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antes de Jorge Luis Borges ha mostrado
la existencia de un mundo fantástico construido
de la misma materia del real. Para Borges toda
la literatura es fantástica, ya que el mismo
universo es fantástico. Sus cuentos indagan sobre
la naturaleza de la considerada verdad, como ocurre
en su cuento Las ruinas circulares
(1940) donde un asceta crea mediante el sueño
un hombre con todas las características de un
ser real. Lo único que delata su verdadera naturaleza
es que puede atravesar el fuego sin quemarse; hasta
que el propio soñador se ve amenazado por un incendio
accidentalmente. Este cuento concluye de la siguiente
manera: "Por un instante, pensó refugiarse
en las aguas, pero luego comprendió que la muerte
venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus
trabajos. Caminó contra los jirones de fuego.
Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron
y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con
alivio, con humillación, con terror, comprendió
que él también era una apariencia, que
otro estaba soñándolo".
De este modo, revela el universo su naturaleza ilusoria:
todo no es más que la duplicación de una
imagen en el espejo, descubierta por casualidad. Así,
las imágenes recurrentes del espejo, el laberinto,
el círculo, la biblioteca, metáforas del
universo todas ellas, resultan en Borges un modo
de escritura: los personajes son al mismo tiempo ellos
mismos y sus dobles, las acciones se bifurcan, se funden,
se extravían, y cuando se debería acabar
el relato comienzan nuevas soluciones, contradictorias
de la anterior, pero igualmente verdaderas.
Borges, para dar veracidad a sus ficciones,
se basa en la citación de una bibliografía
precisa, como por ejemplo de la Anglo-American
Cyclopaedia, reimpresión de la Encyclopaedia
Britannica, citada con su fecha, lugar de edición
y número de páginas, que atestigua la
existencia de las tierras fabulosas de Tlön,
Uqbar, Orbis Tertius (1940). Este procedimiento
se repite constantemente, enlazando con textos reales
o inventados, pero de cualquier forma inverificables,
creando una trama sin fin que superpone confusamente
la ficción a la realidad.
Sin embargo, no se encuentran en la obra de Borges
tantos relatos fantásticos como parece a primera
vista. Según
Daniel F. Ferreras, Borges
"cultiva tanto la parábola como la abstracción,
y esto va en contra de la modalidad narrativa fantástica".
Para seguir una idea de Todorov,
un cuento fantástico no puede dar lugar a una
interpretación metafórica sin dejar de
ser fantástico, es decir, para que se produzca
el efecto fantástico, no puede haber entre el
lector y el texto la distancia que supone una lectura
metafórica. Debemos reconocer nuestra realidad
en el universo narrativo sin necesidad de interpretarla,
aceptándola como telón de la acción.
En cuanto el texto se vuelva una parábola o una
metáfora, como lo es por ejemplo el cuento de
Borges titulado Las ruinas
circulares, sus aspectos realistas dejan de tener
importancia: desde el punto de vista abstracto, el realismo
no tiene más sentido que la representación
objetiva de la realidad.
En El milagro secreto,
Borges relata cómo un preso a punto de
ser ejecutado, pide a Dios un año entero a fin de acabar
su poema. Entonces el tiempo se para, los soldados se
quedan inmóviles y el condenado puede acabar
su obra. La abundancia de fechas y de otros detalles
precisos propios de la realidad sugieren un universo
realista al principio de la narración. Pero en
cuanto se produce el milagro, el cuento se convierte
en una reflexión sobre el acto de creación
literaria, a partir de conceptos estilísticos
que transforman el texto en una obra de crítica
literaria más que en un simple cuento.
Por otra parte, se observa en la obra de Borges
una constante preocupación por la literatura
como fenómeno artístico, y va en contra
de la producción del efecto fantástico.
En El Aleph se desarrolla
una crítica poética que tiene tanta importancia
en la narración como el choque entre el universo
realista y el elemento sobrenatural. A lo largo del
texto el narrador evalúa la obra poética
del amante de la mujer de la que siempre estuvo enamorado.
Cuando se produce lo sobrenatural, la narración
no requiere de su presencia para funcionar, lo cual
va en contra de las convenciones del género fantástico,
donde lo inexplicable es la razón de ser de la
narración.
El objeto sobrenatural que da su nombre al texto, el
Aleph, consiste en una pequeña esfera en la
cual está presente toda la historia del universo,
espectáculo vertiginoso que deja atónito
al narrador. Este objeto inexplicable está descrito
a través de una sucesión de imágenes
de tendencia poética, y enseguida se acepta su
existencia como símbolo abstracto.
Sin embargo, como afirma F. Ferreras, el estilo
narrativo fantástico es sobre todo concreto y
tiende a establecer una relación monosémica
ente el significante y el significado: "no puede permitirse
ni figuras de estilo llamativas, ni metáforas
complicadas sin comprometer seriamente la producción
del efecto fantástico". La descripción
que hace el narrador de El Aleph
ilustra la transformación de lo narrativo de
tendencia monosemántica, en lo poético,
polisémico por naturaleza.
El tono dominante en los cuentos de Borges es
irónico y distante. Esto hace que en la mayoría
de sus cuentos no se produzca una recepción inmediata
de los elementos puramente narrativos, de la acción
propiamente dicha, sino que implican un esfuerzo intelectual
mientras se establece un nivel de significación
abstracto. Desaparece el miedo a lo sobrenatural: un
acontecimiento inexplicable no produce terror, sino
que da lugar a una interpretación simbólica.
Nos encontramos ante la representación de una
realidad intelectual abstracta, más que en un
universo realista.
A pesar de la abundancia de detalles realistas en el
texto, como por ejemplo la presencia del nombre del
narrador de El Aleph
(Borges), o la del escritor Bioy
Casares en Tlön, Uqbar,
Orbis Tertius, la percibimos como guiños del
autor y entramos en un juego de connotaciones metaliterarias
que no tienen mucho que ver con la acción.
De este modo, el cuento borgiano está basado
en cuestiones conceptuales, en las que lo sobrenatural
adquiere una significación parabólica.
Sus relatos de alguna manera suponen un choque entre
la realidad y lo sobrenatural, pero el efecto fantástico
producido corresponde a un momento textual. |