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síntoma preocupante el que en estas
fiestas navideñas la cartelera cinematográfica
nacional haya encontrado propicio estrenar
títulos de naturaleza más
violenta y agresiva que de costumbre en
lugar de filmes de corte familiar (aunque
claro, con películas como Ángeles
S.A. (Eduard Bosch, 2007), las opciones
de que la familia vea cine unida se reducen
drásticamente).
Prueba de esto que les
comento es que durante los días previos
a la llegada de los Reyes Magos (los padres,
queridos niños, son los padres) el
público tiene entre sus opciones
ir a ver títulos como Halloween
de Rob Zombie, de la que
pueden leer mi lúcida crítica
en esta misma web, o Negra
Navidad, otro slasher aquejado de
falta de guión (y eso que por entonces
los guionistas de Hollywood no estaban aún
en huelga) donde la tasa de mortalidad supera
la de cualquier país del sur de Asia
durante el azote de un tsunami.
Nada de esto debería
sorprender cuando el filme estrenado el
día de Navidad en la tierra de Santa
Claus, el Conejo de Pascua y el día
de Acción de Gracias ha resultado
ser la secuela de Aliens
vs Predator (Paul W. S. Anderson, 2004),
que rebasa sin aparentes dificultades las
más altas expectativas hemoglobínicas
de cualquier goremaníaco. Si se hubieran
trabajado la historia y los personajes de
la misma manera hablaríamos de clásico
pero por desgracia les adelanto que no es
así.
Remake de uno de los filmes
menos conocidos del desaparecido Bob
Clark, quien antes de
Porky´s (1982) hizo un carrerón
en el cine de terror durante los 70 con
obras notables como Children
shouldn´t play with dead things
(1972) o Dead of
Night (1974), a cargo del equipo
responsable de la saga Destino
Final (2000-2006), Negra
Navidad es otra de esas actualizaciones
tan inocuas como innecesarias que no sólo
no mejoran un ápice respecto de la
versión original (que no ha envejecido
nada mal), sino que nos hace desempolvar,
como si fuésemos ya viejos chochos,
el eterno dicho de “cualquier tiempo
pasado fue mejor”.
Como único atractivo, la cinta de
Glen Morgan, quien anduvo
más hábil cuando se puso tras
la cámara para hacer el remake de
Willard
(2003) -a mayor gloria del esquizofrénico
Crispin Glover-, tenemos
a un puñado de post adolescentes
atractivas a las que ya hemos visto en más
de una ocasión enfrentarse al horror,
ya sea en cine (Cristal Lowe, Mary Elizabeth
Windstead, Jessica Harmon) o televisión
(Michelle Trachteberg, la hermanita redicha
de Buffy Cazavampiros),
dejando como única duda al espectador
cual será el orden en el que irán
recibiendo matarile, qué imaginativo
empleo del arma cortante o punzante realizará
el psicópata sobre su próxima
víctima y, por supuesto, si alguna
de las chicas de esta hermandad de repipis
conseguirá llegar de una pieza a
los créditos finales.
Película de realización
plana donde la lógica del guión
se rige por la máxima de que el demente
de turno tiende a materializarse, por arte
de birlibirloque, en aquellas habitaciones
insuficientemente iluminadas en que alguna
de las chicas se encuentre lo bastante desamparada
para no poder ser socorrida a tiempo en
caso de necesidad, Negra
Navidad no se prodiga en momentos
dignos de recordar (he de que hacer un esfuerzo
para devolver a la memoria las infames Midnight
Xtreme del último Sitges,
donde tenía que luchar con denuedo
contra el sopor para no quedarme tieso como
un ladrillo en la butaca intentando tragarme
este soberano ñordo) o simplemente
de pasar la rincón de la fama del
género por algo distinto a la sensación
de nauseabundo desagrado con la que el espectador
asiste a cada uno de los asesinatos, de
una gratuidad descerebrada e hiperbólico
grafismo que ni asusta ni divierte.
Ante tan “magnífico”
panorama me planteo seriamente el reivindicar
más comedias románticas británicas
para estas fechas tan señaladas,
que ya es triste que para insuflar algo
de espíritu navideño a estos
días miserables haya tenido que desempolvar
el DVD de Love Actually
(Richard Curtis, 2003) a fin de poner
algo de alegría a la soledad de mi
sala de estar. |