| Rob
Zombie, autor de filmes visualmente
incómodos como en justicia reivindicables
que componen esa sesión doble (al
más puro estilo Grindhouse)
que tiene como protagonista a la disfuncional
y altamente peligrosa familia Firefly,
retratada en su faceta más salvaje
y amoral en La
casa de los 1.000 cadáveres y
posteriormente sublimada con tintes legendarios,
rozando las costuras del western de Sam
Peckinpah, en Los
renegados del Diablo (2005), se desmarcó
con el siguiente comentario cuando se le
inquirió respecto a su remake del
Halloween
de John Carpenter, indiscutible
obra cumbre y seminal de slasher: “Si
no fuese por los remakes de Drácula,
aún veríamos sólo la
versión muda”.
Demos por bueno tal comentario.
Es obvio que desde el Nosferatu
de Murnau, apañada
y oportunista adaptación del texto
de Bram
Stoker con sutiles cambios para paliar
problemas de derechos sobre el personaje
que después de casi un siglo no ha
sido superada, hasta llegar al Drácula
(1992) de Coppola (sin
duda el mejor collage estético que
ha conocido el Príncipe de las Tinieblas)
ha habido de todo en la viña del
vampiro más popular de la literatura
universal ofreciendo muy distintas visiones
del personaje cineastas de la talla de Tod
Browning, Terence Fisher,
Jess
Franco, Dan Curtis,
John Badham… Indudablemente
Drácula,
conceptualmente hablando, es mucho más
explotable artísticamente a tenor
de las distintas vertientes genéricas
que comprende el original literario que
un mata-adolescentes de pacotilla.
En el caso del pétreo e inexpresivo
Michael Myers, psicópata
con tintes de “hombre del saco”
tras cuyos inexpresivos ojos de muñeca
“sólo habita simple y pura
maldad”, todo lo que vino tras el
excelente filme estrenado en 1978 fue pura
morralla. Y es que donde Carpenter
supo dotar a su obra de una asfixiante atmósfera
de terror e inquietud a plena luz del día
dejando el grueso de defunciones violentas
para el último rollo de película
(que se cuentan con los dedos de una mano)
y legando uno de los “Main Themes”
más emblemáticos del género,
sus continuadores, mercenarios a sueldo
del fallecido productor Moustapha
Akkad, sólo supieron ceñirse
al concepto básico: fuerza imparable
con una máscara blanca que mata lo
que se le pone por delante (si es una niña
pizpireta, mejor) mientras su psiquiatra
le persigue para detenerlo en el último
minuto. La cosa no podía pintar peor.
Los intentos de remontar la franquicia
hace unos años por parte de la productora
Dimension, ignorando el
grueso de ignominiosas secuelas que van
desde la segunda a la sexta, se saldaron
con dos filmes igualmente decepcionantes:
Halloween H20
(Steve Miner, 1998) y Halloween
Resurrection (Rick Rosenthal , 2002),
los cuales no terminaron de encontrar un
tono acorde a los nuevos tiempos y echando
por tierra aún más si cabe
la ya depauperada imagen de Michael
Myers, esta vez ya sin la presencia
del carismático Donald Pleasence
como su eterna némesis.
Por todo ello Rob Zombie,
cineasta más personal y creativo
de lo que algunas mentes cuadriculadas han
sentenciado, se perfilaba como la opción
más sensata para devolver dignidad
a un personaje que se inició como
icono indiscutible del género para
ir degenerando hacia la más oprobiosa
machangada.
Como no todo podía ser bonito,
Rob Zombie ha sido incapaz
de realizar un filme que satisfaga al 100%
las expectativas del público. No
hay nada que oponer al retrato que se hace
de la infancia de Michael Myers,
enmarcada en el contexto de lo que popularmente
se conoce como white trash americana, plagado
de momentos inquietantes desde el punto
de vista de la puesta en imágenes
y que muestran la paulatina degradación
mental de un joven Michael (perfecto
Daegh Faerch) que poco
a poco va perdiendo contacto con la realidad
y con el mundo a medida que va escalando
en el nivel de atrocidades que es capaz
de cometer sin mostrar la más mínima
emoción, con momentos tan logrados
como el asesinato de Judith Myers,
primera vez que su psicópata hermano
hace uso de la legendaria máscara
(de inspiración escénica sobresaliente)
mientras cose a cuchillazos a la infortunada
casquivana desde la cama hasta el pasillo.
