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ATENCIÓN
EL SIGUIENTE TEXTO CONTIENE SPOILERS QUE
DESVELAN PARTE DEL CONTENIDO DEL FILM
Dicen que las apariencias
engañan. Y si bien es cierto que
dicha frase no se puede tomar como una verdad
absoluta, una parte de verdad sí
que esconde. Además, en el mundo
moderno y apresurado en el que vivimos,
acaba por ser un problema diferenciar la
realidad de la ficción, lo que es
sencillamente blanco del negro que atrapa
la luz. Una oscuridad que rodea al protagonista
de una película como Mr.
Brooks.
¿De qué otra manera se podría
explicar que un próspero y reputado
hombre de negocios, con una sólida
posición social, marido y padre ejemplar,
y amante de la alfarería se convierta,
de cuando en cuando, en un metódico
y calculador asesino?
Al igual que la oscuridad se antepone
a la luz, la mente de Earl Brooks esconde
una peligrosa dualidad que lo lleva a cometer
horrendos crímenes cuando cae la
noche. Brooks está dominado
por la personalidad de Marshall,
alter ego con claros tintes demoniacos,
que le presiona para que se convierta en
el asesino que lleva dentro.
Lo peor del caso es que, una vez que Brooks
se deja llevar por los sádicos instintos
de Marshall, nada parece detenerlo.
Brooks no es un asesino común
y corriente. Es un estudioso del crimen,
un gourmet de la muerte. Al igual que en
su vida profesional, Brooks se toma muy
en serio su papel de asesino frío
y calculador y, como si de un sagrado ritual
se tratara, su mente y su cuerpo trabajan
a pleno rendimiento para lograr que sus
crímenes queden impunes ante la justicia.
Claro que hasta el mejor escriba tiene
un borrón y, en esta ocasión,
el borrón tiene nombre y apellidos,
y un carrete de fotos que lo sitúa
en la escena de un crimen.
Para seguir con la mascarada, la agente
encargada del caso, la detective Tracy
Atwood, tampoco es lo que parece. En
apariencia es una buena policía,
acosada por su trabajo y por el “vividor”
de su ex marido, el cual desea sacar el
mayor provecho a su divorcio. La razón
de su determinación se debe a que
Atwood es una “niña
rica” en el más amplio sentido
de la palabras y su ex está deseoso
de sacarle todo lo que pueda para así
asegurarse el futuro.
El último elemento en este juego
de equívocos lo protagoniza Jane,
la hija de Brooks, una chica que
ha decidido abandonar la universidad para
dedicarse al negocio familiar y que, como
su padre, esconde un secreto que llevará
a la policía hasta la puerta de su
casa.
Con todos estos elementos, será
Mr. Brooks, ayudado por la siempre
mente maestra de Marshall, quien
tome las riendas del asunto y mueva las
fichas situadas en el tablero, movido por
el ánimo de quien se siente ganador
de la partida, de antemano. ¿Suena
a presunción por su parte? ¿A
la locura de un animal, sádico y
despiadado, el cual se siente acorralado?
Podría ser, pero, como en la obra
de Robert Louis Stevenson,
Strange
Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, los
protagonistas de esta historia viven sus
vidas de una manera atípica, condicionados
por fuerzas que no responden a los cánones
normales que todos conocemos.
De todas formas, ¿quién
puede decir que es una persona “enteramente
normal”?
Presentada en el pasado festival de Sitges,
Mr. Brooks
supone, entre otras cosas, un cambio absoluto
de registro para un actor como Kevin
Costner, conocido por sus papeles
de “buena persona”. En Mr.
Brooks, Costner
retuerce el mito de Jekyll y Mr.
Hyde y lo trasplanta hasta nuestra
época, hasta nuestra ciudad, hasta
nuestro bloque de viviendas. Brooks,
como el apacible Dr. Jekyll de
la novela de Stevenson,
esconde un alter ego maligno que lo lleva
a cometer las más terribles atrocidades.
En esta ocasión, el Hyde
de Brooks se llama Marshall,
magníficamente interpretado por el
actor William Hurt. Hurt,
quien logra robarle protagonismo al mismo
Costner se comporta como
un auténtico remedo de Jack “el
destripador”, azuzando la mente
de Brooks para que salga de cacería
una noche más. Sus conversaciones,
lo mejor de la película con diferencia,
ponen sobre el tapete conceptos como la
maldad y la bondad, la ética de las
normas sociales, el bien y el mal como realidades
y no como abstracciones teóricas.
Frente a ellos, se encuentra la detective
Tracy Atwood, defendida con acierto
por una física y resolutiva Demi
Moore. Atwood tampoco
es lo que parece y tal dualidad, que tampoco
ayuda a sacar su mejor lado, es fundamental
para hacerse cargo de un caso como los asesinatos
protagonizados por Mr. Brooks.
La última protagonista de esta revisión
de un clásico de la literatura universal
como Dr. Jekyll y Mr. Hyde
es la joven actriz Danielle Panabaker
–rostro conocido por ser la hija de
James Woods en la serie
Shark- en
el papel de la Jane, la hija de
Brooks. Su llegada marcará
una serie de acontecimientos que podrán
sobre la mesa de juegos, nuevas preguntas
y una incógnita que quedará
en el aire al finalizar la película,
quizás la más inquietante
de todos.
De todas maneras, el mayor acierto de la
película es acercarnos la figura
del asesino en serie -identificado, generalmente,
con una persona marginal, de oscuro pasado
y sin lazos familiares- a la personalidad
de un hombre común y corriente, con
una buena posición y que, para nada,
responde al estereotipo de asesino en serie,
tal y como lo conocemos. Cierto es que aún
no sabemos quién se escondía
detrás de la figura de Jack “el
destripador”, pero ésa
es otra historia.
Mr. Brooks no
sólo bebe del asesino de prostitutas
londinenses, sino también de otros
asesinos más cercanos en el tiempo,
tales como el llamado Ciudadano-X, Andrei
Chikatilo, uno de los mayores asesinos
en serie de la historia contemporánea.
Chikatilo respondía
a las señas de un padre de familia
“normal”, aunque en un escenario
mucho más condicionado, tal y como
lo era los últimos años del
estado soviético.
Lo que no se le puede negar a la película
del director Bruce A. Evans es
que logra desasosegar al espectador y olvidar
por un momento la seguridad que parece rodear
a su vida. ¿Quién no conoce
a una persona como Earl Brooks?
¿Un honrado, tranquilo y apacible
industrial, y feliz padre de familia? Sólo
les digo que cierren bien la puerta de casa
y revisen la alarma, si es que tienen. |