La
poca repercusión que acabó
por tener una película como Sky
Captain y el mundo del mañana
deja bien a las claras las dos cosas siguientes:
la deuda que todavía tiene el fantástico
por cobrar en nuestro país y la falta
de evolución en buena parte de la
crítica especializada (más
allá de festivales como Sitges) y
de muchos espectadores que no terminan por
definir sus gustos cinematográficos.
Puede que para muchos la película,
con ese toque retro-años 40, no aporte
nada a un arte que está viviendo
tiempos de sequía creativa. Considero,
por mi parte, que El
Capitán Sky es un maravilloso
homenaje a muchos grandes clásicos
del cine de ciencia ficción y aventuras,
colocados de la manera correcta y no al
revés. Y pienso que el problema reside,
precisamente ahí, en el aunar clásicos
del fantástico, muchos de los cuales
no son del dominio público, por causas
ajenas a su voluntad, pues no se puede culpar
a varias generaciones de la estrechez de
miras de los responsables de estrenar tal
o cual título, o de publicar tal
o cual historia.
Es por ello que referencias a la serie
de animación de Superman,
creada por los estudios de Max Fleischer
en 1941, serán pasadas por alto por
muchos de los espectadores. Sin embargo,
los robots que llegan para atacar a la ciudad
de Gotham -la misma que la de cierto caballero
nocturno- son muy similares al robot al
que se enfrenta Superman en el
episodio The mechanical
Monster.
Igualmente y, a pesar de contar con una
adaptación cinematográfica
protagonizada por la espectacular Brooke
Shield, Brenda Starr,
reportera intrépida, sólo
es conocida por los seguidores de las tiras
de prensa clásicas de los 30 y 40
en los Estados Unidos. Conociendo a la susodicha
periodista gráfica de The Flash
(desde el año 1940) verían
sus similitudes con Polly Perkins,
papel interpretado por Gwyneth Paltrow.
Otra referencia clara y diáfana
al mundo del fandom, en este caso una referencia
mucho más actual, se encuentra en
el papel que interpreta Angelina
Jolie, la comandante del escuadrón
submarino de la R.A.F, Francesca “Franky”
Cook, a bordo de una base aérea
flotante. En este caso, las similitudes
con un veterano personaje de Marvel
Comic son sobresalientes. Dicho
personaje, soldado y espía, responde
al nombre de Nicholas “Nick”
Furia. Éste, coronel y el jefe
de una agencia de espionaje llamada SHIELD,
también tiene su sede en una base
aérea llamada el Helitransporte.
La mayor similitud es que ambos, además
de tener un peculiar sentido del humor,
llevan un parche cubriendo uno de sus ojos
(Cook el izquierdo y Furia
el derecho). El cambio en el sexo no evita
que los aficionados a las aventuras del
espía masculino por excelencia del
Universo Marvel (el espía femenino
es Natasha Romanova, la Viuda Negra)
reconozcan las similitudes al instante.
Y qué pueden decir de Dex,
el genio capaz de lograr que el avión
del Sky navegue cual submarino, además
de estar equipado con todo tipo de artilugios.
Dex se presenta como cualquiera
de los inventores medio locos, desde Katatakus
Pott (Chitty-Chitty,
Bang-Bang) pasando por el bueno de
Q (el suministrador de accesorios
para James Bond) y terminando por
Tony Star, el hombre de hierro,
inventor, entre otras cosas del Helitransporte
de SHIELD.
Para terminar, el Capitán Sky
en sí mismo resume varios elementos
del imaginario histórico de la década
de los 30 y 40. Además, es uno de
los miembros de los míticos Tigres
Voladores -cuerpo de pilotos voluntarios,
también llamados mercenarios, por
los japoneses. Éstos estaban pagados
por el gobierno chino y por las fuerzas
aéreas americanas para atacar a las
formaciones japonesas que asolaban buena
parte de China.
Al mando del capitán Claire
L. Chennault, los Tigres voladores
se forjaron una reputación de temibles
adversarios, a bordo de sus anticuados Curtis
P-40B (uno de los cuales pilota el Capitán
Sky en la película) adornados con
sus dientes de tiburón en el morro
y luciendo su emblema del tigre entre la
V de la victoria, diseñado por la
propia empresa Disney. Además, los
Tigres Voladores contaron con el duque,
John Wayne, para emularlos
en la pantalla grande en 1942.
Con todos estos elementos, el director
Kerry Conran recurrió a
buena cantidad de referentes muy conocidos.
Así nos encontramos con la silueta
del zeppelín Hindenburg (destruido
en un accidente rodeado de misterio en 1937),
a trasatlánticos hundidos en el mar
como el Lusitania (al Titanic lo dejamos
tranquilo) o a animales en miniatura como
los que aparecían en las películas
Dr. Cyclops
(Ernest B. Schoedsack, 1940) o The
Devil doll (Tod Browning, 1936)
Para el clímax final llegaremos
a una isla perdida con escenarios muy reconocibles
-el árbol que deben pasar Polly
y Joe es el mismo que se puede
ver en las versiones clásicas de
King-Kong- y bases secretas estilo
James Bond, en donde se esconde
cohetes calcados a los utilizados en
Cuando los mundos chocan (Rudolph
Maté, 1951).
Por último, está muy clara
la influencia de Fritz Lang
y su inmortal Metrópolis
(1927), sobre todo en la misteriosa Ling
Bai, remedo de la María
de Lang, y de los seriales
cinematográficos de los 40 y 50,
Buck Rogers
y Doc Savage
entre otros.
Ahora, mézclenlo todo bien mezclado,
con elementos propios del fandom y les saldrá
una apasionante aventura que no deja tiempo
para respirar al espectador, siempre con
la sombra del misterioso Totenkof,
quien resulta ser el rostro de un joven
y siempre recordado Sir Laurence
Olivier.
Tendremos persecuciones aéreas,
submarinas, buenos, malos, científicos
desaparecidos, robots diabólicos
y pistolas de rayos, trampas mortales y
bombardeos aéreos como el de Pearl
Harbour, causados por unas naves que enrojecerían
de envidia al mismísimo Ed
Wood.
Sin embargo, la mejor sensación
de todas es el derroche visual al que asistimos
desde el mismo momento que las luces se
apagan, símbolo inequívoco
que, para algunos, el cine sigue siendo
una fábrica de sueños y no
un lugar donde ir a despotricar de lo que
se ha visto. |