| “Mira,
mejor no me ayudes más”, o
algo similar le tuvo que decir el productor
y cabeza visible de Filmax,
Julio Fernández,
al cineasta y también productor Brian
Yuzna, con el que compartió
años de trabajo tratando de sacar
adelante el sello Fantastic Factory,
un proyecto que pese a las buenas intenciones,
a punto ha estado de tocar de muerte la
serie B fantástica nacional tras
ofrecer de forma continuada una batería
de subproductos a cual más lamentable.
No cabe duda de que la
mirada comercial de Fernández,
para quien la pela lo es todo, no terminaba
de casar con esa tendencia vocacional hacia
la cutrez que el cineasta filipino, quien
aún vive de las rentas de su efímera
gloria gracias a productos como Re-Animator
(1985) o From Beyond (1986), astutamente
retitulada en nuesto país como Re-Sonator
para aprovecharse del sorpresivo
éxito comercial de la primera, que
en realidad no hacen sino demostrar que
sin Stuart Gordon manejando
la cámara, Yuzna
se revela como un perfecto inepto.
Las pruebas por escrito
llevan títulos tan demenciales como
Faust
(2000), cinta inaugural de Fantastic
Factory (y ya sabemos lo que reza
el dicho sobre lo que mal empieza…);
Beyond
Re-Animator (2002), o cómo reventar
una franquicia prometedora en 80 minutos;
Rottweiller
(2004), festival del humor sin límites;
y Beneath Still
Waters (2005), ésta la tuve
que quitar a los 30 minutos, cuando los
sarpullidos de alergia amenazaron con ir
a peor.
Mejor suerte no tuvieron
los filmes donde sólo se reservó
el puesto de productor; las execrables Arachnid
(Jack Sholder, 2001), La
monja (Luis de la Madrid, 2005) y,
aunque me duela decirlo por muchas razones,
Dagón,
la secta del mar (Stuart Gordon, 2001),
que dentro de este oxidado bidón
de residuos altamente tóxicos, es
lo más rescatable.
De ahí que Fernández,
que de tonto no tiene un pelo, separase
paja de grano y se quedase con lo único
que merecía la pena de todo este
olvidable despropósito: Jaume
Balagueró y Paco
Plaza, únicos cineastas
que supieron mantenerse en las antípodas
y a años luz de las intenciones de
exploitation chabacana de Yuzna,
quien tenía la vista más puesta
en la sección de ofertas del videoclub
que de lucir en pantalla grande un producto
con caché.
Purgado el sistema y convenientemente
reiniciado, se trataba de hacer un gran
relanzamiento donde los nombres de ambos
cineastas se cimentasen con verdaderos exponentes
del género de terror en nuestro país
(por encima de bluffs como J.A.
Bayona, sin ir más lejos).
No en vano, Balagueró
y Plaza ya tenían
un carrerón a sus espaldas con trabajos
que si bien no eran del todo redondos a
partir sus indiscutibles y respectivas óperas
primas (tanto Los
Sin nombre (1999) como El
Segundo nombre (2002), que además
cuentan con el mérito de ser las
primeras adaptaciones a la gran pantalla
del imaginario del retorcido Ramsey
Campbell), ilustraban sin género
de duda el trabajo de dos profesionales
de la imagen que, al margen de los desafortunados
guiones que les tocó manejar en filmes
tan irregulares como Darkness
(2002) o Frágiles
(2005) en el caso de Balagueró
y de Romasanta
(2004) por parte de Paco Plaza,
demostraban ser consumados narradores en
un campo tan movedizo y alejado de los márgenes
del buen gusto estético.
