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Llegados a este punto no pretendo que piensen
que todo fuera maravilloso “una jauja
moderna”, pero les puedo asegurar
que las aristas del evento están
más que asumidas si se tienen en
cuenta algunos factores.
Por un lado, está claro el interés
de la organización por el impacto
mediático –primando a los grandes
medios- los mismos que utilizan sus grandes
tiradas y/ o audiencias para exigir y, de
paso, comportarse como un elefante en una
tienda de porcelana.
Momentos gloriosos de dichos medios “haberlos
los hubo” como las meigas gallegas,
pero dudo que esta situación cambie
mientras en dichos medios primen los aprendices
de todo frente a los maestros de nada, tal
y como reza el refrán. Deseable –casi
de cuento de hadas- sería que los
grandes medios –en especial las televisiones
generalistas- abandonaran el sensacionalismo
y la tendenciosidad que parece embargarles
cuando hablan de este tipo de eventos, en
pos de un trabajo muchos más riguroso.
Con ello, ganaríamos todos, en especial,
ellos mismos. Lo que ocurre es que es más
fácil agarrase a un estereotipo que
evolucionar y contra eso, poco más
que añadir.
La suma de todos estos factores acaba incidiendo
de manera negativa en los medios más
modestos, los cuales deben esperar su oportunidad
para realizar su trabajo. De todas maneras,
admito que el ambiente de esta edición
fue mucho más relajado y profesional
que durante el pasado año, algo que
contribuyó a potenciar una mejor
difusión del encuentro. El cambio
de pabellón -ganando en espacio para
los visitantes y profesionales- además
de contar con una mejor infraestructura
ayudó mucho a lograrlo.
En cuento al fomento de la lectura, frente
al mero apartado comercial, la balanza sigue
estando desnivelada hacia la segunda opción
sin que nadie quiera colocarle el cascabel
al gato. Sé que no hay soluciones
mágicas, pero los grandes grupos
editoriales deberían plantearse un
verdadero cambio generacional –y no
esconderse tras el auge del manga, como
única solución-. Además,
tampoco estaría de más tratar
de recuperar a lectores más maduros
–tal y como está tratando de
lograr la editorial Glénat
con obras como Sunday,
de Víctor de la Fuente,
o las colecciones de la autora Purita
Campos-. En ningún sitio
está escrito que las distintas generaciones
de lectores no puedan compartir el mismo
espacio.
Es más, sería deseable potenciar
encuentro entre “veteranos”
lectores de superhéroes y los actuales.
A buen seguro que aprenderíamos todos.
Más de un centenar de stands y cerca
de 400 novedades indican la importancia
del encuentro, pero no nos deben hacer perder
de vista el horizonte. A pesar de la buena
salud del mercado –en lo que se refiere
a la comercialización de colecciones
anglosajones, europeas y orientales- nuestros
dibujantes deben emigrar al extranjero si
quieren publicar y no hay una verdadera
industria nacional del cómic, salvo
gloriosas excepciones. Es una asignatura
pendiente que los editores y responsables
del mercado deberían tratar de aprobar,
y con buena nota.
Queda mucho por hacer pero, tras 25 años,
el encuentro de Barcelona, imitado por muchas
otras localidades españolas, continúa
siendo un punto obligatorio de encuentro
para profesionales y seguidores del noveno
arte en nuestras fronteras. Por ello mi
deseo es que pueda celebrar sus bodas de
oro, dentro de otros 25 años –si
el cuerpo aguanta y el mercado editorial
sobrevive a los próximos cambios
que se avecinan-. |