Ya
ha pasado y hemos sobrevivido para contarlo
(y que conste que nuestro trabajo nos ha
costado, no se vayan a creer) Aunque, la
verdad, como en otras ocasiones, el encuentro
ha merecido la pena y quedan ganas de repetir
para el próximo año. Y ha
merecido la pena por la calidad de muchas
de las propuestas presentadas y por las
nuevas visiones que desde lugares remotos
del mundo nos han llenado las pantallas
durante los días del Festival.
Es fantástico por lo que supone
compartir las experiencias con personas
afines a tus gustos y con los que vivir
mil y una aventuras. Y lo es, por encima
de todo, por la significación que
tiene un Festival como éste, en el
cual se considera al fantástico en
general, como un género válido
y con una de las mayores proyecciones dentro
de la cultura del siglo XXI.
Otra cosa muy distinta es que, con el
cambio de denominación (ahora es
el Festival Internacional de Cinema de Catalunya,
dejando para el recuerdo su denominación
de Festival de Cinema Fantastic de Sitges)
muchos acudan hasta dicha localidad buscando
lo que el festival no puede ofrecerles.
Para eso ya hay muchas más propuestas
a lo largo del territorio español
y no les debería extrañar
la diferenciación, real y nada disimulada
que el evento tiene si se le compara con
certámenes como San Sebastián
o Valladolid.
La conclusión de todo es que, para
muchos de ellos, representantes, normalmente,
de grandes medios, todo lo que se proyecta
en el festival suele ser de ínfima
calidad y les supone una pérdida
de su valioso tiempo, dando una falsa imagen
de dichos productos y dificultando, en muchos
casos, la labor de profesionales que sí
consideran al fantástico como se
merece y no se han apuntado al carro de
la modernidad por obligación y sí
por convicción.
De todas maneras, los 37 años de
existencia del encuentro son unas señas
de identidad más que suficientes
para avalarlo dentro del panorama de festivales
españoles y eso es algo que nadie
debería dudar.
Entrando de lleno en las películas
presentadas, empezar diciendo que pudimos
contemplar tres de los mejores ejemplos
que se puede ofrecer dentro del panorama
del cine de animación, de la mano
de los maestros Hayao Miyazaki
(que recibió un premio al conjunto
de su obra), Katsuhiro Otomo
(premio a la mejor película de animación
del festival) y Mamuro Oshii,
responsable de las dos entregas en pantalla
grande del manga de Masamune Shirow
Ghost in the Shell.
Cada uno nos sorprendió con la increíble
calidad de sus propuestas: Miyazaki
con la poesía de su Howl´s
Moving Castle, Otomo
con la espectacularidad de Steamboy
y Oshii con la filosofía
existencial de su Innocence:
Ghost in the Shell.
Sin embargo, la animación no fue
lo único que aterrizó del
lejano oriente. Desde Corea muchos nos sorprendimos
con propuestas tan arriesgadas como Oldboy
(Park Chan-wook, 2003) la historia de un
hombre corriente, encerrado durante 15 años
en una pequeña habitación
y puesto en libertad con la posibilidad
de vengarse en tan sólo cinco días.
Dura, intensa, excesiva, la cinta no deja
indiferente a nadie y de ahí el premio
a la mejor cinta del certamen. Además,
pudimos ver el mejor cine de acción
de Hong-Kong con Breaking
News (premio a su director Johnnie
To), muestra de los excesos de los medios
de comunicación y de lo peligroso
que es tratar de jugar al mismo juego por
parte de las fuerzas de la ley; la vibrante
trilogía policial
Infernal Affairs; o las fantásticas
Zebraman,
un genial tributo a Ultraman y
los Powers Rangers; Casshern;
Arahan; y
la excesiva y límite Izo,
del controvertido realizador Takashi
Miike.
Tampoco querría olvidar al homenajeado
Godzilla que, con alfombra roja
y todo (colocada en la playa de la localidad
para su recepción) llenó las
proyecciones organizadas en la sala Brigadoon
además de agotar el libro preparado
para la ocasión por la editorial
Calamar.
