| Cuando
se supo que finalmente el esperado “monster
smash” entre las dos especies no terrestres
más temibles del Universo (que no
son los Ewoks ni los Harlem Globertrotters)
se llevaría a cabo tras años
de especulación por parte de los
fans y una tonelada de comics de calidad
decreciente en cuanto a guión y dibujo
editados por Dark Horse
que deben coger moho en algún rincón
del altillo de mi armario, lo que nadie
en su sano juicio esperaba es que Paul
W.S. Anderson, director de la interesantes
Horizonte Final
(1997) y Soldier
(1998), llevase a cabo el ejercicio de proxenetismo
cinematográfico más ultrajante
de la historia del cine fantástico
al convertir Alien
vs Predator en un burlesco guiñol
que se mofaba sin recato de las dos criaturas
que daban título a la cinta, quitándoles
el halo majestuoso y feroz que imponían
por mor de sus bizarros diseños (mérito
indiscutible de los genios H.R.
Giger y Stan Winston)
dando lugar un engendro cósmico que
poco tenían que ver con aquellos
gloriosos orígenes, cuando verdaderas
estrellas del firmamento hollywoodiense
como Sigourney Weaver y
Arnold Schwarzenegger se
disputaban con ellos el plano y la vida.
A la luz de los hechos
(que cobraron esclarecedor sentido tras
constatar que en el currículum de
Anderson también
figuran las birriosas Mortal
Kombat y Resident
Evil), el director británico
consiguió lo que ni un batallón
de marines coloniales: poner a ambas razas
al borde de la extinción cinematográficamente
hablando, ya que aún cuando la inocentada
generó pingües ganancias, todo
ser vivo (menos, imagino, Eduardo
Serradilla) coincidía en que
Alien vs Predator
“era una mierda”.
Pero he aquí que
tres años más tarde, dos hermanos
(ni los Coen ni los Wachoski,
gracias al cielo) de apellido Strausse,
elementos curtidos en el departamento de
efectos de especiales de películas
de alto presupuesto y fans hasta el tuétano
de las dos ridiculizadas especies alienígenas,
decidieron que estas merecían una
revancha en la gran pantalla, razón
por la que ahora me encuentro tecleando
este mamotreto.
Aliens
Vs Predator: Réquiem (en España
lo del “Réquiem” nos
lo cambian por un “2”, no vaya
a ser que el Jonay o la Yeni de turno piensen
que es una peli de posesiones, exorcismos
y movidas milenaristas) levantó expectativas
a cuenta de que, salvo una foto promocional
de un Depredador agarrando por el cogote
a un Alien, nada más se había
visto y eso, como poco, levanta polvaredas
de curiosidad. El problema es que el secretismo
tan bien llevado hasta entonces dio el mayor
traspiés hace unos meses al lanzar
la Fox un primer tráiler
en el que se daban dos situaciones de alarmante
preocupación: 1) Todas las muertes
de personajes principales o momentos clave
del filme eran revelados al espectador,
y 2) La criatura estrella de esta entrega,
el Predalien, lejos de mantenerse oculta
en sombras, aparecía, cual exhibicionista
frente a colegio de monjas, luciendo toda
su biomecánica anatomía. De
esta manera, al espectador sólo le
quedaba rezar a fin de que los responsables
de promoción se hubiesen guardado
algún as en la manga con el que sorprender
al público en la sala de cine una
vez se estrenase, pero a estas alturas del
cuento, eso era mucho pedir.
Dos tramas se intercalan en esta cinta.
Por un lado la referida a los seres humanos,
que hasta la irrupción de la amenaza
del espacio exterior, parece un episodio
(y no de los mejores) de Dawson
crece, donde abundan amoríos
entre adolescentes con ardiente furor uterino,
hermanos mayores que actúan como
figura paterna, reencuetros matrimoniales,
un sheriff hispano que además es
buena persona… vamos, un asco.
La parte alienígena no es que sea
mucho mejor. ¿Recuerdan el argumento
de Critters?
