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24 SALÓN INTERNACIONAL DEL CÓMIC DE BARCELONA
del 8 al 11 de junio de 2006 (Barcelona, España)

Tras abordar los cambios y novedades apreciados durante la celebración de la 24 edición de Salón Internacional del Cómic de Barcelona, toca el turno para aportar un poco de sombra sobre la luz que, también, estuvo presente en el evento.

En primer lugar quiero dejar dos cosas claras. Al ser un año de cambios y con un nuevo equipo, tanto en la dirección como en todo lo relacionado con el departamento de prensa, estaban más que asumidos los desajustes y los problemas que una nueva etapa trae consigo.

Además, cuando se busca un gran impacto mediático, el papel de cada uno de los medios de comunicación está asignado de antemano. Podrá no ser justo, pero en una sociedad tan saturada de contenidos mediáticos quien da primero puede dar dos veces. Así se escribe la historia y en esta particular obra de teatro es muy difícil cambiar el papel que te ha tocado.

Al principio cuesta admitir que un medio grande, apoyado y escudado en su tirada y/ o audiencia, tenga siempre las de ganar, sobre todo viendo el tratamiento que le dan a determinadas informaciones. No descubro nada si digo que los grandes medios han ido perdiendo reporteros especializados por redactores que procesan noticias y que sirven para varias cosas a la vez. Los costes se han disparado y hay que maximizar recursos.

Una vez que admites tu papel, sólo te queda esforzarte en realizar el mejor trabajo posible y demostrar que, aunque formes parte de un medio pequeño, de segunda categoría para entendernos mejor, sabrás estar a la altura de las circunstancias.

Con esa lección bien aprendida y tras tener que hacer doble cola para conseguir la acreditación de prensa -solicitada dos meses antes- los primeros momentos respondieron a las premisas normales; es decir, toma de contacto, listado de entrevistas y poco más.

Cierto es que ver concentradas la mayoría de las entrevistas solicitadas en dos días, de los cuatro que duraba el Salón, suponía un reto profesional de aquellos de nota, pero ante un planning dominado por los grandes medios durante los dos primeros días, poco más se podía añadir.

De todas formas, desde el primer día hubo cosas que no acaban de casar dentro del funcionamiento del encuentro.

Lo primero que quiero destacar es la excesiva parcelación de los cometidos, cosa que obligaba a recurrir a varias personas para conocer el grueso de las actividades. Entiendo que el departamento de prensa tuviera como cometido principal toda la gestión de medios, pero eso no debería ser excusa para no conocer el resto de la actividades que tenían como protagonistas a los autores invitados por el evento.

Siempre nos quejamos de la burocracia y con tantos cargos intermedios como había uno acababa con la sensación de estar en un centro oficial, en vez de en un Salón de Cómic.

Otro detalle que “sonó” bastante fue el excesivo ruido que debimos padecer en la sala de prensa. Para quien no esté familiarizado con el funcionamiento interno de un recinto como el comentado, les diré que en él se realizan las entrevistas a los distintos autores, muchas de las cuales dependen de un intérprete para facilitar el entendimiento entre las partes. Por ello es primordial que quienes se encuentren allí moderen los decibelios, en pos de un mayor entendimiento.

Como todas la teorías, éstas suelen fallar cuando se llevan a la práctica, en especial por la mala gestión de los responsables, muchos de los cuales gritaban sus consignas de un lado a otro del recinto, olvidando que los que nos encontrábamos en la sala de prensa estábamos trabajando. No es de recibo que un profesional se tenga que levantar, varias veces, a solicitar silencio de las personas al cargo.

Volviendo al tema de los medios y a su papel en el encuentro, ya he comentado que muchos de los allí congregados teníamos asumido que podríamos realizar nuestro trabajo dependiendo de las exigencias de los grandes.

Yo tengo muy presente el ingrato papel de un responsable de prensa, que tiene que bailar al son de los que piden mucho y que no siempre están a la altura de sus requerimientos.

Lo que tampoco es de recibo es recurrir al acoso y a una buena dosis de chantaje emocional cuando lo único que se pretende es realizar el mejor trabajo posible.

No es culpa de nadie que un autor se presente diez minutos tarde, dadas las maratonianas sesiones de entrevistas a las que se ven sometidos. Los problemas empiezan cuando no se es capaz de cuadrar los horarios y de concentrar a distintos medios para evitar que los diez minutos iniciales se conviertan en 30.

Comportarse como una campana recriminando que hay otro medio esperando en vez de dar una solución termina por crispar los nervios más templados. Y si encima se recurre a chantajearte emocionalmente señalando a un determinado medio, el cual está esperando y perdiendo su tiempo de entrevista por tu “torpeza” profesional, todo acaba por disparatarse.

Ante tal situación uno busca apurar a su compañero de trabajo -con la desaprobación de éste al no poder terminar la entrevista prevista- y a disculparse con el medio en espera, solicitando su comprensión profesional, comprensión que ya tenías sin necesidad de hablar con ellos, a pesar de lo que te habían contado.

Al final uno se queda en tierra de nadie, recibiendo las quejas de todo el mundo y viendo cómo tu trabajo se ha quedado en poco más de la mínima expresión. Como comprenderán, si entienden mi exposición, la conclusión final es que uno termina por estallar, recibiendo disculpas de mal pagador y la insolencia de quien pretende justificarlo todo sin conocer la realidad de tu experiencia.

Después de aquello, quedan dos soluciones; o marcharse, o tratar de salvar los muebles y aceptar que deberás aceptar una situación que no es precisamente la ideal para desarrollar tu cometido.

Debo admitir que cuando ya no tienes nada que perder, las cosas salen bastante mejor y, salvo algunos detalles que sobraban, las últimas entrevistas mejoraron en calidad y, sobre todo, en el tiempo concedido. Cierto es que, cuando los grandes se van del río, los pequeños pueden beber con cierta tranquilidad y eso, más o menos, fue lo que pasó en la última jornada del Salón.

Aún así, y producto del cansancio, la tensión y una cierta obsesión por buscar soluciones y no culpables invertí la noche del domingo, entre alguna cabezada, en encontrarle un sentido a todo aquello y en responderme una pregunta que no termina por llegar tras una experiencia como la que les he relatado ¿Tiene algún sentido el trabajo que realizamos o nos engañamos pensándolo? Créanme si les digo que todavía busco una respuesta.


Eduardo Serradilla

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