Pero no sólo de Oriente vive el
Festival. Desde el viejo continente aterrizaron
The Creep
(película que cerró la muestra)
ópera prima de Christopher
Smith y toda una muestra del buen
cine de género, realizada por un
fan confeso del género que, a buen
seguro, nos sorprenderá con próximos
trabajos en la misma línea. Otro
debutante que aprobó con nota su
paso por el Festival fue Aaron Woodley,
un experimentado animador (y sobrino del
genial David
Cronenberg) que nos propuso una fábula
sobre el aislamiento de las personas y cómo
éstas se construyen sus propios mundos
perfectos en Rhinoceros
Eyes.
Además nos visitó un ladrón
de guante blanco (no como los de ahora)
que, haciendo gala de su buen hacer, nos
entretuvo las dos horas que permaneció
en la pantalla y que responde al nombre
de Arséne Lupin. Más
oscura es la visión dada por el director
Michael Winterbottom, premio
a la mejor película de Cine Fantástico
Europeo, en su Code
46, con un Tim Robbins
tratando de sobrevivir en una visión
del Gran Hermano de Orwell.
Terminaré citando The
Machinist, producción española
con elenco internacional y cuyo actor principal
(y absoluto de la narración) Christian
Bale obtuvo un merecido premio
al mejor actor, y la película, el
premio a la mejor fotografía. La
historia de esta producción nacional,
cercana a un episodio de En
los límites de la realidad,
cuenta con el aliciente de ver a una madura
Aitana Sánchez-Gijón
y a la personal Jennifer Jason Leigh
en medio de los delirios de un personaje
que, como los espectadores, acaba dudando
de su propia percepción de la realidad.
Del nuevo continente nos llegaron el Capitán
Sky y el mundo del mañana,
imaginativo homenaje a los grandes clásicos
de aventuras del cine de los 40 y los 50
con la pareja Jude Law y
Gwyneth Paltrow en medio
de sus aventuras; Birth,
con una hermosa y controvertida Nicole
Kidman, y un difunto marido reencarnado
en un niño de 10 años; Saw,
los desmanes de un asesino psicópata
y sádico, que se regodea en el sufriente
de sus víctimas; The
final cut, o como alterar los recuerdos
de las personas, aún después
de muertos, para descanso de sus familias.
Terminamos con dos propuestas muy del
festival. La primera es la continuación
de la saga del muñeco diabólico,
La semilla de Chucky
(Don Mancini, 2004). En este caso, vemos
a su descendencia (y es que hasta Chucky
tiene hijos) aunque no responde a las expectativas
tras ver la anterior entrega, el encuentro
con Tiffany, y, la segunda propuesta
es The Grudge,
remake anglosajón de la película
de Takashi Shimizu protagonizada
por Sara Michelle Gellar,
la cazavampiros Buffy, que suple
algunas de las carencias de la versión
original (en cuanto a la narración)
sin renunciar al estilo del director.
El festival contó además
con la presencia de compositor Andrew
Lloyd Webber (responsable de musicales
como Jesucristo
Superstar, Evita,
o Cats) el
cual ha unido sus fuerzas con el director
Joel Schumacher para trasladar
a la gran pantalla El
fantasma de la Ópera, según
la novela de Gaston Leroux y
el libreto del musical del propio Lloyd
Webber (considerado como uno de
los mejores espectáculos de todos
los tiempos.) Un digno telón de cierre
para un evento que también contó
con las lecciones magistrales de Guillermo
del Toro (director de Hellboy
y de El
espinazo del diablo) John Landis
(director de Un
hombre lobo americano en Londres
y The Blues Brothers,
entre otros títulos) y el homenaje
al icono del fantástico español,
representado en la figura de Paul
Naschy.
También nos llegó, desde una
galaxia, muy, muy lejana, la Star
Wars Conference 2004, maratones para
todos los públicos y la sensación
de poder compartirlo todo con personas afines
y que, en nada se extrañaban de verte
hablando de monstruos, naves espaciales
o leyendas de ultratumba.
Eso es lo bueno del Festival de Sitges
y espero que ese espíritu permanezca
intacto en los años venideros.
|