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Por extraño que pueda parecer, al
ser humano le gusta pasar miedo, sentirse
mal, forzar su mente hasta el límite.
Es como una especie de necesidad para, a
reglón seguido, encontrar una tabla
de salvación que le devuelva a su
rutinaria realidad.
Por eso no es extraño que personas
como Mike Enslin, malgasten su
talento literario en escribir guías
de lugares supuestamente malditos o poseídos
por fantasmas o espíritus de ultratumba.
Normalmente, Enslin pasa las noches
en hoteles, moteles o alberges en los que,
aparte de una anticuada y/ o recargada decoración,
no sucede nada de nada.
Por la mañana, con la luz del día,
Enslin escribe su reseña,
la cual luego será devorada por quienes
aman las emociones fuertes y esas cosas.
No es que aquello colme sus aspiraciones
literarias pero le da de comer mucho mejor
que cuando trababa de ganarse la vida como
escritor. Además, aquel “rutinario
trabajo” le ayuda a sobrellevar la
pérdida de su hijo y su posterior
separación matrimonial.
El caso es que, de vuelta a casa, Enslin
descubre una postal que le avisa sobre los
peligros que se ciernen sobre una determinada
habitación de un hotel en la ciudad
de Nueva York. Más bien le recomienda
que no se acerque a la habitación
1408 del hotel Dolphin.
Como comprenderán, aquello es un
todo un reto para quien está acostumbrado
a demostrar que los lugares “supuestamente”
encantado sólo son un reclamo para
turistas incautos o para aquellos que son
capaces de autosugestionarse por sí
sólo, sin una razón de peso
detrás.
De regreso a la ciudad de la “Gran
Manzana” Enslin se dirigirá
hacia el mencionado hotel Dolphin para encontrarse
con la figura de su responsable, Olin,
nada dispuesto a dejarle la llave de la
mencionada habitación.
Es cierto que hay una habitación
1408 pero nadie entra en aquella habitación
desde hace tiempo. Y quienes han entrado,
raramente han podido contarlo después.
Olin tiene un dossier lleno de
los crímenes, suicidios y demás
sucesos que han ocurrido dentro de aquellas
paredes y no quiere que la lista de víctimas
se incremente con Enslin.
Todos estos argumentos no son suficientes
para disuadir al escritor de pasar una noche
en la atormentada habitación, la
cual arrastra un pasado tan turbulento como
sangriento.
Ante el empecinamiento de Enslin,
Olin le entrega la llave de la
habitación 1408 dejando claro que
declina toda responsabilidad ante lo que
le pueda pasar.
Tras despedirse, Enslin llega
hasta la habitación 1408 y, una vez
abierta la puerta, comprueba que el lugar
no difiere mucho de otras localizaciones
similares. Claro que, cuando traspasa el
umbral, el tiempo del reloj comienza a transcurrir
y éste corre en su contra.
1408, basada
en un relato del maestro Stephen
King y dirigida por el escandinavo Mikael
Hafström, nos devuelve hasta
aquellos relatos cinematográficos
en el lugar es el protagonista. En esta
ocasión se trata de una habitación
que bien pudiera ser el vestidor del mismo
demonio, aunque la decoración deje
mucho que desear.
Para el lugar acabar con la cordura de
quienes allí moran –algo similar
a lo que ocurría con el escenario
de El resplandor
(1980) de Stanley Kubrick-
es una especie de reto. Todo vale para lograr
que la ordenada mente del protagonista,
Mike Enslin se deje llevar por
el pánico y caiga en la profunda
paranoia.
Poco le importa recurrir al más
rastrero chantaje emocional si con ello
logra que Enslin olvide, por un
momento, su capacidad de razonar y se abandone
al pánico más absoluto.
Presentada en el pasado Festival
de Cine de Sitges 2007, como película
de clausura, 1408
se torna, desde el mismo momento en el que
el protagonista entra en el especio de la
habitación, en un relato opresivo,
fantasmagórico, demente y, a ratos,
un tanto confuso.
Puede que el único problema de
toda la narración es que alarga demasiado
a la situación, con lo que se pierde
una concisión que ayudaría
a mantener mucho más la tensión
que debe soportar el espectador.
De todas formas, el buen trabajo de los
actores, en especial de John Cusack
–eje central de toda la acción
junto con la habitación- además
del trabajo de Samuel L. Jackson,
como Olin y la actriz Mary
McCormack, en el papel de Lily
-la mujer de Enslin-, son un atractivo
más que suficientes para ver esta
nueva adaptación de un relato de
Stephen
King a la gran pantalla.
Tampoco me quiero olvidar del trabajo del
director, Mikael Håfström,
el cual sabe conducir la narración
de una forma que mezcla el artificio con
un cierto minimalismo, algo propio del cine
de los países nórdicos, con
lo que el espectador encuentra ciertos momentos
de paz, antesala de algún otro suceso
mucho más desasosegante.
Muy recomendable para quienes disfruten
de las emociones fuertes, aunque tengan
que estar muy atentos ante lo que se cuenta,
dado que las cosas no son siempre lo que
parecen. |