En caso afirmativo, cambien los Critters
por Aliens (que chungo pinta esto ¿no?)
y a los cazarrecompensas multiformes por
un Depredador que viene a ser un “limpia”
al más puro estilo de las películas
de asesinos a sueldo de Luc Besson,
aunque según los directores, se basaron
conceptualmente en el estrafalario Señor
Lobo de Pulp
Fiction (¡?). Lo que es ir
pillado de pelas para excusar la ausencia
de más Depredadores.
En estos términos planteada, Aliens
vs Predator 2 cuenta con todas las
papeletas para ser el bodrio de la temporada,
pero sorpresivamente posee elementos que,
aunque sea parcialmente, la salvan del patíbulo.
No existiendo guión propiamente dicho,
pues el libreto funciona por acumulación
de maniqueísmos, agujeros argumentales
como socavones de carretera comarcal (sin
una serie de afortunadas coincidencias/
incongruencias no tendríamos película)
y obviedades mil y una veces vistas, rematado
con guiños poco sutiles a secuencias
memorables de los títulos de las
respectivas sagas, hallamos como principal
atractivo una apuesta por hacer con cuatro
duros algo un digno espectáculo.
Aliens y Depredador campan respectivamente
por sus respetos dejando un nada desdeñable
reguero de fiambres donde no faltan generosas
raciones de sangre, vísceras y desmembramientos,
llevándose la palma la secuencia
que tiene lugar en la maternidad de un hospital
a cargo del Predalien (muy mal rollo, están
avisados) en lo que supone un giro de tuerca,
no exento de mala leche, de la secuencia
de destrucción del nido de los xenomorfos
por parte de Ripley en la película
de James Cameron, cuando
nuestra heroína galáctica
favorita despachaba decenas de huevos con
metralleta y lanzallamas ante el justificado
empute de la Reina Alien -les garantizo
que un furibundo sentimiento pro-humanista
hará presa en cada uno de ustedes
llegado el momento– siendo no menos
sensacionales algunos encuentros a hostiazo
limpio entre el Depredador y el Predalien,
que lucen una coreografía de notable
factura, así como algunos momentos
de confrontación con armas de fuego
adornada con alguna muerte inesperada.
Lo hermanos Strause conscientes
de que el peso de los filmes clásicos
de Alien y Depredador, unido al escaso presupuesto
para sacar adelante una producción
cuyo reparto se nutre principalmente de
secundarios de series televisivas de éxito,
impide que Aliens
versus Predator 2 alcance determinado
status, trazan objetivos menos ambiciosos,
siendo el primero, superar en calidad el
disparate de Paul Anderson
(tarea nada difícil) y a partir de
ahí, esforzarse por entretener sin
reservas. Por esa parte podemos estar tranquilos.
Eso sí, no le pidan más. Al
menos es mejor que Transformers
(Michael Bay, 2007), lo que para mí
justifica el voto de confianza, pero no
cuenten con una tercera entrega.
La banda sonora
Brian Tyler, una de las
nuevas figuras en el terreno de la composición
de música para cine, ha sido el encargado
de crear la partitura de Aliens
vs Predator 2. Un score que traza
líneas paralelas con el estilo visual
del filme, que se nutre de homenajes a las
películas previamente existentes
sobre las temibles criaturas, de manera
que Tyler, sin descuidar
la autoría que le caracteriza, realiza
un trabajo notoriamente deudor de las creaciones
previas de James Horner
(Aliens,
1986), Elliot Goldenthal
(Alien 3,
1992) y Alan Silvestri (Depredador,
1987 y Depredador
2, 1990).
La música subraya prácticamente
cada uno de los momentos climáticos
de la cinta sin destacar por algún
leit motiv reseñable, marcando el
compás de un espectáculo pretencioso
y atonal donde percusiones y metales se
baten el cobre a la hora de ver quien suena
más fuerte; los primeros a punto
de romper los parches y los segundos soplando
por tubas, trombones y trompetas con la
fuerza de un ciclón.
Brian Tyler asume su labor
compositiva como un encargo sin margen para
lucimientos pero sin darse cuenta de que
sus últimos y decepcionantes trabajos
le están revelando como un autor
de bajo perfil situándole cada vez
está más lejos de las cotas
de calidad ofrecidas en bandas sonoras como
las de Children
of Dune (2003), Six-String
Samurai (1998) o Timeline
(2003).
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