Tras
abordar los cambios y novedades apreciados
durante la celebración de la 24 edición
de Salón Internacional del Cómic
de Barcelona, toca el turno para aportar
un poco de sombra sobre la luz que, también,
estuvo presente en el evento.
En primer lugar quiero dejar dos cosas
claras. Al ser un año de cambios
y con un nuevo equipo, tanto en la dirección
como en todo lo relacionado con el departamento
de prensa, estaban más que asumidos
los desajustes y los problemas que una nueva
etapa trae consigo.
Además, cuando se busca un gran
impacto mediático, el papel de cada
uno de los medios de comunicación
está asignado de antemano. Podrá
no ser justo, pero en una sociedad tan saturada
de contenidos mediáticos quien da
primero puede dar dos veces. Así
se escribe la historia y en esta particular
obra de teatro es muy difícil cambiar
el papel que te ha tocado.
Al principio cuesta admitir que un medio
grande, apoyado y escudado en su tirada
y/ o audiencia, tenga siempre las de ganar,
sobre todo viendo el tratamiento que le
dan a determinadas informaciones. No descubro
nada si digo que los grandes medios han
ido perdiendo reporteros especializados
por redactores que procesan noticias y que
sirven para varias cosas a la vez. Los costes
se han disparado y hay que maximizar recursos.
Una vez que admites tu papel, sólo
te queda esforzarte en realizar el mejor
trabajo posible y demostrar que, aunque
formes parte de un medio pequeño,
de segunda categoría para entendernos
mejor, sabrás estar a la altura de
las circunstancias.
Con esa lección bien aprendida
y tras tener que hacer doble cola para conseguir
la acreditación de prensa -solicitada
dos meses antes- los primeros momentos respondieron
a las premisas normales; es decir, toma
de contacto, listado de entrevistas y poco
más.
Cierto es que ver concentradas la mayoría
de las entrevistas solicitadas en dos días,
de los cuatro que duraba el Salón,
suponía un reto profesional de aquellos
de nota, pero ante un planning dominado
por los grandes medios durante los dos primeros
días, poco más se podía
añadir.
De todas formas, desde el primer día
hubo cosas que no acaban de casar dentro
del funcionamiento del encuentro.
Lo primero que quiero destacar es la excesiva
parcelación de los cometidos, cosa
que obligaba a recurrir a varias personas
para conocer el grueso de las actividades.
Entiendo que el departamento de prensa tuviera
como cometido principal toda la gestión
de medios, pero eso no debería ser
excusa para no conocer el resto de la actividades
que tenían como protagonistas a los
autores invitados por el evento.
Siempre nos quejamos de la burocracia
y con tantos cargos intermedios como había
uno acababa con la sensación de estar
en un centro oficial, en vez de en un Salón
de Cómic.
Otro detalle que “sonó”
bastante fue el excesivo ruido que debimos
padecer en la sala de prensa. Para quien
no esté familiarizado con el funcionamiento
interno de un recinto como el comentado,
les diré que en él se realizan
las entrevistas a los distintos autores,
muchas de las cuales dependen de un intérprete
para facilitar el entendimiento entre las
partes. Por ello es primordial que quienes
se encuentren allí moderen los decibelios,
en pos de un mayor entendimiento.
Como todas la teorías, éstas
suelen fallar cuando se llevan a la práctica,
en especial por la mala gestión de
los responsables, muchos de los cuales gritaban
sus consignas de un lado a otro del recinto,
olvidando que los que nos encontrábamos
en la sala de prensa estábamos trabajando.
No es de recibo que un profesional se tenga
que levantar, varias veces, a solicitar
silencio de las personas al cargo.
Volviendo al tema de los medios y a su
papel en el encuentro, ya he comentado que
muchos de los allí congregados teníamos
asumido que podríamos realizar nuestro
trabajo dependiendo de las exigencias de
los grandes.
Yo tengo muy presente el ingrato papel
de un responsable de prensa, que tiene que
bailar al son de los que piden mucho y que
no siempre están a la altura de sus
requerimientos.
Lo que tampoco es de recibo es recurrir
al acoso y a una buena dosis de chantaje
emocional cuando lo único que se
pretende es realizar el mejor trabajo posible.
No es culpa de nadie que un autor se presente
diez minutos tarde, dadas las maratonianas
sesiones de entrevistas a las que se ven
sometidos. Los problemas empiezan cuando
no se es capaz de cuadrar los horarios y
de concentrar a distintos medios para evitar
que los diez minutos iniciales se conviertan
en 30.
Comportarse como una campana recriminando
que hay otro medio esperando en vez de dar
una solución termina por crispar
los nervios más templados. Y si encima
se recurre a chantajearte emocionalmente
señalando a un determinado medio,
el cual está esperando y perdiendo
su tiempo de entrevista por tu “torpeza”
profesional, todo acaba por disparatarse.
Ante tal situación uno busca apurar
a su compañero de trabajo -con la
desaprobación de éste al no
poder terminar la entrevista prevista- y
a disculparse con el medio en espera, solicitando
su comprensión profesional, comprensión
que ya tenías sin necesidad de hablar
con ellos, a pesar de lo que te habían
contado.
Al final uno se queda en tierra de nadie,
recibiendo las quejas de todo el mundo y
viendo cómo tu trabajo se ha quedado
en poco más de la mínima expresión.
Como comprenderán, si entienden mi
exposición, la conclusión
final es que uno termina por estallar, recibiendo
disculpas de mal pagador y la insolencia
de quien pretende justificarlo todo sin
conocer la realidad de tu experiencia.
Después de aquello, quedan dos
soluciones; o marcharse, o tratar de salvar
los muebles y aceptar que deberás
aceptar una situación que no es precisamente
la ideal para desarrollar tu cometido.
Debo admitir que cuando ya no tienes nada
que perder, las cosas salen bastante mejor
y, salvo algunos detalles que sobraban,
las últimas entrevistas mejoraron
en calidad y, sobre todo, en el tiempo concedido.
Cierto es que, cuando los grandes se van
del río, los pequeños pueden
beber con cierta tranquilidad y eso, más
o menos, fue lo que pasó en la última
jornada del Salón.
Aún así, y producto del cansancio,
la tensión y una cierta obsesión
por buscar soluciones y no culpables invertí
la noche del domingo, entre alguna cabezada,
en encontrarle un sentido a todo aquello
y en responderme una pregunta que no termina
por llegar tras una experiencia como la
que les he relatado ¿Tiene algún
sentido el trabajo que realizamos o nos
engañamos pensándolo? Créanme
si les digo que todavía busco una
respuesta.
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