Sí que se hace tópico que
“el origen del mal” se justifique
en la clásica infancia traumática
que nos muestran en todas las películas
americanas, que suma una pizca de inadaptación
social en la escuela por culpa de los clásicos
matones de pasillo (tranquilos, se llevan
su “justo merecido”), tener
una madre que se desnuda en clubs nocturnos
(sensacional Sheri Moon Zombie,
lo mejor de la película) para deleite
de camioneros, degenerados y fumadores de
crack, convivir con un padrastro (William
Forsythe) incapaz de separar el
culo del sillón en todo el día,
con una cerveza en la mano y el mando a
distancia del televisor en otra, y, colmo
de los colmos, tener una hermana ¡que
fuma! y lo que es peor ¡que invita
a chicos a su cama! En fin, tampoco es que
pidiéramos algo diametralmente opuesto,
más en la línea de los asesinos
psicópatas de alta alcurnia imaginados
por Brett Easton Ellis,
pero está claro que en este punto
el señor Zombie
se lo podía haber currado un poquito
más y no pasarse con los clichés.
Cuando Michael, después
de una larga reclusión en un hospital
psiquiátrico bajo la tutela del Doctor
Loomis (un poco convincente Malcolm
McDowell), decide que la institución
mental ya no le aporta nada -cuatro guardias
y un entrañable celador salvajemente
asesinados dejan constancia del fracaso
de la terapia– encaminando los pasos
a su Haddonfield natal transformado en una
fuerza de la naturaleza de 2x2 metros, comienza
lo que podríamos llamar el segundo
capítulo, que diverge radicalmente
en tono, ritmo y estética (el feismo
imperante hasta entonces es va de vacaciones),
resultando una versión acelerada
del original de Carpenter
que sin atisbo alguno de suspense y nula
capacidad para inducir escalofrío
nos hace comulgar con un rosario de víctimas
más largo que los que dejaba Rambo
en Vietnam, abundando gore y pechos al descubierto
para sazonar el despropósito pero
sin plantear debate de ninguna índole
y dando la impresión de que ese apéndice
de metraje (45 minutos de sopor nada menos)
bien podría formar parte de lo que
hubiese sido Halloween 9 en manos
de cualquier director muerto de hambre.
Me permito apuntar aquí que con posterioridad
al visionado de esta versión de Halloween:
El origen que todos verán
en cine, pude acceder a un montaje alternativo
(no me pregunten cómo y no tendré
que mentirles), mucho más interesante,
sin tanta matanza innecesaria y con un tramo
final más equilibrado de conclusión
notablemente satisfactoria. Lástima
que los Weinstein no opinasen
lo mismo porque de haber sido así
ahora nos hallaríamos ante una crítica
muy distinta de esta película.
Al final, la sensación de tomadura
de pelo, de ver pasar al quien es quien
de los secundarios del género en
horas bajas (Richard Lynch,
Udo Kier, Ken Foree,
Clint Howard, Brad
Dourif, Tom Towles….)
amén de toda la panda de “coleguitas”
de Rob Zombie haciendo
minicameos (Sid Haig,
Bill Moseley, Leslie Eastbrook…),
lo que acaba por restar verosimilitud a
la historia.
Donde Rob Zombie consiguió
en sus anteriores trabajos dos piezas de
verdadero culto cinéfilo, su más
reciente dislate resulta un filme olvidable,
verdadera tesis doctoral sobre territorios
comunes y desvergüenza total al dárselas
de solemne con una historia que pedía
una mayor coherencia narrativa y que en
lugar de eso se limita a explicitar innecesariamente
aquello sobre lo que Carpenter
hace 30 años se limitó a trazar
una de las mejores elipsis narrativas del
género dejando la imaginación
del espectador volar a los recovecos más
oscuros de la demencia. Una pena.
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