Resulta casi insólito en los tiempos que corren ver cómo, de vez en cuando, alguien se atreve a jugar la baza de la imaginación y, además, lo hace de una forma aparentemente inocente, casi naïf, como en los juegos de la infancia... si bien, al mismo tiempo, con un poso de maceración indudablemente adulta en la ideología subyacente a lo narrado, creando así un juego de contrastes ciertamente poco común en estos tiempos más dados a decantarse por una u otra tendencia (pero raramente por las dos).
Escrita y dirigida por Esteban Sapir, La Antena puede entenderse como una imaginativa alegoría chapada a la antigua pero, a la vez, impulsada por una estética extrañamente moderna. La película nos narra cómo una ciudad entera, sin nombre ni ubicación, en realidad tan metafórica como sus mismos habitantes y como cualquier otro elemento de la historia, se ha quedado sin voz y está sumida en un invierno eterno. El Sr. TV, una especie de magnate que con las imágenes que retransmite y los productos que vende mantiene bajo su invisible poder a toda la metrópolis, está trazando un plan para hacerse con el control definitivo. Sin embargo, no todo será tan sencillo como él cree.
Quizás el adjetivo que mejor podría definir el film de Sapir sea “valiente”. Y es que, si de algo no se le puede tachar, es de indulgente, al menos en lo que a sus aspiraciones comerciales se refiere. Armar un largometraje de 90 minutos en estricto blanco y negro, puro homenaje expresionista y, para colmo, a la manera del cine mudo clásico (la influencia de Metrópolis o Viaje a la luna, entre otros, sobrevuela constantemente el metraje de la cinta) no es, en efecto, un concepto fácil de vender en un mercado cada vez más acostumbrado a las virguerías infográficas y a la obviedad formal y expositiva.
Sin embargo, hay que aclarar que La Antena bebe de muchas otras fuentes a parte de las arriba mencionadas. El cómic y la ficción pulp son una constante (baste remitirse a la misteriosa madre del niño con voz o al hombre-rata y sus secuaces), el gusto por los personajes-tipo y la narración fantástica fuertemente alegórica podrían retrotraernos fácilmente a cintas como El detective y la muerte (Gonzalo Suárez, 1994) y, por supuesto, ese cierto retro-futurismo estético del que hace gala nos remite al universo personal de creadores europeos como Jean-Pierre Jeunet.
Aún con todo, es posible que el mensaje que nos intenta transmitir La Antena nos resulte demasiado evidente y simplón a estas alturas, pero en el fondo no hay que olvidar que se trata de un cuento moral y político y, como tal, a esas aspiraciones se ciñe, no a otras.
Por otro lado, lo que sí cabe reprochar es que 90 minutos de metraje son excesivos para un film que bien podría haberse desarrollado en no mucho más de una hora, de tal punto que, pese a la indudable belleza de sus imágenes y la fuerza de su imaginería y hallazgos conceptuales, al final se nos queda el regusto de haber visionado una historia alargada más de la cuenta, casi un mediometraje empeñado en convertirse en largo. Un impedimento menor, en todo caso, en el cómputo de una obra decididamente distinta y, pese a las muchas fuentes de las que bebe, sin duda alguna poseedora de un carácter propio. |