| Entendemos que ser un autor de culto antes incluso del debut propio como director de largometrajes debe ser una carga difícil de sobrellevar. Y que se lo pregunten, si no, a Nacho Vigalondo: autor de un cortometraje ya clásico con nominación a los Oscar de por medio (7.35 de la mañana) y artífice de un muy seguido diario cinematográfico en red (www.nachovigalondo.com), Vigalondo se ha convertido en poco tiempo -y con un cuerpo creativo no particularmente grueso, dicho sea de paso- en una figura capaz de levantar grandes expectativas en un público español esencialmente joven y hambriento de producciones que recojan el sentido de humor y la creatividad a prueba de bombas de un artista podríamos decir que multimedia y, sin duda alguna, diferente.
Con semejantes antecedentes, no es de extrañar que las expectativas pudieran jugar casi más en contra que a favor de Los cronocrímenes, que ha tenido que transitar por el circuito de festivales y despertar el interés de Tom Cruise por elaborar un remake antes de lograr ser estrenada en nuestros cines. ¿Podemos decir, por tanto, que Vigalondo sigue manteniendo la frescura exhibida como autor de cortos o incluso como generador de opinión desde su diario en red? Y aún más, ¿ha sabido hacer la transición de corto al largo sin perder su esencia y, aún con todo, sabiendo adaptarse a las exigencias del nuevo medio? Ambas preguntas sólo admiten un sí, afortunadamente, pero con alguna reserva.
Planteada como una historia de ciencia ficción podríamos decir que casi costumbrista, de saltos temporales y paradojas bastante bien resueltas, todo ello engarzado con un cierto toque de reflexión filosófica y moral (que no moralista, al menos a priori), tal vez Los cronocrímenes no sea el colmo de la originalidad y, de hecho, contiene elementos que nos pueden retrotraer a propuestas más o menos recientes y más o menos mainstream como Doce monos (Terry Gilliam, 1995) o Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1992), entre otras. Sin embargo, el mérito de la propuesta está en saber tomar esos elementos ya conocidos y no sólo conseguir hacerlos propios sino también lograr que se integren con toda naturalidad en una cinematografía (la española) bien poco dada a piruetas conceptuales de este calibre.
Pese a todo, la auténtica gran paradoja de la cinta está en que, aún contando con un guión bien modelado, que desarrolla una historia imposible de contar en el formato de un corto, no deja de dar la impresión de tratarse de un cortometraje que se ha pretendido alargar. Las necesarias repeticiones de hechos, aún viéndose bajo tres puntos de vista diferentes, no consiguen presentar las suficientes variaciones ni los suficientes matices como para dar el cuerpo deseable a una narración de formato largo y, a la postre, la mayor evolución que consiguen (o, al menos, la más exitosa) es la que se opera en el multiplicado personaje de Karra Elejalde, quien consigue la interpretación más matizada del elenco (en todo caso, mérito insuficiente si lo comparamos con el trabajo de Vigalondo como actor secundario, totalmente incapaz de repetir la eficacia de la que hizo gala en cortos como Te quiero).
De todos modos, con sus más y sus menos, se trata de un soplo de aire fresco para nuestro cine, una cinta estimable, lo bastante inteligente como para declinar la pirotecnia visual por la conceptual. Quizás demasiado rara para el gran público, cierto, pero tampoco particularmente interesada en ganárselo, en lo que en todo caso se revela como una más de sus virtudes: Vigalondo sabe jugar sus bazas y, aunque alguno de sus comodines le haya salido rana, lo honra no haber hecho muchas trampas en el juego.
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