revisadas,
reinterpretadas o, quizás, tan sólo
copiadas? ¿Por qué algunas
historias se rehacen una y otra y otra vez?
¿A qué necesidad responden?
Reflexiones que me resultan
particularmente actuales, sobre todo ante
la noticia de que los americanos ya han
comprado los derechos de El
orfanato (una película no sólo
muy reciente sino, por otro lado, con un
lenguaje de por sí ya muy Hollywood)
para hacer su propia versión. ¿Innecesario?
Según se mire: no olvidemos que los
americanos son muy poco o nada dados a consumir
cine de manufactura ajena.
Aún con todo, me resulta mucho más
cautivador el caso que nos ocupa. Y es que,
¿acaso algún indicio nos podría
haber hecho prever a estas alturas del siglo
XXI un nuevo remake de la novela de Jack
Finney Los
ladrones de cuerpos? Una historia
que había conocido con anterioridad
nada menos que tres adaptaciones distintas,
con una intermitencia por décadas:
Red Scare
en 1956, La invasión
de los ultracuerpos en 1978 y Secuestradores
de cuerpos (Body Snatchers) en 1993,
cada una (sobre todo, las dos primeras)
con sus particulares reinterpretaciones
del material base según la clave
de los males sociales de cada época.
Así pues, ¿qué
más podría aportar esta nueva
versión, máxime cuando la
última, dirigida por Abel
Ferrara poco más de una
década antes, aportaba un mensaje
social ya un tanto desfasado? S
egún los responsables
de Invasión,
la película indaga esta vez en temas
de actualidad como la pandemia o la desconfianza
en los líderes mundiales... algo
que no hubiera sido una mala idea, en efecto,
a tenor del panorama mundial de los últimos
años, siempre y cuando se hubiera
respetado.
Y es que no olvidemos que
Oliver Hirschbiegel ya
había demostrado con El
experimento (2001) su buen hacer
con las fábulas socio-morales de
raíces oscuras, de modo que hay que
reconocer que, al menos sobre la teoría,
la cosa prometía.
Irónicamente, y
a semejanza de esos “ladrones de cuerpos”
a los que parece resistirse a dejar de revisar,
Hollywood ha acabado drenando a Hirschbiegel
de todo rasgo de personalidad y convertirlo
en otro director perfectamente uniforme
al servicio del mercantilismo americano.
Lejos queda el arrojo y atrevimiento exhibido
en sus obras anteriores, aquí canjeado
por una narrativa “correcta”,
fría, que no llega ni a molestar
ni a entusiasmar, como ocurre con tantas
otras de las últimas obras que nos
llegan de la eterna Meca del Cine.
Potenciadas sus faltas
por un montaje un tanto atropellado y una
excesiva confianza en el carisma de sus
dos protagonistas, la cinta enflaquece frente
a las dos primeras versiones de la historia,
en tanto en cuanto la tensión psicológica
de aquéllas es dejada de lado para
hacer hincapié en la acción
pura, la quinesis, una pirotecnia que parece
chocar frontalmente con las motivaciones
que, según las declaraciones de los
responsables arriba expuestas, impulsaron
el proyecto... y que no hace sino crearnos
dudas sobre la sinceridad de tales declaraciones,
por supuesto.
Pese a la supuesta carga
dramática que la presente versión
exhibe, con esa madre coraje interpretada
eficientemente por Nicole Kidman
tratando de salvar a su hijo de
un peligro intangible, el pobre trazado
psicológico del guión (la
relación de la protagonista con el
personaje encarnado por Daniel Craig
parece en todo momento más un esbozo,
un borrador, que una interacción
plena entre personajes) no deja de delatar
una cierta rutina, una sensación
de cliché repetido que, de hecho,
acaba haciendo encajar la película
antes más bien en ese pseudo-género
de héroes-ordinarios-salvadores-de-familias
tan del gusto de estrellas inexorablemente
planas como Harrison Ford
o Denzel Washington.
Afortunadamente, no todo
en Invasión
es gelidez y repetición. Es de agradecer
que no se haya dado una mayor gratuidad
en la exhibición de efectos especiales,
aunque ello no necesariamente suponga, como
hemos dicho, una apuesta más fuerte
por la psicología y el nervio narrativo.
En todo caso, ahí
tenemos también, desde luego, escenas
visualmente muy poderosas como el sueño
de Carol con su doppelganger o,
sobre todo, el primer encuentro de ésta
con su hijo tras la desaparición
del mismo (una escena de una carga dramática
verdaderamente inaudita y eficaz, para la
media del film). Sin embargo, tan sólo
se trata de destellos breves, aciertos de
alcance limitado, en un film tan impersonal
y carente de emociones verdaderas como esos
ultracuerpos que jalonan su metraje.
¿Un remake innecesario?
Sin duda, aunque más en la práctica
que en la teoría. |