Podríamos pensar que estamos ante la enésima adaptación a la gran pantalla de un musical de éxito en Broadway, y no estaríamos del todo equivocados, pero hay mucho más en esta versión que del demoníaco barbero nos regala su director, Tim Burton.
La historia, que parte del libreto original de la obra teatral de 1979 de Stephen Sondheim, prolífico compositor y letrista teatral (contribuyó al éxito de West Side Story) y es acreedora de multitud de reconocimientos (múltiples premios Tony avalan su éxito), bebe a su vez de la leyenda del personaje cuasi-mítico de Benjamín Barker, oscuro habitante del 186 de Fleet Street en el Londres del siglo XVIII. Éste, en confabulación con su amante, Margery Lovett, dueña de una pastelería cercana, robaban y asesinaban a sus víctimas, deshaciéndose de los despojos del desdichado que cayese en sus manos a través del negocio de ésta última, en forma de pastel de carne (según relató por primera vez Thomas Prest en un cuento publicado en 1846).
En esta versión fílmica se nos presenta al oscuro criminal de manera mucho más dulcificada. Benjamín Barker, próspero barbero con una idílica y plácida existencia junto a su esposa e hija, es falsamente acusado y llevado a prisión. Tras 15 años de condena regresa al lugar de su trágico destino convertido en un espíritu sanguinario y vengador. Nuestra suerte de Edmond Dantés está dispuesto a cobrarse cuantas víctimas sean necesarias hasta alcanzar su ansiado objetivo, degollar al malvado y lascivo Juez Turpin (Alan Rickman), caúsa y origen de sus desdichas. Para ello contará con la ayuda de su casera, la señora Lovett, regente de un cochambroso negocio de hostelería.
Sexta colaboración del dúo Burton-Depp y tercera incursión de este último en el musical junto al director (Depp ya había prestado su voz al Víctor de La Novia Cadáver), asistimos a un cambio parcial en la concepción de la producción por parte de Burton. Si bien la creación de Depp forma parte de la galería de seres castigados, inadaptados y oscuros del realizador de Burbank, su carácter sádico y violento lo aparta del tono general de su obra.
El inusual reflejo de la violencia revanchista del protagonista, mostrada con descarnada y cruenta complaciencia (la sangre mantiene el tono carmesí Hammer que emplease en uno de sus títulos anteriores, Sleepy Hollow), es uno de los aspectos que sorprende en el film. Siguiendo las pautas de su predecesora teatral, este folletín en tres actos nos habla de pecados tan antiguos como la propia condición humana: corrupción, codicia, lujuria y crimen se entremezclan en imágenes y letras, muy alejadas de las temáticas recurrentes del director, en uno de sus títulos más adultos y menos oníricos de su carrera.
La versatilidad de Johnny Depp se pone totalmente de manifiesto en cada número musical, el dolor y la desesperación del atormentado Todd es patente en cada acción y estrofa, y la conexión con su partenaire femenino (Helena Bonham Carter, embarazadísima durante la producción, factor que trajo de cabeza a la oscarizada Collen Atwood para adaptar sus ropajes a un ritmo vertiginoso) es en todo momento crucial para comprender las motivaciones de ambos personajes: Barrer busca la venganza, sin reparar en nada más; Lovett ansía una vida mejor en compañía del desquiciado barbero del que está secretamente enamorada.
Otra de las peculiaridades de esta producción es el libreto musical, donde no participa otro de los inseparables de Burton, el compositor Danny Elfman, lo que también se nota en el carácter de la partitura, al servicio del número musical, si bien oscura menos barroca que lo acostumbrado en sus films. Asistimos, no obstante, a deliciosos números musicales (destacaría dos en concreto, la descripción del uso que de la carne de sus víctimas harían la pareja homicida en A little Priest, espectaculares John y Helena, y el dueto interpretado en la barbería por Rickman y nuevamente Depp, que se repite al consumar la venganza este último). Por último destacar la breve pero agradable presencia de Sacha Baron Cohen en un papel adecuado para el histrión del intérprete, el barbero rival Pirelli.
No obstante no todo es novedad con respecto a sus anteriores películas: el cuidado diseño de producción es lóbrego y claramente burtoniano, y los flashbacks y escenas oníricas recuerdan claramente a su inmediata predecesora, Sleepy Hollow, totalmente coloristas y alejadas del tono ceniciento de su fotografía, y hasta se permite hacer un claro guiño a uno de sus personajes más queridos, Eduardo Manostijeras, en la escena del encuentro del abatido Sweeney / Barrer con sus amadas cuchillas de afeitar.
En resumen, un interesante ejercicio interpretativo y musical, una oscura fábula con final moralista, un tanto predecible y agridulce, claro homenaje a las películas de horror gótico de los 60 y 70, una apuesta arriesgada pero original y fresca en el árido panorama del fantástico actual.
|