El
que un festival como el que se celebra en
la localidad catalana de Sitges alcance
su edición número 40 no es
cuestión baladí. Y no lo es,
dada la poca querencia que para con el género
fantástico se ha tenido en nuestro
territorio, hasta fechas bien recientes.
Su nacimiento, a finales de los años
60, agrupó a un reducido pero fiel
grupo de aficionados y profesionales –los
pocos que, por aquellos años, apostaban
por un género considerado como “de
segunda categoría”- los cuales
lograron que la idea llegara a prosperar.
Cierto es -como me han contado personas
que llevan ya muchas décadas acudiendo
al evento- que Sitges resultaba el enclave
ideal para celebrar el encuentro, al ser
un lugar donde la España de la dictadura
se aproximaba a la Europa libre y democrática
que muchos envidiaban dentro de nuestras
fronteras.
El caso es que, además del interés
depositado por aquellos pioneros, el género
ayudó a confirmar la validez del
encuentro, desarrollando propuestas cada
vez más atractivas e interesantes,
muchas de las cuales llenaron los cines
de las siguientes décadas.
Tampoco me quiero olvidar del trabajo de
personajes como Paul Naschy
y Jesús
Franco, auténticos abanderados
del género fantástico español,
y con quien los aficionados tienen una tremenda
deuda por ser de los pocos que apostaron
por el fantástico en un ambiente
tan hostil y poco dado a propuestas de este
estilo.
Mal que les pese a muchos, su trabajo
se convirtió en un punto de referencia
y en toda una inspiración para varias
generaciones de profesionales, muchos de
los cuales son ahora los protagonistas de
los grandes estrenos del festival de Sitges.
Sea como fuere, el Festival de
Cine Fantástico de Sitges
bautizado, con el paso de los años
-y por cuestiones de maquillaje político-
como Festival Internacional de Cine
de Cataluña, ha logrado
convertirse en el principal referente del
género fantástico cuando se
habla de festivales en el viejo continente.
A su sombra, y tras desaparecidos encuentros
como el de Avoriaz, han
germinado otros festivales como los que
se celebran en Bruselas,
en la ciudad portuguesa de Oporto,
o en la localidad finlandesa de Espoo.
No pretendo restar importancia al trabajo
de quienes han logrado que dichos encuentros
formen parte del Circuito de Festivales
del Género Fantástico –los
cuales otorgan el premio Mélies,
galardón con el que se premia a la
mejor producción fantástica
europea- pero está claro que la labor
del Festival de Sitges se sigue tomando
como punto de referencia.
Por eso, celebrar cuatro décadas
de fantástico en un ambiente tan
entrañable como lo es la localidad
costera de Sitges, siempre es un placer
y honor, después de dos décadas
acudiendo al encuentro.
Y debo decir que, además de la propia
celebración de los 40 años,
hubo otros momentos destacados.
Uno de ellos fue el estar presente en las
bodas de plata de un icono del género
como lo es la película Blade
Runner (1982), del realizador Ridley
Scott. Además, se contó
con la presencia de profesionales de la
talla del director de efectos especiales
Douglas Trumbull o los
directores Alex Proyas,
Park Chan-Wook o el patriarca
de los zombis, George
Romero.
Lo más significativo, sin embargo,
resultó ser que la pasada edición
del festival, Sitges 2007, fue el comienzo
de la mayoría de edad del fantástico
español.
Lo fue por una película como El
orfanato (2007), tan correcta, formalmente,
como bien dirigida y narrada por su director
Juan Antonio Bayona.
Lo fue por unas propuestas como Los
cronocrímenes (Nacho Vigalondo,
2007) y La habitación
de Fermat (Luis Piedrahita y Rodrigo
Sopeña, 2007), tan arriesgadas como
agobiantes para el espectador.
Lo fue por tratar de ensamblar conceptos
como el fin del mundo, lo arcano y misterioso,
y el esquivo destino, todo en el personaje
que protagoniza El
último justo (Manuel Carballo,
2007).
Y lo fue por llevarnos a los zombis sin
alma ni mesura hasta las mismas puertas
de nuestra propia vida, transformando un
reality show en una noche de pesadilla,
sangre y vísceras, todo gracias a
la película Rec
(2007), de Jaume Balagueró
y Paco Plaza.
Incluso los más pequeños,
aquellos que dependen de sus progenitores
para que los lleven al cine –muchos
de los cuales no suelen hacer caso de los
gustos de sus hijos- pudieron disfrutar
con Los Totenwackers
(Ibón Cormenzana, 2007), protagonizada
por unos infantes que muy bien pudieran
abrir una sucursal de los reputados cazafantasmas
cinematográficos.
Con todo y atendiendo a las deficiencias
que cualquier obra artística pudiera
tener –para eso hay verdaderos especialistas
que prefieren pasar el tiempo de proyección
buscándole fallos antes que disfrutar
con la historia- las propuestas de género
que se estrenaron en Sitges nos pueden hacer
soñar con un futuro más que
prometedor.
Algunos de los medios allí acreditados
se quejaron que en la presente edición
faltaron estrellas de “relumbrón”
y propuestas más arriesgadas o llamativas.
Cada cual tiene sus gustos y escalas de
valor, pero poder disfrutar con la nueva
versión de un clásico como
Blade Runner;
disfrutar con la compañía
–y nueva propuesta- de un artesano
del terror como George Romero;
o ver cómo las insufribles verborreas
de una presentadora histriónica se
transforman en una noche de muertos vivientes
en pleno centro de la ciudad de Barcelona,
bien merecieron los diez días que
duró el encuentro.
Tampoco sé muy bien cuál
es la escala por la que se miden las mencionadas
estrellas de “relumbrón”,
dado que por Sitges 2007 se pasearon artistas
tan conocidos como Rutger Hauer,
Mena Suvary, Leonardo
Sbaraglia, Robert Englund,
además de caras conocidas del cine
y la televisión nacional como Belén
Rueda, Alejo Sauras,
Santi Millán, Elena
Ballesteros, Diego Martín,
Adriá Collado, Pablo
Carbonell, Enrique San
Francisco, Carlos Sobera,
Karra Elejalde y Álex
Angulo, por citar sólo a
algunos de ellos.
En cuanto a los directores, aparte de los
ya nombrados, destacaría al coreano
Seung-Wan Ryoo, responsable
de The City of violence
(2006); Matthew Vaughn,
realizador de la muy recomendable Stardust
(2007) –película que contó
con su protagonista principal, Charlie
Cox, entre los invitados-; Stuart
Gordon, que llegó a Sitges
con su desasosegante Stuck
(2007); y Tarsem Singh,
director de la atractiva y novedosa The
Fall, mejor película de esta
última edición y que también
se reunió con los aficionados y seguidores
del género en una lección
magistral el domingo día 7 de octubre.
|