Todo
evento, narración o acontecimiento
protagonizado por los seres humanos suele
tener dos partes bien diferenciadas que
sirven para explicarlo en su totalidad.
Y un salón de cómic no se
diferencia de cualquier otro acontecimiento,
aunque los profanos en la materia tiendan
a tildarlo de manera más despectiva
que cuando se refieren a otros sucesos.
El pasado Salón Internacional
de Cómic de Barcelona, celebrado
los días 8 al 11 del mes de junio,
no es una excepción a la regla antes
formulada.
Es más, en esta ocasión,
el encuentro ha mostrado dos caras muy bien
diferenciadas, razón por la cual
he querido dividirlas en dos columnas separadas
para así poder describir, en mayor
profundidad, lo vivido durante los cuatro
días del encuentro comiquero.
Empezaré diciendo que el mundo del
fandom esperaba esta edición del
encuentro catalán con cierta ansiedad
dados los cambios en el organigrama del
encuentro.
Dejando a un lado la tediosa frase de
más vale malo conocido que bueno
por conocer -lamentable por el estancamiento
que dicho postulado propone- no negaré
que los cambios desconciertan a muchos,
acostumbrados a que las cosas marcharán
de una determinada manera. Aún así,
las noticias que comenzaron a circular sobre
los nuevos rumbos del encuentro empezaron
a despejar las dudas de muchos.
Por un lado, los contenidos e integrantes
de las distintas mesas redondas que, poco
a poco, llegaban hasta las publicaciones
especializadas mostraban un salto tanto
cualitativo como cuantitativo.
Se buscaba no sólo el impacto mediático,
el cual se logró de largo, sino combinar
la vieja guardia del noveno arte español
con las nuevas generaciones.
El impacto mediático se logró
al invitar a Juan Fernando López
Aguilar, ministro de Justicia;
a Carme Chacón,
vicepresidenta primera del Congreso y secretaria
de Cultura; y al conocidísimo presentador
Buenafuente, quien acudió
para presentar un magazín que lleva
su nombre.
Además, durante el Salón
se celebró un encuentro entre los
profesionales del sector y la Comisión
de Cultura del Congreso de los Diputados.
El objetivo de éste era encontrar
soluciones para el sector editorial español,
en respuesta a la nueva política
postulada por Carme Chacón
con la implantación del premio nacional
dedicado al noveno arte.
Centrándonos en la mencionada reunión
de generaciones, el salón contó
con nombres tan destacados del mundo de
las letras y el cómic como Luis
Alberto de Cuenca, Lorenzo
F. Díaz, Antonio
Martín o Francisco
Pérez Navarro, que conforman
el pasado y el presente del noveno arte
en nuestro país.
Junto a ellos, autores consagrados, tales
como Bill Sienkiewicz,
David Lloyd, Dave
Gibbons, Horacio Altuna,
Pascual Ferry, Miguelanxo
Prado o los franceses René
Pétillon y Jean
Claude Mézieres, compartieron
espacio, experiencias y conocimientos con
todos los asistentes a dichos encuentros.
También hubo tiempo para que autores
más contemporáneos como Brian
Azzarello, Jill Thompson,
Mike McKone, Olivier
Coipel, Steven T. Seagle
o el español Ramón
F. Bachs aportaran la visión
del cómic de finales del siglo XX
y principios del siglo XXI.
El resultado de todo fue un verdadero
lujo para quienes acudieron a los mencionados
encuentros, 14 en total.
No quiero olvidarme de dos de las mesas
redondas enclavadas en la recuperación
de nuestro legado gráfico. Éstas,
bajo los epígrafes La recuperación
de la memoria histórica y Capitán
Trueno, la fuerza de un mito sirvieron
de apoyo a la magnífica exposición
dedicada a los cómic y la guerra
civil española.
El siguiente capítulo lo conforman
los autores invitados en la presente edición,
que ha sido desgranado cuando se han comentado
los distintos ponentes en las mesas redondas
del salón. De todas maneras, no quisiera
olvidarme de Kyle Baker,
Teddy Christiansen, Phoebe
Gloecner, Vittorio Giardino
o del británico Ho Che Anderson,
grandes autores y mejores personas.
Otro aspecto que se ha mejorado en la presente
edición del Salón ha sido
la parte expositiva. Bien es cierto que
falta un nexo de unión más
definido entre cada una de las muestras
que han formado parte de esta edición,
pero su calidad está fuera de toda
duda. Ya cité las dos muestras dedicadas
a los cómics sobre la guerra civil
y el Capitán Trueno, esta
última montada dentro de uno de los
galeones que llevara al Capitán
y a sus amigos alrededor del globo.
A su lado, los visitantes pudieron disfrutar
de un recorrido por la obra de autores capitales
como Carlos Giménez,
Luis Royo, Miguelanxo
Prado o el británico David
Lloyd, quien nos trajo los originales
de su V de Vendetta.
Al mismo tiempo, la joven autora española
Raquel Alzate, nos deleitó
con su Bosque Ilustrado,
cargado de añoranzas y de leyendas
del interior de nuestra tierra.
Para terminar destacar que las editoriales
gustaron de no apabullar a los visitantes
con demasiadas novedades, concentrando sus
salidas de manera mucho más cabal
que en años anteriores. Ello posibilitó
que quien se acercó hasta el pabellón
número 2 de la Feria de Barcelona
pudiera adquirir buena parte de dichas novedades
sin necesidad de empezar un severo régimen
alimenticio una vez abandonadas las instalaciones
del salón.
Debo añadir que los premios concedidos
en esta presente edición tampoco
se quedaron atrás, pues galardonaron
el trabajo de los indispensables Guarnido
y Díaz Canales por
su Blacksad 3: Alma
Roja, las colecciones Twentieth
Century Boys, la serie Kane
o la labor de las revistas El Jueves
o Dolmen dentro del noveno arte.
La conclusión final es que la nueva
dirección ha querido potenciar aquellos
aspectos que no terminaban por cuajar en
el encuentro comiquero y sentar unas bases
más sólidas para próximas
ediciones. Queda mucho trabajo por hacer,
pero el cambio de guardia, cuanto menos,
ha dejado un agradable sabor agridulce.
Otra cosa son las sombras -que las hay,
y muchas- en el mencionado encuentro.
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