Dejando a un lado su labor
conjunta detrás del documental OT:
La película (2002), sepultada
por las arenas del olvido (y que igual que
los Manuscritos Pnakóticos, es preferible
dejarlos donde están) pero sin olvidar
la recuperación de ambos en episodios
de la escasamente difundida Películas
para no dormir, proyecto que contó
con la maestra mano de Narciso Ibáñez
Serrador como demiurgo dinamizador de tan
siniestras sinergias y donde ambos realizadores
lucieron su habilidad en ejercicios de estilo
tan inspirados como Para
entrar a vivir (Balagueró) o
Cuento
de Navidad (Plaza), títulos en
apariencia menores pero que a poco que se
repasen, resultan ser la semilla de lo que
ha sido su más que excelente reencuentro
tras las cámaras.
REC es
una película cuyo armazón
estructural no trata de ocultar en momento
alguno las distintas fuentes y territorios
comunes de los que bebe el guión,
así como la puesta en escena, que
no se cansa de emitir guiños hacia
clásicos recientes del género.
La virtud reside en que Balagueró
y Plaza no se conforman
en epatar al espectador ávido de
segregar toneladas adrenalina confundiéndole
en una maraña sin sentido de referencias
estéticas a la moda, sino que se
toman su tiempo en construir con todos esos
retales, a la par que la progresión
dramática discurre ascendente e inexorable,
un discurso mordaz donde personajes arquetípicos
de la cinematografía española
que con exasperante habitualidad podemos
encontrar en dramas sociales o comedias
costumbristas sse prestan por su propia
condición de carnaza a un juego de
tele realidad xtreme donde Manuela
Velasco, en un papel que posee
innumerables tintes autobiográficos,
ejerce a su pesar de improvisada conductora
de un concurso por la supervivencia del
más hábil.
La apuesta por hacer partícipe
al espectador de cada momento del film,
integrándolo dentro del mismo pero
sin posibilidad de decidir hacia donde dirigir
el objetivo de la cámara (que lo
convierte en el ejercicio de voyeurismo
más insano de la cinematografía
de terror que se conoce) no es sino la última
línea de metalenguaje empleada por
los directores de este acertado experimento
ultraterrorífico, haciéndolo
testigo de excepción de cómo
las posibilidades de los personajes por
escapar indemnes de una situación
que les supera se reducen a cada minuto
que pasa, deconstruyendo a martillazos la
realidad que hasta entonces creían
controlar.
El enrarecimiento que se apodera de la
atmósfera con cada giro de trama
no hace sino acrecentar la angustia hasta
límites de pavor absoluto, donde
la ausencia de banda sonora tal y como conocemos
(es decir, ningún compositor aparece
acreditado ya que el score es inexistente)
se compensa con la música del horror
en estado puro: golpes y alaridos se convierten
a partir de cierto punto en el leit motiv
destinado a machacar los oídos, poner
a prueba los nervios del más templado
y, ya de paso, sesgar el ánimo optimista
hacia la sensación de que alguna
vez la vicisitud a la que se enfrentan nuestros
protagonistas alguna vez pudo tener salida
airosa.
Llegado el momento de acometer el último
acto, el film adquiere tintes de tonalidad
infernal, momento en el que REC
juega a la baza de la fina ironía,
ofreciendo explicaciones no pedidas por
el espectador, básicamente porque
llegados a ese punto, poco importan ya las
aclaraciones sobre la raíz del problema
(esa siniestra grabación de audio
en el ático sobre la “niña
Medeiros”) cuando lo único
que realmente importa en este punto es,
pura y simplemente, salvar el pellejo.
Perfectamente ensamblada y presentada,
REC es sin
lugar a dudas la nueva punta de lanza que
devuelve al género de terror español
su talante competitivo dentro del gran mercado
internacional (ya está en pre-producción
el remake americano) pues logra sin apenas
dificultades lo básico que se pide
en este tipo de cine, algo tan simple como
infundir miedo para que te retrepes en la
butaca y que cuando llegues a casa te cubras
la cabeza con el nórdico dejando
ese huequecito entre el colchón y
la funda para poder exhalar un aliento entrecortado
que marcque preludio a una noche de pesadillas.
Hemos asistido al nacimiento de todo un
clásico. |