Hace tan solo unos años nos habría resultado imposible creer el ritmo de estrenos que el director de Malditos Bastardos está llevando últimamente. Los seis años que separaron la incomprendida Jackie Brown (1997) de Kill Bill (2003) habían acostumbrado a los fans de Tarantino a tomárselo con calma y a paladear sus obras casi fotograma a fotograma. Sin embargo, tras el tren de carga de Grindhouse y las declaraciones del director en Cannes, el mundo se preparaba para disfrutar en poco más de un año de una nueva película de nuestro coctelero favorito. ¿Sería capaz de terminar Malditos bastardos en 14 meses? ¿Sería una digna sucesora de Kill Bill o se quedaría en esa liga menor a la que la gran mayoría relegó la estupenda Death Proof?
Durante la Segunda Guerra Mundial, un batallón de soldados judíos comandados por el teniente Aldo Raine, se dedica a sembrar el terror entre los nazis. El uso de una brutalidad sin límites hará que la leyenda de los bastardos sea conocida por todo el ejército alemán. Shosanna Dreyfus, una joven francesa de origen judío, logra escapar con vida del atroz asesinato en el que muere el resto de su familia. El agudo y cruel coronel Hans Landa se cruzará con todos ellos poniendo en peligro la misión que cada uno tiene encomendada: acabar con la cúpula del Tercer Reich.
Aunque esta sinopsis es del todo correcta, al redactarla me he dado cuenta de que Tarantino nos ha engañado a todos. Nos ha vendido una película bélica, cuando en realidad lo que nos ofrece es su pasión por el cine envuelta en un bonito papel de estraza atado con un cordel de los años 30. El cine en todas las posibles acepciones de la palabra, es fondo y forma, decorado y protagonista de esta película en la que la Segunda Guerra Mundial no es más que una excusa. No encontrará aquí el espectador grandes batallas o maniobras militares. Al igual que en Reservoir Dogs (1992) el atraco, eje de toda la narración, quedaba hábilmente escondido fuera de cámara, aquí la guerra es apartada a un lado para poder disfrutar de momentos de tensión en tabernas levantadas en lúgubres y sombríos sótanos de la campiña francesa o de escenas más frívolas en coquetos cafés parisinos.
Si el mayor decorado de la película se reserva para Le Gamaar no es nada casual. La mirada del director se posa sobre los mecanismos del doble proyector de la sala de cine casi con la misma atención con la que nos narró la liturgia del chute en Pulp Fiction (1994) y no sería gratuito decir que para Tarantino, el cine es una droga.
Lo que queda claro, ya desde la primera escena, es que Tarantino sigue siendo Tarantino. Los personajes que ha construido en Malditos bastardos son tan carismáticos que incluso de los secundarios menos relevantes podrían tener su propio spin-off. Brad Pitt se encuentra en estado de gracia y juega con el acento y las maneras de su Aldo ‘el Apache’ demostrando que ha disfrutado tanto en el set como lo hizo a las órdenes de Guy Ritchie. Sin duda, el gran descubrimiento de la cinta y sin el que no hubiera existido el film es Christoph Waltz, que pone al servicio del coronel Landa su habilidad para los idiomas, su inteligente mirada y su capacidad para asustar incluso con una gran sonrisa en el rostro. No volveremos a pedir una ración de strudel tan a la ligera.
El único problema que puedo encontrarle a la cinta es que a estas alturas, el estilo del cineasta no nos sorprende, su narrativa fragmentada y sus verborreicos diálogos se dan por sentados y ya no resultan tan desconcertantemente efectivos como en el pasado. Ahora el espectador conocedor de los trucos bajo las mangas, puede relajarse y disfrutar con la historia y los personajes, y ya no se deja embaucar por los flashbacks que le salen al mago de la chistera. Eso no es más que la señal inequívoca de que Tarantino ya forma parte de nosotros y de que al final, todos hemos terminado hablando su idioma, aunque eso no nos impida quedar con él de vez en cuando para charlar y disfrutar tomando unas copas. |