| Una
de las razones por las que existe un rechazo
casi automático a considerar “cine”
aquellas películas basadas en argumentos
de videojuegos se lo debemos a los lumbreras
que tuvieron la bendita ocurrencia de pensar
que Super Mario
Bros. era una buena idea para llevar
a la gran pantalla pero sin pararse a pensar
que, en vista del psicodélico resultado,
el espectador despistado (que fuimos muchos
los que picamos en aquel infame verano de
1993) necesitaría acompañar
la experiencia de algún tipo de seta
alucinógena bajo cuyos efectos hacer
más coherente el visionado de aquel
descacharrante conglomerado de secuencias
que a cada segundo que pasaba pulseaban
el raciocinio más cabal.
Hecha la apreciación,
no cabe duda de que ni las dos entregas
de Tomb Raider
ni la hasta ahora trilogía Resident
Evil han conseguido movilizar demasiado
público a las salas, aunque este
que suscribe considera que la secuela de
las andanzas de Lara Croft dirigida
por Jan de Bont era una
película que merecía mejor
suerte de la que tuvo en lugar del sanguinario
escarnio dispensado por público y
crítica sin tener en cuenta los sentimientos
de mi querida Angelina Jolie,
rasero por el que mido a toda hembra que
se precie.
Tampoco ha ayudado demasiado
al establecimiento del subgénero
la avidez con la que Uwe Boll
ha ido adquiriendo derechos de videojuegos
menores a mansalva para luego hacer su particular
relectura cinematográfica en un sádico
experimento guiado por el principio de “prueba-error”,
que le ha llevado a conclusiones de Perogrullo
como la que verbalizó tras los consecutivos
(y merecidos) descalabros de House
of the Dead (2003) y Alone
in the Dark (2005): “El guión
también cuenta”. Lástima
que cuando eso ocurrió, dado el ritmo
al que rueda el director alemán (¡ni
John Ford, que tío!)
ya tenía terminadas BloodRayne
(2005) y su aproximación a la fantasía
épica basada en los juegos de Dungeon
Siege In the name of the King, que
nos tocará sufrir en algún
momento.
Yo ya tuve la desgracia
de ver BloodRayne
en el Festival de Cine Fantástico
de Estepona y créanme cuando
les digo que ni el talante más complaciente
y benévolo (léase nuestro
querido Eduardo
Serradilla) sería capaz de salvarla
del degüello.
Dejando a un lado infraseres
como el Dr. Boll, que no
contento con generar las peores críticas
imaginables, se dedica a retar a combates
de boxeo a quienes vituperan sus filmes
(como si impartir razón a base de
hostias cambiase algo), vamos a centrarnos
en Hitman,
cuyo precedente es la exitosa saga del Agente
47 que hasta ahora ha sumado nada menos
que 4 títulos para distintas plataformas
y consolas.
No exenta de haber generado
la suspicacia y enarcamientos cejunos varios,
sobre todo por la discutida (que no discutible)
elección del actor encargado de dar
vida al Agente 47, papel al que
aspiraron el quien es quien de los actores
“mazas” con menor registro inexpresivo
del momento (Vin Diesel,
Jason Statham, Ernesto
Alterio…), quien finalmente
se llevó el gato al agua, Timothy
Olyphant, pese a cargar con el
sambenito de ser el villano más sosainas
de cuantos se han enfrentado a John
McLane (La
Jungla 4.0, 2007), también tiene
en su haber personajes tan memorables como
Seth Bullock en la infravalorada
serie Deadwood
(2004-2006), razón de más
para confiar en el departamento de casting.
Con Xavier Gens
tras las cámaras, cineasta incapaz
de tener una sola idea original (como ya
demostrase en Frontière(s),
una de tantas mongoladas ofrecidas por el
Festival
de Sitges en su reciente edición),
Hitman se
convierte en un recalentado que bebe de
mil y un (sub)productos pero que cuenta
con la inestimable virtud de estar correctamente
filmada, sin las estridencias a las que
son tan proclives algunos directores galos
cuando acometen su primer trabajo en Hollywood.
De ahí que Hitman
evoque algunas de las cintas de Luc
Besson, pero no aquellas que le
tuvieron tras la cámara (es decir,
no hay punto de comparación con León
el profesional o Nikita)
sino las que se valieron de su talante oportunista
como productor, léase Transporter
(Louis Leterrier y Corey Yuen, 2002) o El
beso del Dragón (Chris Nahon,
2001), con similitudes argumentales harto
evidentes que huelga relatar por evitarles
el aneurisma.
De factura visual francamente conseguida
a pesar de las notorias restricciones dinerarias
que obligan a centrar la acción casi
exclusivamente en San Petersburgo y plagada
de ritmo trepidante, Hitman
termina siendo un honesto vehículo
de entretenimiento que se digiere con la
misma facilidad que se olvida… a excepción
de la esplendorosa desnudez de Olga
Kurylenko, nueva bomba sexual a
tener muy en cuenta aunque haga serie Z
o películas de la productora The
Asylum. Esas escenas con la muchacha
en paños menores seduciendo con todas
sus armas de mujer al carapalo del Agente
47 bien valen el precio de la entrada.
Como adaptación de videojuego,
no sólo no ofende a los seguidores
del asesino con código de barras
tatuado en la cocorota. Además saca
partido del imaginario visual consolero
para brindar algunos momentos de genuina
acción que serán celebrados
por los anacoretas fans del mando vibrador.
En definitiva, producción modesta
y sin elevadas pretensiones que juega con
habilidad sus cartas, resultando una de
esas gratas sorpresas que desgraciadamente
no abundan en la cartelera. |