Al
buen cine de terror se le reconoce cuando,
sin necesidad de recurrir a los excesos
propios del cine gore, logra que la butaca
sea, cada fotograma que pasa, más
incómoda. No es una tarea fácil,
pero cada cierto tiempo aparecen nuevos
y mejorados ejemplos.
Uno de estos casos es R-Point,
relato bélico que esconde, tras los
fusiles de asalto y las misiones de combate,
una inquietante narración de terror
y miedo a lo desconocido.
Todo empieza en medio del conflicto bélico
de la guerra de Vietnam, en una etapa de
abierta colaboración entre los gobiernos
de Washington y Seúl. El detonante
de la historia es la desaparición
de un pelotón en una isla denominada
Punto Romeo.
Desde siempre el lugar ha estado rodeado
de cierto halo de misterio, siendo considerado
un sitio sagrado por parte de los lugareños.
Aún así, el teniente al cargo
de la misión parte con sus hombres
dispuestos a descubrir el paradero de los
soldados desaparecidos.
Atendiendo a la premisa uno pudiera pensar
que, una vez llegados hasta allí,
los soldados se encontrarían con
fuerzas demoníacas o con espectros
de ultratumba. Sin embargo, lo único
que encuentran es una antigua construcción
colonial francesa y ninguna señal
de los soldados desaparecidos. A partir
de entonces, los integrantes del pelotón
pasarán a ser los forzosos miembros
de un macabro experimento, el cual los irá
colocando al límite de sus capacidades
humanas.
A ello contribuirán la sensación
de aislamiento y total indefensión
a la que se ven sometidos en aquel remoto
paraje. Aislamiento que sólo se rompe
por algunos momentos de camaradería
o por la llegada de un grupo de soldados
americanos, encargados de revisar un equipamiento
secreto instalado en la casa, aunque éstos
no responden al estereotipo de combatiente
norteamericano azote de los charlies. Pero
incluso ellos les advierten de los peligros
de aquel lugar.
No obstante, uno de los mejores recursos
para ir minando la resistencia de los soldados
–y de los espectadores— es el
juego que se hace de la radio, primero con
los mensajes que se reciben en el cuartel
general (enviados por el pelotón
Perro Loco) y después por la llamadas
de un combatiente francés que luchó
en la batalla de Dieh Bien Phu.
Lo más inquietante de todo es que
el soldado, en búsqueda de su hermano
gemelo desaparecido, habla en francés,
y el oficial de radio y el teniente lo entienden,
y ninguno de los dos conoce dicha lengua.
El descubrimiento de un cementerio colonial
o los cadáveres del pelotón
por el que han llegado hasta el punto Romeo
los enfrentan a la dura realidad que les
depara su destino. Las muertes de los primeros
soldados y la desconfianza del resto no
son sino la reacción ante un lugar
donde los espíritus reclaman su tributo
por haber violado sus normas.
Puede que la mayor cualidad de la narración
sea apoyarse para el clímax final
en el acertado reparto, y evitar artificios
tramposos. Dicho grupo de personas sabe
contagiar al espectador de la terrible situación
que está viviendo, y que acabará
por sellar el destino de todos los allí
atrapados.
El punto de vista de los espectros, como
si de una gafas de visión nocturna
se tratara, demuestra como el director recurre
a un elemento extraído del equipamiento
militar y lo convierte en los ojos de quienes
acabarán por ser los verdugos del
pelotón.
Cuando llega el día, el punto Romeo
se ha vuelto a cobrar una nueva víctima
y, de nuevo, la radio se convierte en el
único testigo de lo que allí
ha ocurrido.
La conclusión final está
clara: nadie escapa al punto Romeo, si se
tienen las manos manchadas de sangre.
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